El senador Nick Rast (David
Hemmings) tiene un matrimonio de conveniencia con la hija de un diplomático
(Carmen Duncan). El hijo de ésta está muriéndose de leucemia hasta que un extraño
personaje, Gregory Wolf (una especie de Rasputín), aparece en su vida para
curarle. A partir de este momento, tanto la vida de unos como las relaciones de
poder del senador, se verán trastocados por la misteriosa figura del Harlequin
(Robert Powell). Incluso el hombre que está detrás de la carrera política del
senador, una especie de padrino en la sombra, Doc Wheelan (Broderick Crawford),
verá peligrar su mundo de poder y corrupción. Everett De Roche, en uno de sus
conocidos intentos por reflotar la industria cinematográfica australiana,
vuelve a retorcer los límites de un género con su incomparable talento para la
mezcla, la ironía y la metáfora. El film
se desarrolla, en un primer nivel, como una fantasía salvífica, propio de los
ramalazos místicos de la New Wave de
la época, aunque también incorpora elementos de fábula política así como
reflexiones sobre quién maneja hilos del poder. En definitiva, lo que tenemos
entre manos es un fantástico sin fantástico, como se ha llegado a decir (siguiendo
a Claudio Huck que sigue, a su vez, a Adrián Esbilla y su La historia del cine australiano). Es verdad que la dirección de
Simon Wincer podría haber resultado más satisfactoria si hubiera pulido algunos
aspectos pero entre la música de Brian May, las fascinantes interpretaciones y
los guiños constantes a múltiples películas, la experiencia de su visionado se
transforma en un auténtico descubrimiento (por cierto, los homenajes constantes
enriquecen la trama y sorprenden al espectador. Incluso hay una escena cuasi
calcada de Rojo profundo, el
principal éxito de Hemmings, además de Blow
Up; así como un homenaje a Excalibur.
El personaje de Crawford, por cierto, está elegido con clara conciencia). A
comienzos de los ochenta, Marillion
intentó revitalizar el rock progresivo, tan típico de la irredenta década de
los setenta. Ya en solitario, Fish, su frontman,
hablaba en una de sus letras de un Faith Healer. Conviene seguirle el rastro. En definitiva, una maravilla para los
sentidos, para la cabeza y para el estómago.
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miércoles, 30 de noviembre de 2016
viernes, 6 de mayo de 2016
En busca del avión perdido (Aka Race for the Yankee Zephyr)
2.5*
Everett de Roche es uno de los
guionistas más reputados y respetados de las antípodas. Sin embargo, no siempre
ha contado con un director a la altura de sus historias. En esta ocasión, el
actor David Hemmings se pone tras la cámara para contarnos una fábula de aventuras
sobre el Yankee Zephyr, un avión de
la 2ª G.M. que se perdió repletito de oro. El trío formado por Donald Pleasence,
su hija (Lesley Ann Warren) y su socio (Ken Wahl) pretenden llegar al avión
pero también lo pretenden un grupo de gángsters liderados por el señor Brown
(George Peppard). Ente ellos, las imponentes montañas de Nueva Zelanda,
hermosamente fotografiadas. El principal punto flaco de la película es la
incapacidad del director para equilibrar los componentes cómicos y de acción de
la historia. En este sentido, Hemmings se equivoca al rodar y al montar las
escenas de acción, que resultan inverosímiles, ilógicas y un poco ridículas.
Por su parte, el compositor australiano
Brian May (no confundir con el guitarrista de Queen) vuelve a regalar al cine una BSO atractiva y bien orquestada en la
que, incluso, hay algún que otro guiño al trabajo de Malcolm Arnold en El puente sobre el tío Kwai. Como curiosidad,
en un papel secundario encontramos a Bruno Lawrence, el protagonista de ese
pequeño clásico de la ciencia ficción austral que es El único superviviente. En definitiva, un entrañable pero
imperfecto divertimento pre peterjacksonero.
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Lesley Ann Warrn
jueves, 14 de abril de 2016
Laberinto mortal (Aka Liens de sang Aka Blood Relatives)
3*
Un thriller canadiense del gran Claude Chabrol, con la estimable
presencia de Donald Sutherland como investigador de la policía que trata de
desentrañar un misterio tras el asesinato de una joven y las declaraciones de
una superviviente (la bella del momento). La película comienza como un slasher (guiño al propio Donald
Pleasance), continua como un policíaco y hace un par de paradas en el giallo (no por casualidad aparece David
Hemmings). Es decir, algo así como un Don’t
Look Now pero sin esa extraña aura de misterio y suspense que caracteriza a
la obra maestra de Nicholas Roeg. Precisamente por esto mismo, estamos ante una
de esas correctas adaptaciones que el director gabacho ha realizado de textos
clásicos de la literatura negra USAmericana pero sin salirse mucho del género,
salvo por los derroteros mencionados, totalmente coyunturales por otro lado
(tanto por el slasher como por el giallo). Como dice Caparrós Lera,
estamos ante un film de intriga policíaco-psicológica,
“en la línea morbosa del último Hitchcock, pero sin la categoría artística de éste”.
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