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viernes, 30 de diciembre de 2016

Metrópolis (Aka Metropolis)

4.5*
Dedicada a Orit

Una de las obras maestras del cine de ciencia-ficción de todos los tiempos, Metrópolis se alza como un monumento a la imaginación humana más crítica y visionaria. A través de la elaboración detallada de una distopia, Lang y von Harbou, su mujer, retratan un mundo futuro en el que el capitalismo ha definido con precisión las clases sociales y ha creado un mundo en el que los ricos y los pobres se enfrentan inexorablemente. Pero es un mundo en el que también hay espacio para el amor. Para un amor redentor, como el que luego marcaría la diferencia en Matrix. Para un amor milenarista y judeo-cristiano y, por lo tanto, un amor revolucionario. Para un amor sincero y transversal. Mucho se ha hablado de los efectos especiales (cortesía del engranaje de la UFA), del estilo fílmico expresionista (pionero y desolador, en manos de Karl Freund) o de la música que ha acompañado a varios de sus reestrenos o reediciones (como la versión con el score de Giorgio Modorer) pero poco se ha hablado de la historia y de la enorme lupa cáustica que sus autores pusieron sobre la Europa de entreguerras, una Europa que estaba siendo asolada por el fascismo, por el capitalismo de estado, por una lucha de clases irredenta y por los pilares económico-culturales de la sociedad de masas. Una Europa que ha sido retratada por genios como Walter Benjamin, Siegfried Kracauer o Joseph Roth. Y por genios como Fritz Lang o Thea von Harbou quienes, en esta maravilla visual y moral, dejaron un monumento fílmico a la posteridad de cualquier época y lugar.

viernes, 15 de febrero de 2013

Cayo Largo

4*
Dedicada a J. Ignacio Gallego
Quinta película oficial del por entonces poco conocido John Huston y su cuarta colaboración con el mítico Humphrey Bogart, tras El halcón maltés, A través del Pacífico y El tesoro de Sierra Madre. Tras unos títulos de crédito absolutamente convencionales (incluso para la época), Huston nos sitúa, en medio minuto, en el centro de un misterio (una patrulla de policia está buscando a dos índios osceolas) que rápidamente se transforma en un thriller noir en la mejor tradición gansteril, con algún elemento antropológico y de claras connotaciones progresistas, como casi todo el cine de su autor, por cierto. El ex oficial Frank McCloud (Bogart) llega a un hotel de los Cayos de Florida para visitar al padre de uno de sus compañeros de armas durante la Segunda Guerra Mundial, el impedido James Temple (un impagable y artrítico Lionel Barrymore). Al llegar, descubre dos cosas. Primera, que el hotel ha sido alquilado por un trasunto de Al Capone y Lucky Luciano llamado Johnny Rocco (Edgar G. Robinson) y su banda para cerrar un sucio negocio. Y, segunda, que la viuda de su ex compañero, Lauren Bacall, es un bocado demasiado apetitoso para dejar pasar esta oportunidad. A partir de ese momento, se sucede el suspense, la tensión y los intentos por librarse de tan incómoda compañía. Casi todas las bobinas del film están rodadas en interiores, en los estudios de la Warner Brothers en Burbank. Los decorados ayudan a mantener una cierta sensación de claustrofobia que es subrayada por la presencia del Huracán que, de una forma prodigiosa y física, va acompañando a todo el crescendo argumental, poderosamente dosificado por mor de la confluencia de los talentos del propio director y de un jovencito (aunque experimentado guionista) Richard Brooks. Por cierto, Claire Treword borda el prototipo de novia sometida y borracha. Por eso, ganó el Oscar al mejor papel secundario en 1949. Una última recomendación: atención a esos poderosos primeros planos. Qué grandes actores eran Bogart, Barrymore y Edgar G.!