Los 3 hijos del matrimonio Tenembaum han
disfrutado de varios éxitos juveniles pero, ya en la madurez, llevan una vida
normal, bajo la sombra de la egoista y manipuladora personalidad del pater familias. Pero todo parece cambiar
cuando Royal Tenenbaum (Gene Hackman), el patriarca, pretende volver al hogar
para recuperar la relación con su mujer (Anjelica Huston) y con sus hijos (Ben
Stiller, Owen Wilson y Gwyneth Paltrow), lo que dará pié a un juego de tiras y aflojas realmente sorprendente. Con seguridad, la obra maestra de Wes Anderson,
junto con Fantastic Mr. Fox. Una
película scottfitzgeraldiana, hermosa
desde el punto de vista estético pero también desde el punto de vista moral,
con ese miniaturismo visual y este tono ligero (tanto en la comedia como en el drama) que es el rasgo idiosincrásico de la filmografía del director, su seña
de identidad, pero que consigue rellenar de un maternal sentido de la bondad,
presente también en sus mejores logros. Y es que, al contrario que alguna de sus
películas (como Life Acuatic o Moonrise Kingdom), varias de las
historias que se entrecruzan en el film
(otra de las carácterísticas del cine de Anderson) emocionan realmente porque
el espectador se las cree (como la primera parte de Viaje a Darjeeling o Academia
Rushmore), gracias también, qué duda cabe, a las entregadas
interpretaciones de Hackman y Huston (quien, por cierto, rinde homenaje a la
propia madre del director). A propósito, en este caso, las elaboradas
coreografías de puesta en escena y montaje (a las que se refiere Matt Zoller en
su Wes Anderson Collection), se sacrifican
con precisión a los efectos dramáticos y edificantes del argumento, lo cual es
un logro en toda regla.
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martes, 30 de septiembre de 2014
Los Tenenbaums, una familia de genios (Aka The Royal Tenenbaums)
4*
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jueves, 3 de abril de 2014
El gran hotel Budapest
3.5*
Tras la grata sorpresa de
Fantástico Sr. Fox y la
relativa decepción de Moonrise Kingdom,
Wes Anderson se ha tomado su tiempo para organizar mejor su nueva película, un
homenaje explícito a un mundo desaparecido, el de la Mitteleuropa. Un mundo añorado por Stefan Zweig y micro y macro
estudiado por Claudio Magris. Aunque la referencia más directa podría ser El hotel Savoy, de Joseph Roth. Pues bien, este penúltimo diorama viviente
de Wes Anderson despliega una narración postmoderna alrededor de uno de esos
divinos ayudantes de los que hablara Robert Walser, su colonizado compañero y
un argumento ingenioso y encantador donde no faltan muertes, sospechosos,
cárceles, huídas, persecuciones, pasteles
austríacos y, como colofón, nazis disfrazados de Zigs Zags. El film está repleto de esas pequeñas y
milimetradas estampas, abigarradas (a su vez) de pequeños detalles de época,
guiños históricos e inofensivas ironías que constituyen la marca de la casa. La
película mantiene una curiosa especie de constante
risa intelectual, que se vive para dentro más que para fuera, que
consigue una cierta desdramatización pero que, a la postre, ayuda a conseguir
que el espectador sienta simpatía y empatía por lo que les pasa a los
personajes, algo que no siempre consigue el cine de Anderson, obsesionado como
está por la minuciosidad y por la galería de actores (al
contrario que un Michel Gondry, por ejemplo, maestro de la estética y de la
innovación narrativa que, sin embargo, siempre arrastra al espectador a la
felicidad o al sufrimiento de sus historias). Es verdad que hay cierta redundancia
en los encuadres, que el zoom se vuelve rutinario y que el movimiento de cámara
se ha quedado encasquillado en el travelling
pero, para equilibrar, hay que destacar el excelente trabajo con el montaje así
como esa luz irreal y optimista que proyecta en todos los trabajos del director
el fiel Robert Yeoman. Por su parte, Alexandre Desplat
entrega una partitura donde las armonías, las escalas y las melodías, donde los
instrumentos, los timbres y los ritmos hacen justicia al pintoresco argumento
y, sobre todo, a ese intento constante del director por atrapar una época, por
colonizarla con su miniaturismo estético y con su nostálgica moral.
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jueves, 31 de octubre de 2013
lunes, 30 de julio de 2012
Moonrise Kingdom
3*
Wes Anderson, el discípulo aventajado de Stanley Kubrick, vuelve
a uno de sus mundos preferidos en esta comedía satírica de aventuras sobre el descubrimiento
del amor y del sexo, ambientada en un campamento boy scout de los años sesenta y con varias referencias autobiográficas.
Precisamente por eso, los protagonistas podrían ser considerados como la
versión juvenil del matrimonio animal de Fantastic
Mr. Fox, probablemente la obra maestra de Anderson. A fuerza de un
esteticismo impenitente, este inofensivo diorama parece, por momentos, un producto
cinematográfico hiperrealista, a base de insertar tomas descriptivas y pequeños
detalles en la estructura narrativa, y ello a pesar de ciertos anacronismos. La
música (de Benjamin Britten a Hank Williams, de Alexandre Desplat a François Hardy) ayuda a conseguir eso que Roland Barthes llamó “efecto de realidad”, un
efecto que, sin embargo, se queda en el nivel de un spot televisivo.
Temática, visual y ornamentalmente, la película recuerda a esos filmes usamericanos
y británicos, de los sesenta y setenta, sobre el difícil mundo de los
adolescentes, ya sea en granjas del medio oeste o en pleno Londres, como Melody, Tú a Bostón y yo a California, Harold y Maude o algún que otro film de Fielder Cook. Siendo fiel
a esta influencia, no por causalidad, la película está rodada en 16 mm. Por su
parte, Edward Norton, Bill Murray y Frances McDormand se mimetizan con sus
papeles, Bruce Willis pone su voz y sus gestos habituales (a su típico papel) mientras
que Harvey Keitel y Jason Schwartzmann sorprenden en sus respectivos roles. Respecto
de los actores protagonistas, poco que decir: un inglés relativamente inexpresivo y unas
interpretaciones como de obra de fin de curso. Finalmente, para ser
honestos, la película adolece de unos efectos especiales de medio pelo y le
sobran, claramente, un par de escenas que consiguen sonrojar al espectador (por
ejemplo, la del rayo o la de la torre del campanario).
viernes, 14 de octubre de 2011
Viaje a Darjeeling
3.5*
Curiosa, emocionante y hermosa pelicula sobre los viajes que hacemos para reencontrarnos y para unirnos. Y, como esos mismos viajes, a ratos fascinante, a ratos tediosa, siempre anárquica. Geniales los tres hermanos protagonistas, especialmente ese espectacular Jason Schwartzman (quien, por cierto, además de miembro oficial de la Westroupe, tiene una banda de indie pop realmente interesante: Coconut Records). Lo de menos es que la India que se nos muestra parezca un anuncio. O mejor: la versión naïve de los fondos de paisaje de las películas de Satyajit Ray, a quien se dedica la película. Por cierto, fue rodada en el desierto de Rajasthani: un síntoma, sin embargo, de autenticidad. La secuencia de créditos, con la música de The Kinks, This Time Tomorrow, se nos antoja ya de culto. Muy aconsejable para quien quiera viajar sin salir de su cuarto.
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