Opera prima de Steven Soderbergh, de 1989, que fue merecedora
de la Palma de Oro en Cannes y que abrió el camino, de alguna manera, para la
explosión de cine indie de comienzos
de los noventa. Con un estilo cinematográfico relativamente personal (una
mezcla del cine de John Houston, Alan Rudolph y Robert Altman), Soderberg
disecciona diversas frustraciones humanas con la excusa de contar la historia de
un grupo de treinteañeros a la deriva. Las frustraciones resultan ser un tanto
típicas (incluso respecto de varias generaciones)
y, de hecho, parecen un tanto arquetípicas: una mujer felizmente casada pero
frustrada sexualmente; su marido, que le es infiel con su cuñada; una cuñada
que es una mujer independiente y desinhibida; y un amigo de la universidad con
problemas de desamor, impotencia y fetichismos varios (este es, sin duda, el
gran acierto del film). Pero la
historia arriesga en su planteamiento porque acaba dinamitando uno de los pilares
fundamentales de buena parte de la sociedad actual: la mentira del matrimonio
de conveniencia. En todo caso, Soderberg no se lanza a un cine hyperlink, que es el que luego
practicaría en varias ocasiones (como en Traffic),
sino que desarrolla una narración relativamente convencional, aunque con algún flashback/flashforward que queda justificado por motivos dramáticos. Por su
parte, las interpretaciones del cuarteto protagonista, espoleadas por el estilo
improvisado del director, son magníficas, particularmente la de James Spader. La
BSO, para terminar, es acertadamente weird,
una mezcla de música electrónica y sonido ambiente (al estilo Brian Eno, como
en Crash, de David Cronenberg).
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lunes, 27 de mayo de 2013
martes, 9 de octubre de 2012
¡El soplón! (Aka The informant!)
2.5*
Típica fábula hollywoodiense que (como la previa Erin Brockovich o como la ajena Up in the Air) desliza una ligera
crítica sobre el sistema capitalista utilizando el envoltorio de la comedia (más
o menos negra, más o menos disparatada) pero con intenciones realistas, al
estilo de Atrapame si puedes o La guerra de Charlie Wilson. La idea
básica es la siguiente: la cesta de las manzanas está bien, solo unas pocas
están podridas y, además, siempre hay algún buen trabajador (y mejor ciudadano)
que colabora con los polis y manda a los malos a la cárcel, aunque él mismo
salga perjudicado. Por eso, para asegurar una cierta verosimilitud, el obligado
happy ending debe tener un cierto
regusto agridulce. Para contar esta historia, Steven Soderbergh vuelve a tirar
de algunas de sus constantes artístico-técnicas: saturar el argumento de
recovecos (que se siguen con facilidad, por cierto), inflar el guión con
diálogos constantes, introducir una voz
en off para que el espectador empatice
con el mentiroso y compulsivo protagonista, una puesta en escena ágil y
sofisicada, un montaje sincrónico ligeramente acelerado y una imagen saturada
de luz por los cuatro costados. De lo más destacable del film es la entregada composición de Matt Damon aunque, por
desgracia, Damon es esa clase de actor al que se le reconoce siempre detrás de
sus interpretaciones.
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