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sábado, 28 de mayo de 2016

Gallos de pelea (Aka Cockfighter)

3*

La novela picaresca, desde El lazarillo de Tormes o el Guzmán de Alfarache hasta las novelas proto postmodernas de Lawrence Sterne o de Henry Fielding, intentaban ofrecer una representación satírica de la sociedad del momento, afilando la descripción realista de los escalafones más bajos de la misma. Parece claro que este extraño film de Monte Hellman podría encajar en esta señera tradición literaria, que tan gloriosa influencia ha tenido también en el mundo del cine. Y es extraño por varios motivos. Primero, por tratarse de una película sobre un oscuro y cruel entretenimiento: las peleas de gallos, un espectáculo solo propio para gente muy limitadilla, intelectual y emocionalmente hablando (Por cierto, en la actualidad sería impensable rodar una película como esta, donde varios animales mueren luchando o son decapitados. Por suerte, ahora tenemos a asociaciones como PeTA, que luchan por un mundo no especista). Segundo, por ser una de las pocas películas del director donde el contenido y la forma resultan bastante convencionales (lejos quedan, por tanto, esos Westerns experimentales de los sesenta). Tercero, por tratarse de una obra rodada con la ayuda de varios monstruos del 7º arte (Néstor Almendros, por ejemplo, pero también Lewis Teague o Roger Corman). Cuarto, por presentar a un Warren Oates, extraordinario, que no pronuncia una sola palabra (salvo su voz en off) en toda la película. Por cierto, también aparece, como co-protagonista, el grandísimo Harry Dean Stanton, el hombre con el rostro de gorrión. Y quinto, por tratarse de una producción que parece que defiende lo que muestra, hasta que llega el irónico y cáustico final. En definitiva: una joya del cine underground USAmericano.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Mis 5 directores de fotografía imprescindibles (II):


-       Lucian Ballard (Atraco perfecto o Grupo Salvaje).
-       Vittorio Storaro (Apocalypse Now o Novecento).
-       Jack Cardiff (Las zapatillas rojas o La Reina de África).
-       Néstor Almendros (Mi noche con Maud o Días de cielo).
-       Conrad Hall (Los profesionales o A sangre fría).
 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Días del cielo

3.5*

Lo primero que hay que destacar de este film es su impresionante fotografía, de esas que te llenan la retina y te obligan a dejar en segundo plano a la historia. Con una amplísima gama de colores y luces pero con particular dominio del ocre y de la “hora mágica”, al estilo de Vermeer, Néstor Almendros consigue sacar todos los matices lumínicos a una espiga de trigo a la vez que el claroscuro de una fiesta al calor de una hogera. Francamente, Almendros logra su mejor trabajo, pletórico de ideas, trucajes e innovaciones, algo que inspiraría el trabajo de fotografía de Tess. Por su parte, Terrence Malick escribe y dirige su segunda película, una historía mínima, rodada en Canada, alrededor de la difícil vida de una joven pareja de jornaleros que pretenden aprovecharse de un potentado propietario al que cren enfermo. Hay que decir que el argumento se desarrolla a comienzos del siglo XX y parece estar inspirado en una obra de Alejandro Dumas padre. Por su parte, la historia mantiene fuertes pero solapadas resonancias sociales e, incluso, bíblicas, lo que la emparenta con Las uvas de la ira. Los símbolos pueden parecer evidentes aunque parcialmente contradictorios: la siembra y la cosecha como metáfora de la vida y del paso del tiempo; la casa solitaria, del individualismo y de la familia. Estética y visualmente, la película va variando y pasa, así, del retrato agrícola de Grant Wood al naturalismo rural de Andrew Wyeth y de éste al constumbrismo de un Norman Rockwell o al realismo expresionista de un Edward Hopper. Buenas intepretaciones del trio protagonista (Richard Gere, Sam Sephard y Brooke Adams) y de Linda Manz, en su primer papel. Ennio Morricone acompaña a las imágenes y al argumento con una BSO que no destaca precisamente por su fuerte personalidad, ni melódica ni armónicamente hablando, aunque, por lo menos, regala múltiples cortes y una cierta variedad estilística, coherente con la música diegética y la de créditos (blues, country, folk y Camille Saint-Saëns).