![]() |
| Dedicada a Orit |
Una de las obras maestras del
cine de ciencia-ficción de todos los tiempos, Metrópolis se alza como un monumento a la imaginación humana más
crítica y visionaria. A través de la elaboración detallada de una distopia,
Lang y von Harbou, su mujer, retratan un mundo
futuro en el que el capitalismo ha definido con precisión las clases sociales y
ha creado un mundo en el que los ricos y los pobres se enfrentan
inexorablemente. Pero es un mundo en el que también hay espacio para el amor.
Para un amor redentor, como el que luego marcaría la diferencia en Matrix. Para un amor milenarista y judeo-cristiano
y, por lo tanto, un amor revolucionario. Para un amor sincero y transversal. Mucho
se ha hablado de los efectos especiales (cortesía del engranaje de la UFA), del
estilo fílmico expresionista (pionero y desolador, en manos de Karl Freund) o
de la música que ha acompañado a varios de sus reestrenos o reediciones (como
la versión con el score de Giorgio Modorer)
pero poco se ha hablado de la historia y de la enorme lupa cáustica que sus
autores pusieron sobre la Europa de entreguerras, una Europa que estaba siendo
asolada por el fascismo, por el capitalismo de estado, por una lucha de clases
irredenta y por los pilares económico-culturales de la sociedad de masas. Una
Europa que ha sido retratada por genios como Walter Benjamin, Siegfried
Kracauer o Joseph Roth. Y por genios como Fritz Lang o Thea von Harbou quienes,
en esta maravilla visual y moral, dejaron un monumento fílmico a la posteridad
de cualquier época y lugar.















