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sábado, 15 de octubre de 2016

La mansion de los muertos vivientes

1.5*

Cuatro mujeres desprejuiciadas y un poco “putones” se disponen a vivir unos días de asueto en uno de esos hoteles de la costa española. En los días de viento (sí, en los “días”, no en las noches, que para eso estamos en la playa), las correosas jovencitas son asesinadas por una versión cutre casposa de los templarios de Ossorio, una especie de monjes vivientes violantes. El gran estudioso de la obra del tío de Javier Marías, Carlos Aguilar, afirma que estamos ante una película indigna de un “cineasta que tan admirablemente comenzara su carrera”. Uno de esos films clónicos que el venerado y venerable tío Jess perpetró a lo largo de su dilatadísima carrera, especialmente en sus últimos tramos, los que van desde mediados de los ochenta hasta el final de la misma. Una mezcla de cine de terror, erotismo soft sin depilar y de ese humor socarrón y surrealista con que solía salpicar casi todas sus producciones. Como dice Lina Romay respecto del personaje de Antonio Mayans, la película es absurda y extraña, como de otro tiempo. Así, sin más. Mal escrita, mal iluminada, mal rodada, mal montada, mal musicalizada, mal interpretada, mal maquillada (atención a esos monjes vestidos de blanco, por Dios), etc. Por lo menos, el espectador menos exigente se podrá deleitar con la hermosa figura de Jasmina Bell (alias de Elisa Vela) así como con algunas psicotrónicas secuencias, como las de la mujer que está atada a una cama y a la que llevan comida con insecticida y matarratas. En fin, uno de los muchos productos “S” de su director.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Ella y el miedo

2.5*

La mayoría de los historiadores del cine afirman que Gritos en la noche fue el pistoletazo de salida del género de terror en España. Sin embargo, el cine de suspense, el thriller y el fantaterror en general (como La torre de los siete jorobados) eran géneros que ya habían sido tratados por la industria cinematográfica española. Por ejemplo, León Klimovsky, en 1963, un año después del estreno del clásico de Jesús Franco, había llevado a la pantalla una historia similar a la de El sabor del miedo (1961) y a la de La muchacha que sabía demasiado (1962). Una jovencita cabaretera, a punto de casarse, abandona el oficio y, de camino a casa, por la noche, presencia un asesinato. Con tan mala fortuna que el asesino también la ve a ella y la persigue. Pero un Jesús Puente rechonchote, un tanto inusual en su aspecto físico, hace acto de presencia oportunamente y la salva. Lo que sigue es un dignísimo film de suspense, obra de un director muy importante en el seno de la filmografía española, con una solvente fotografía en blanco y negro, un guión estupendamente dosificado (que coquetea con el giallo), unas correctas interpretaciones (ese Jorge Rigaud, esa May Heatherly)… y unos zapatos amarillos. La música y la ambientación (ese Madrid reconstruido por obra y gracia del montaje) apoyan convenientemente el misterio en torno a un supuesto sádico maníaco homicida. Como en algunas películas de Fernando Fernán Gómez, atención a la aparición de secundarios como Rafaela Aparicio o Antonio Ozores. Por cierto, se aconseja disfrutar junto a esa otra rareza que es Los muertos no perdonan.

sábado, 30 de julio de 2016

Sadomanía, el infierno (Aka el infierno de la pasión)

2*

En una prisión de mujeres en top less, de algún lugar de Centroamérica, y dirigida por una tosca lesbiana, suceden todo tipo de abusos sexuales, incluso escenas de bestialidad. Otra de las sexploitation del tío Jess, perteneciente al subgénero WIC y que fue rodada en coproducción (fórmula esencial en el cine del español). En el plantel principal, la película cuenta con la presencia de la despampanante porn star Ajita Wilson así como de la hermosa Gina Janssen. Es decir, en este caso, Jesús Franco no cuenta para narrar sus tórridas fantasías calenturientas con ninguna de sus principales musas (Soledad Miranda o Lina Romay, su propia mujer). Aunque, eso sí, el film cuenta con el característico cameo del director (como cobrador gay) así como con la presencia de Antonio Mayans, buen amigo del creador. La puesta en escena busca la apariencia de qualité pero se queda en uno más de los intentos del director por materializar su talento cinematográfico en el seno de una historia (y de un género) francamente marginal. Como atractivo añadido, se ha de destacar la participación de las núbiles Ursula Buchfellner y Uta Koepke (que acababa de rodar El triángulo de las desnudas), que aportan belleza y juventud al producto. La música, por cierto, es del propio autor. En fin, uno más de los incontables subproductos del director español.

domingo, 28 de febrero de 2016

La mansion de los muertos vivientes

1.5*

Cuatro mujeres desprejuiciadas y un poco putones se disponen a vivir unos días de asueto en uno de esos hoteles de la costa española que se levantaron a base de especulación, mordidas y burbujas. En los días de viento (sí, en los “días”, no en las noches, que para eso estamos en la playa), las correosas jovencitas son asesinadas por una versión cutre casposa de los templarios de Ossorio, una especie de monjes vivientes “violantes”. El gran estudioso de la obra del tío de Javier Marías, Carlos Aguilar, afirma que estamos ante “un bodrio”. En verdad, estamos ante uno de esos films clónicos que el venerado y venerable tío Jess perpetró a lo largo de su dilatadísima carrera, especialmente en sus últimos tramos, los que van desde mediados de los ochenta hasta el final de la misma. Una mezcla de cine de terror, erotismo soft sin depilar y de ese humor socarrón y surrealista con que solía salpicar casi todas sus producciones, aunque no tuvieran mucho argumento. Como dice Lina Romay respecto del personaje de Antonio Mayans, la película es absurda y extraña, como de otro tiempo. Así, sin más. Mal escrita, mal iluminada, mal rodada, mal montada, mal musicalizada, mal interpretada, mal maquillada (atención a esos monjes vestidos de blanco, por Dios), etc. En todo caso, el espectador menos exigente se podrá deleitar con la hermosa figura de Jasmina Bell (alias de Elisa Vela) así como con algunas psicotrónicas secuencias, como las de la mujer que está atada a una cama y a la que llevan comida con insecticida y matarratas (sic). 

miércoles, 8 de enero de 2014

Gritos en la noche

3.5*

Jesús Franco es el director más prolífico del cine español. Bueno, de hecho, es uno de los más prolíficos de la historia del cine. Y, como todos los creadores, en algún momento tuvieron que empezar. Pues bien, tras cuatro películas, el tío de Miguel y de Javier Marías y tío de Ricardo Franco rodó Gritos en la noche, estrenada en 1962. Cuenta la historia del doctor Orloff (Howard Vernon), que intenta recomponer el restro de su hija mediante la piel de varias cabareteras a las que secuestra su ciego esbirro, Morpho (Ricardo Valle). En este sentido Orloff es el “avant-gardist of the rabble”, como escribe Antonio Lázaro-Reboll en su estupendo Spanish Horror Film. Por su parte, el inspector Tanner (Conrado San Martín), remedo torpe del Neyland Smith de Sax Rohmer, deberá investigar las desapariciones de las cabareteras para intentar acabar con los insólitos procedimientos del doctor. Como analiza perfectamente Carlos Aguilar en su clásico sobre el director, el doctor Orloff supone un rendido homenaje a varias clásicos previos (incluyendo al notable trabajo de Lugosi sobre una novela de Wallace) y, además, es el principal mito aportado por España al género de terror. La historia está inspirada en la novela de Jean Redon (en la que se basó Georges Franjú para Los ojos sin rostro), que también sirvió para el posterior remake del propio Jesús Franco, Los depredadores de la noche, pero el imaginario visual que crea Franco convierte este film no solamente en el primer exponente del fantaterror español sino también en una de sus cumbres. Por cierto, El secreto del Dr. Orloff fue la primera secuela de este clásico, junto a Los ojos siniestros del Dr. Orloff.

sábado, 26 de octubre de 2013

El horrible secreto del doctor Hitchcock

3*
Una de las obras maestras del gótico italiano, dirigida por Ricardo Fredda tras Los vampiros y en la senda de las producciones de las míticas AIP y de la Hammer aunque con algún que otro elemento propio de la cinematografía transalpina. En todo caso, lo que está claro es que no tiene nada que ver con el cine que se estaba rodando en Francia durante los sesenta, con el nude vampirismo de Jean Rollin a la cabeza. Por otro lado, no por casualidad, la inspiración de la historia parece provenir, una vez más, de la obra de E.A. Poe, lo que se puede comprobar no solamente en el contenido necrófilo básico de la trama sino también en el purificador final, extraído con probabilidad de La caída de la casa Usher. La idea es bastante perversa y malsana pero la materialización no está a la altura de la premisa, debido a su previsible e insatisfactorio desarrollo. En todo caso, se trata de una interesante película, por su absorvente uso del color y de la ambientación, que cuenta además con dos interpretaciones más que correctas: la del doctor Hichcock (Robert Flemyng) y, por supuesto, la de Barbara Steele que, desde La máscara del demonio, venía protagonizando varias recreaciones góticas (como I lunghi capelli della morte). Por cierto, esta historia coincidó con el estreno del clásico terrorífico español, Gritos en la noche, de Jesús Franco. Como curiosidad, algunos de los elementos de la trama ya habían aparecido en varias películas anteriores, como en Psicosis; otros serían desarrollados con mayor contundencia y menor gusto estético en films como Re-Animator, Nekromantik, Aftermath o Vital



miércoles, 3 de julio de 2013

Las vampiras (Aka Vampyros Lesbos)

2.5*

Siguiendo la estructura clásica del Drácula de Bram Stoker, Jesús Franco rueda una más de sus múltiples variaciones sobre el género vampírico aunque, en este caso, con una pátina de actualización y con el erotismo magnético de Soledad Miranda, una de las musas del director (su “símbolo femenino”, como escribe Carlos Aguilar), con quien había trabajado (con mayor o menor intensidad) desde La reina del Tabarín. La verdad es que el film no destaca precisamente por nada en especial, salvo por las vueltas de tuerca que ofrece respecto de las obsesiones habituales del director (como en Macumba sexual o La hija de Drácula). Y, de hecho, un par de escenas están enraízadas, directamente, en la magnífica Miss Muerte (las de los bailes eróticos con el falso maniquí). En todo caso, se sigue con evidente placer, el guión y la voz en off tienen cierta elaboración y al menos 3-4 escenas son memorables, aunque la inspiración visual parece un remedo de la extraordinaria El desprecio, de Godard. Por otro lado, Franco vuelve a componer uno de esos personajes bizarros que tanto le gustaba interpretar, tanto en su filmografía como bajo la dirección de otros. Producción alemana, rodada entre Berlín, Alicante y Turquía y con una BSO excelente, que el propio Quentin Tarantino tomaría prestada para su fascinante Jackie Brown.



sábado, 13 de abril de 2013

Mis 5 imprescindibles de Jesús Franco:


-       Gritos en la noche (1962).
-       Miss Muerte (1966).
-       Lucky el intrépido (1967).
-       Eugénie (Aka Eugenie de Sade) (1974).
-       Los depredadores de la noche (1988).



martes, 15 de enero de 2013

Mis 5 calamidades cinematográficas imprescindibles del 2012:


-       American Warships (Thunder Levin).
-       John Carter (Andrew Stanton).
-       Jack y su gemela (Dennis Dugan).
-       En la mente del asesino (Rob Cohen).
-       La cripta de las condenadas (Jess Franco).




jueves, 21 de junio de 2012

El extraño viaje

4*

Llena de ese humor carpetovetónico tan querido por el tándem Berlanga/Azcona, Fernando Fernán Gómez firma uno de sus mejores trabajos tras la cámara, con un estilo personal, mezcla de neorrealismo italiano (una escena que recuerda a Arroz Amargo podría ser el ejemplo perfecto), expresionismo alemán y esperpento patrio, en la línea de un Edgar Neville, por ejemplo. Una película que mira por encima del hombro a esa España cañí, ignorante y mezquina, a través de una mirada crítica y cáustica que retrata y denuncia una sociedad que se mueve entre los extremos representados por las revistas que aparecen en los títulos de crédito: el Hola, El Caso y La Codorniz. A las que hay que añadir el vetusto ABC. Cinematográficamente, la cámara se mueve con soltura por este sainete criminal, no exento de elementos folletinescos, lleno de suspense y misterio, basado en algún relato de Poe y cuyo desarrollo es un prodigio narrativo. Sin embargo, algunas interpretaciones resultan excesivamente teatralizadas (la de Carlos Larrañaga y la de Tota Alba, por ejemplo, junto con las de varios secundarios), la iluminación es maravillosa pero imperfecta y la partitura de Cristóbal Halffter, a fuerza de su modernité, subraya (paradójicamente) ese costumbrismo rancio, malsano y represor. Por otro lado, hay que destacar el excelente trabajo de Rafaela Aparicio y de Jesús Franco, que componen una pareja de hermanos (histérica ella, glotón él), absolutamente genial.







martes, 8 de mayo de 2012

Orlak, el infierno de Frankenstein

3.5*

En la estela del cine gótico de un Riccardo Freda, por ejemplo, el director Rafael Baledón intentó establecer una orientación propia para el cine fantástico mexicano (especialmente para el de terror), paralelo al de la Hammer, junto con Fernando Méndez, Chano Urueta, Miguel Morayta o Jaime Salvador. En esta película, un asesino ayuda a escapar de la cárcel a un mad doctor de buen corazón para que pueda continuar con sus mortuorios experimentos, el resultado de los cuales se pondrá al servicio del ansia de venganza del asesino, a espaldas del propio doctor. Baledón sigue algunas de las convenciones sobre la obra de Mary W. Shelley -con multitud de interesantísimas variaciones- y las mezcla con las propias del universo de Orlac (Maurice Renard, Robert Wiene, Karl Freund). La trama, organizada en 4 actos, es de una sorprendente y moderna perversión, salpicada con multitud de crímenes, notables diálogos sobre la ciencia y la moral y un soterrado sentido del humor. Sin embargo, varias escenas musicales y un tufillo folletinesco restan vigor a la historia. Tanto la obra maestra de Georges Franju como alguna película de Jesús Franco comparten similitudes con esta maravilla de la cinematografía mexicana en la que podemos encontrar a un treintañero Carlos Enrique Taboada en labores de guionista. 







martes, 24 de abril de 2012

La caída de la casa Usher

3.5*

De las 8 películas que Roger Corman realizó sobre la obra de Edgar A. Poe, La máscara de la muerte roja es, sin duda, la mejor, aunque sea la menos fiel al relato original. Sin embargo, La caída de la casa Usher (la primera de la serie) es la más fiel al cuento en el que se inspira (descontando, por supuesto, las múltiples licencias que se toma el guionista, Richard Matheson) y la segunda mejor de toda la serie. Y es que el punto en común de todas las películas de este ciclo es que ninguna de ellas constituye una adaptación fidedigna de ninguno de los relatos de Poe –salvo alguno de los tres cuentos de Historias de Terror-, aunque sí de su espíritu. En esta ocasión, se narra la relación misteriosa y malsana que une a dos hermanos, Roderick y Madeline Usher, con la casa de sus antepasados, llena de maldad y decrepitud, hasta que el prometido de ella aparece con la intención de llevarla consigo a Boston y desposarla. Corman rodó esta película en 15 días, apoyado por el grandísimo talento de tres de sus colaboradores habituales: Vincent Price, Daniell Haller (dirección artística) y Les Baxter (score), además de contar con una fotografía en CinemaScope, elegante y carmesí, de Floyd Crosby (el operador de Sólo ante el peligro, por ejemplo). La caída de la casa Usher es una de las más absorbentes historias de la productora de Corman, la American International Pictures. El mismo año, Enrique Carreras presentaba su tríptico Obras maestras del terror, con Narciso Ibáñez Menta (1960). Por su parte, Jesús Franco se atrevió con su propia versión en El hundimiento de la casa Usher, con pobres resultados.



miércoles, 11 de abril de 2012

Muerte de un ciclista

4*
Una pareja de amantes atropella accidentalmente a un ciclista –cuya muerte es tan insignificante que ni siquiera sale en pantalla- y se da a la fuga. A partir de ese momento, todo un entramado de conversaciones ambiguas crearán la sospecha de que alguien les ha visto y, por lo tanto, de que alguien les puede denunciar. Al sentimiento de culpa por el crimen, la pareja protagonista debe añadir la insatisfacción que les produce su pecaminosa relación, basada en la mentira, el egoísmo y en una fidelidad mal entendida. Toda una bocanada de aire fresco en el apolillado cine español de la época (salvo el cine de Nieves Conde o el de Manuel Mur, por ejemplo, además del de Berlanga) y una de las mejores cintas de nuestra cinematografía, de un compromiso neorealista admirable y de una modernidad fílmica apabullante, en todos y cada uno de sus aspectos -en ese sentido, hay que nombrar la influencia de Antonioni y su Cronaca di un amore (1950)-, incluida la gran interpretación de Alberto Closas (por el contrario, la de Lucia Bosé es francamente mejorable). La perspectiva que el director imprime a la historia permite toda una suerte de lecturas paralelas (sobre la situación del país, sobre el franquismo, sobre la corrompida moralidad de la burguesía, cómplice del régimen, etc.), lo que provocó la persecución de la censura, que metió el tijeretazo en varias escenas así como forzó el rodaje de un final moralizante y feroz, típico de quienes afirman estar en posición de la verdad pero no tienen suficiente seguridad en sí mismos para respetar el pluralismo circundante. Justo al año siguiente, Bardem regalaría a sus reducidos espectadores otra gran película, Calle Mayor. Nuestro Jesús Franco aparece como asistente del director, justo 10 años antes de hacerlo para el gran Orson Welles.