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martes, 24 de mayo de 2016

El prestamista (Aka The Pawnbroker)

3.5*

Decía Alan Finkelstein que el Holocausto se ha transformado en una industria, en un espectáculo para las masas. Sin embargo, después de 1945 y tras la revelación de los crímenes nazis y de la Solución Final, pocas fueron las producciones artísticas visuales que han intentado representar el sufrimiento de la Shoah. Es como si Occidente quisiera olvidar o, más bien, como si se autoaplicara el dictum adorniano: no puede haber poesía después de Auschwitz. Sin embargo, hubo excepciones notables a este silencio. Este film, por ejemplo, se enfrenta a una de las consecuencias más ásperas de la existencia de los campos de concentración y de exterminio: ¿cómo vivieron los supervivientes judíos tras la guerra? ¿Cómo sobrevivieron, con sus experiencias y recuerdos traumáticos, al día-día? El director Sidney Lumet, conocido por su impresionante versión de 12 hombres sin piedad, rodada 7 años antes, lanza a la cara del espectador lo que Primo Levi o Claude Lanzmann han intentado hacer desde entonces: una reflexión sobre el peso del pasado y sobre la dificultad de superarlo, en especial cuando se intenta esconder bajo capas artificiales de olvido y de normalidad, como hacen los personajes de Maus. Esta es la historia del prestamista Sol Nazerman, que tiene una pequeña tienda (una tapadera, en realidad) en New York. Y para terminar de rizar el rizo, a una reflexión sobre la intrusión del pasado en el presente, Lumet añade una reflexión sobre los excluidos del presente (negros e hispanos, fundamentalmente, en una sociedad que los acoge a todos pero que hace que se exploten mutuamente). Debido a la habitual pericia técnica del director, la película muestra curiosas soluciones de puesta en escena, entre televisivas, teatrales y kafkianas, orsonwellianas en todo caso, con una fotografía en B&N que ayuda a subrayar el clima de opresión en el que viven los personajes. Por otro lado, como es propio en su filmografía, Lumet consigue exprimir lo mejor a sus actores (Jaime Sánchez, Geraldine Fitzgerald y los demás) y, en este caso, al mismo tiempo, consigue controlar el habitual histrionismo de Rod Steiger. No es una película fácil, ni complaciente. No es un film para ver con los amigos, palomitas en ristre. Pero sí que es una de las mejores obras visuales sobre estas cuestiones tan dolorosas y controvertidas.