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| Dedicada a David Granda |
James Whale tuvo la inspirada visión de comenzar su obra
maestra, La novia de Frankenstein, con
una escena mítica: la de la noche en la que Mary Shelley imaginó su gótico
prometeo, en diálogo con Lord Byron, John Polidori y Percy B. Shelley, con
quienes estaba en villa Diodati, en Ginebra. Esta escena forma parte de cierto
imaginario colectivo y alimenta nuestras representaciones sobre el poder de la
imaginación y el desarrollo del proceso creativo. Gonzalo Suárez, por su parte,
tuvo también una excelente idea: contar la historia de la gestación de un mito
moderno, el de Frankenstein, a través de los recuerdos (mitad realidad, mitad
fantasía) de una Mary Shelley de viaje por el Polo Norte, un lugar que es,
precisamente, donde comienza y finaliza la novela original. Aquí, Suárez (autor
del guión) utiliza el recurso de la memoria en
off para sustituir la naturaleza epistolar de la novela original. Por otro
lado, usa la imagen gélida del Polo Norte como una metáfora dual, tanto de lo
inexplorado como de la muerte, al estilo de Poe, Melville o Lovecraft. El
resultado es una película de un halo romántico considerable pero que, en
ocasiones, no resulta del todo convincente por el frío perfeccionismo con el
que está rodada (un filtro oscuro aquí, unas falsas lágrimas allá), así como
por la solemnidad de algunas conversaciones y reflexiones. En todo caso, se
trata de una estimable realización y una de las típicas creaciones del director
(en la línea de Mi nombre es sombra,
por ejemplo): una película literaria, teatral y culturalista (en el mejor
sentido de la palabra), esteticista (gracias a una magnífica composición
visual, de evidentes componentes pictóricos), narrativamente audaz (por esa
mezcla riquísima y muy postmodena de remembranza, historia y fantasía), muy
bien ambientada, con un score
extraordinario y unas interpretaciones, digamos, que nunca pasan de la
corrección. El film, por cierto,
coincidió con el estreno de Haunted Summer, sobre los mismos hechos.




