El sargento de policia Howie (Edward Woodward) llega a
una isla de las Highlands escocesas para investigar la desaparición de una
joven. Según va avanzando en sus pesquisas comienza a vislumbrar la verdadera
razón de dicha desaparición, en un ambiente bucólico y misterioso que no
oculta una forma de vida druídica, pre cristiana. Robin Hardy es el autor de esta
joya del cine de los setenta, poseedora de un aura maravillosa y de un
exquisito sentido del fantastique,
conseguidos gracias solo a la inteligente mezcla de un conjunto de factores: un
texto maravillosamente escrito por Anthony Shaffer (el guionista de Frenesí y de La huella), la BSO (música y canciones, algunas sobre poemas de
Robert Burns y su John Barleycorn) de Paul Giovanni y Magnet
así como la fotografía del reputado Harry Waxman. Además, la película cuenta
con las siempre estimulantes presencias de Ingrid Pitt y de Britt Eckland así
como de Christopher Lee, en una papel que recuerda a una especie de Dios Pan. El
sofisticado trabajo de dirección de Hardy destila todos estos factores en el
alambique perfecto, regalando a todos los fans
de la imaginación un portento visual y musical que, además, es un canto ético. Por
otro lado, toda la historia evoca en la memoria del espectador alguna de esas
narraciones del gran Arthur Machen sobre cultos paganos y misterios ancestrales,
en los que la naturaleza, el sexo y la sangre se hacían uno en ceremonias
sacrificiales, todo ello en nombre de Old Gods
y de opulentas cosechas. Para terminar, la historia evoca en la memoria El ojo del diablo, una extraña película dirigida por J. Lee Thompson en 1966.




