Excelente película sobre una atrocidad que ha persistido hasta hace bien poco tiempo: linchar
a un sospechoso sin juicio previo. Por ello, el film es también una crítica de la venganza privada y, por
extensión, de la pena de muerte. El argumento y la perspectiva moral están en
la línea, por tanto, de Furia, de
Fritz Lang, o de La ley de la horca,
de Robert Wise. Y, más reciente y matizadamente, de Ejecución inminente o de Pena
de muerte. También se debe relacionar con Doce hombres sin piedad y no solamente por el personaje de Henry Fonda.
La posición del film podría resumirse con la frase de Yaphet Kotto en El póquer de la muerte: “no me gustan los que linchan. Habría que pagarles con la misma moneda”. William
Wellman dirige la historia mediante una magnífica puesta en escena, sobria
y exquisita a partes iguales, repleta de encuadres precisos y que cuenta con varios planos de una gravedad
ética apabullante, un uso del fuera de campo muy decoroso, multitud de diálogos
sabiamente escritos y un conjunto de interpretaciones suficientemente
matizadas. La película está rodada en los estudios de la 20th Century Fox y
goza de una fluidez narrativa y dramática envidiable, hasta el punto de parecer
una pequeña pieza de joyería, como El cielo amarillo. Como dato importante, se asigna a un actor de raza negra un
personaje de gran conciencia moral, lo cual no era muy usual en la época, 1943. Por cierto, durante el visionado, puede resonar en el espectador una de las obras maestras de Ambrose Bierce, An Occurrence at Owl Creek Bridge.
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miércoles, 18 de diciembre de 2013
martes, 18 de diciembre de 2012
12 hombres sin piedad
4.5*
Henry Fonda se
encierra con los otros 11 miembros de un Jurado para deliberar sobre la
inocencia o la culpabilidad de un acusado. De ellos se espera el más ecuánime e
informado de los veredictos. Sobre la obra teatral de Reginald Rose, Sidney
Lumet retrata el proceso de debate y discusión de este jurado, con las
tensiones y entimemas propios de cualquier deliberación judicial. Por eso, Lumet
presenta los argumentos de unos y de otros y estrecha el círculo sobre la posibilidad de condenar
a alguien existiendo una duda razonable sobre su culpabilidad. Y lo hace
mediante una soberbia puesta en escena, que debe tanto a la televisión de la
época como a una concepción teatralizada de la dirección cinematográfica. La
película se transforma, así, en un análisis del proceso judicial anglosajón,
con manifiestas intenciones pedagógicas, con unos consistentes toques de denuncia
aunque, a la postre, se transforma en un vehículo de exaltación del sistema. Una
línea de diálogos magníficamente destilada, concisa y punzante, sobresalientes
interpretaciones y debates sociales y jurídicos para una radiografía de una
buena parte de la población USAmericana de la época, volcada en una tensa
narración judicial que te atrapa desde el principio y va creciendo, plano a
plano, escena a escena, hasta el anticlimático pero radiante final. En España,
en 1973, se grabó una estupenda versión para TV en el añejo Estudio Uno
(versión patria del Studio One de la
CBS), bajo la dirección de Gustavo Pérez Puig y con un reparto de lujo: José
María Rodero, Jesús Puente, Sancho Gracia, José Bódalo, Manuel Alexandre o
Ismael Merlo, entre otros. La BSO incluía una versión de The House of the Rising Sun. Por su parte, el director de El exorcista, dirigió una magnífica
adaptación para la TV en 1997. Por cierto, el argumento tiene mucho que ver con
la extraordinaria el Incidente en Ox-Bow.
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