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viernes, 25 de diciembre de 2015

Fresas salvajes (Aka Smultronstället)


Dedicada a Orit A. Amar

4*
Durante un viaje en coche con su nuera, el viejo y pedante profesor Borg recordará algunos momentos de su vida, con nostálgica tristeza, algunas veces ensoñándolos, otra recreándolos mediante el sueño o la simple evocación. El viaje tiene una finalidad: llegar a Lund, donde el profesor va a recibir un Doctorado por sus 50 años de profesión médica. Bergman rinde homenaje a Victor Sjöström, el padre del cine sueco, cediéndole el protagonismo de una de sus obras maestras, un retrato reconfortante sobre el paso del tiempo, de la vejez y de los recovecos del matrimonio, aunque no exento de crudeza, ternura y vitalidad. El homenaje incluye una cita textual de La carreta fantasma, una de las mejores películas de todos los tiempos. Con una fotografía límpida y al carboncillo, una puesta en escena milimétrica como una cantata de Bach y una música que se abraza a la película con amor, Bergman arroja al espectador una alegoría sobre la frialdad, la soledad y la muerte. Pero también sobre el arrepentimiento y el perdón. Bajo la estela de Freud y de su propia biografía, que tanto ha condicionado su cine (como reconoce en Imágenes), Bergman no nos cuenta su historia como si fuera esa “épica del ego” de la que hablaba Lacan. Más bien, para Bergman, los seres humanos estamos incapacitados para ser felices y para hacer felices a los demás, precisamente, por ese constante miedo a la muerte, que nos hace egoístas y frágiles. Evidentemente, ambas pulsiones determinan nuestras realidades pero, por suerte, hay muchos momentos de nuestras vidas que consiguen ponerse del lado del “principio del placer”. Esta obra es uno de esos momentos. Por cierto, el grupo Dogma ha copiado mucho de este film, sin duda, al igual que Woody Allen, como todo el mundo sabe.

martes, 3 de julio de 2012

Persona

4.5*

La actriz Elizabet Vogler (Liv Ullman), en plena representación de Electra, se queda muda. Tres meses después, ingresa en un hospital por llevar desde entonces en silencio. A su cuidado está la hermana Alma (Bibi Andersson), que pretende adentrarse en la mente de la actriz para intentar ayudarle. Ingmar Bergman presenta la relación que se entabla entre ambas mujeres (primero en el hospital y luego en una casa de campo), siguiendo la gran influencia de Strindberg y su concepción de la maternidad. Además, Persona es un experimento cinematográfico subyugante, de una modernidad aplastante, y una poderosa influencia, subterránea, para buena parte del cine de autor posterior (desde David Lynch hasta Michael Haneke, desde Woody Allen hasta David Fincher, pasando por John Cassavetes, Robert Altman o Jean Luc Godard). El director sueco vuelve a superarse a sí mismo y, dando un golpe al timón de su nave fílmica, encarrila su arte hacía el análisis visual del alma humana. Sin parangón en el cine de la época (1966), salvo su propia obra (en particular El silencio), Persona convierte la realidad en un acerado y contrastado B&W (por cortesía de Sven Nykvist), mientras se presenta un conjunto de profundas instantáneas sobre mil y un asuntos (el arte, la vida, la muerte, el sexo), acompañado de un agudo análisis psicológico, todo ello realizado mediante una extremada estilización formal, difuminada por un halo fantástico, y con interesantes juegos con el fuera de campo, la iluminación y el montaje. Además, el film cuenta con imágenes documentales y recurrentes técnicas metaficcionales. En último lugar, las interpretaciones son tan sutiles como convincentes.