Frederick Jackson Turner dejó
escrito, allá por 1893, que el pueblo USAmericano había forjado su carácter y,
con él, sus aspiraciones y sus instituciones reubicando, poco a poco, paso a
paso, la frontera (ese Far West
mítico) que dividía su “civilización” del “mundo salvaje”. Y, no por
casualidad, la frontera es el territorio donde los EE.UU. han situado la
inmensa mayoría de sus ficciones modernas. Frontier Scout (en su inglés original) es otro de esos cientos de Westerns rodados por el todavía desconocido
Lesley Selander (aunque parece que Miguel Marías está escribiendo un libro
sobre él), poseedor de una personalidad tan interesante como contradictoria. El
argumento gira en torno a un cargamento de rifles que ha desaparecido y que se
teme que haya caído en manos de los indios Cheyennes, Sioux y Arapahoes,
aparentemente liderados por Lobo de Acero. Un explorador del ejército, Linus
Quincannon, una especie de Hopalong Cassidy, deberá averiguar qué ha sido de
ellos, hablando con unos, luchando con otros y enfrentando el racismo de muchos
de sus correligionarios. La visión que de los indios se da en el film es bastante atípica pero el
resultado final compra casi todas las acciones del Gran Cliché del género en su
época. Los aspectos técnico-artísticos, por cierto, tampoco sobresalen
especialmente, salvo la fotografía del maestro Joseph Biroc. Una producción Bel-Air, para la United Artist, sobre una novela de Will Cook, el autor de Dos cabalgan juntos.
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martes, 29 de diciembre de 2015
sábado, 31 de agosto de 2013
Hondo
3*
En tiempos del
presidente Ulisses S. Grant, los blancos incumplen un tratado con los apaches,
lo cual (como es natural) les enfurece. Por otro lado, Hondo Lane (John Wayne),
un vaquero medio indio, conoce a una mujer (una estupenda Geraldine Page) y a
su hijo en un rancho en mitad de la nada: el apego nacerá entre los tres
personajes. Por tanto, la trama mezcla la historia personal, la vida de frontera y el desarrollo
irrenunciable de la USAmerica en expansión, en lucha con los indios. Todo lo cual está en la estupenda novela original de Louis L'Amour, editada por la incansable Valdemar. La
dirección de John Farrow es dinámica, rápida, pasan muchas cosas y están muy
bien contadas. Además, hay una cierta sabiduría mezclada con la fiereza y la
rudeza propia de la vida de frontera. Las escenas de acción son creíbles,
especialmente la batalla final (entre polvo, caídas y tiros), apoyadas por varios planos rodados en 3D. Tiene
una parte intimista junto con una doméstica, muy interesante y no del todo
típica, donde Wayne ejerce como padre y como granjero, en la línea de Raíces profundas. Si bien es verdad que
durante toda la película se muestra un cierto respeto por la figura del indio, al final de la historia se da por descontado que a los apaches se les va a
exterminar y Wayne espeta “lástima, una forma de vida desaparece. Y era buena”.
Y punto, con esa indiferencia festiva del vencedor blanco que tan crudamente ha relatado Cormac McCarthy en Blood Meridian.
domingo, 4 de agosto de 2013
El gran combate
3.5*
En unas páginas llenas de tristeza de La democracia en América, Alexis de
Tocqueville describió la injusta y terrible persecución a la que los aborígenes
USAmericanos fueron sometidos por los colonos blancos y sus descendientes.
Dicha persecución ha sido relatada en cientos de ocasiones (desde La otra historia de los Estados Unidos a
Meridiano de sangre), pero solo desde
las últimas décadas del siglo XX ha entrado a formar parte de nuestras representaciones
compartidas. Lo cual se ha producido gracias al compromiso decidido de varios ciudadanos,
artistas e intelectuales valientes. Esta película de John Ford es una muestra
de este compromiso y de este valor. A lo largo de 160’, el director favorito de
Orson Welles cuenta la historia del éxodo Cheyenne, por varios estados de la
Unión, en busca de una especie de tierra prometida (con la frustrante efigie
de una reserva). Ford relata todas las calamidades que tuvieron que sufrir (partiendo, por supuesto, de las promesas incumplidas), la menor de las cuales
no fue, sin duda, el hostigamiento al que fueron sometidos por el propio ejército y
por las autoridades federales (como los desplazamientos forzados que fueron
promovidos por el Secretario de interior Carl Shurz, interpretado por Edgar G.
Robinson). Pero Ford intenta insuflar al conjunto ciertos aires de epopeya aunque,
a la postre, dicho conjunto se resiente de un cierto esquematismo y, en todo
caso, flaquea al introducir algún que otro interludio cómico (tan propio de su
filmografía, por otra parte). Hay que destacar, para bien o para mal, la
fotografía del mítico Monument Valley,
algunos personajes estereotipados, una duración excesiva y varias escenas fuera de lugar. De hecho, en
un montaje para la televisión, la escena en la que aparece Wyatt Earp es
eliminada por completo. En todo caso, Ford entrega una denuncia del exterminio indio, de poderosas connotaciones históricas, para redimirse (quizás) de una
parte de sus Westerns.
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