Howard Zinn, en su enormemente popular A People’s History of the United States,
dejó escrito que los españoles y los portugueses conquistaron las tierras y las
gentes del Nuevo Mundo de una forma violenta y descarnada. Para ello, en buena
medida, contaron también con la presencia hipócrita de la Iglesia y con las
aspiraciones mercantiles de los conquistadores. Lo mismito fue denunciado, en
tiempos, por Bartolomé de las Casas. En este clásico del cine de Herzog, rodado
en 1972, Lópe de Aguirre y Gáspar de Carvajal se embarcan con un grupo de
soldados españoles para descender el Paraná, desde el Perú, hacía las enormes
extensiones de las selvas Amazónicas. Su objetivo es encontrar El Dorado y sus intenciones pasan por
conquistar tierras, apresar enemigos de la corona y encontrar oro con el que
hacerse ricos y adquirir poder. Sin embargo, el viaje no sale como estaba
planeado y la muerte y la locura comienzan a hacer acto de presencia. Werner
Herzog dirige una de esas historias tan queridas por el tipo de cine crudo que le gusta hacer, sobre una leve
estructura narrativa que deja espacio a la reflexión y al ensueño y donde se van
introduciendo elementos experimentales y documentales. Klaus Kinski compone un
personaje a la altura de su paroxística personalidad y carisma, parco en
palabras pero rico en ambiciones. Cinematográficamente hablando, la película
muestra fallos de guión, de montaje e, incluso, de iluminación pero la fuerza
de las imágenes y de las localizaciones así como la naturalidad de varias de
sus escenas borran la marca de sus errores y la hacen destacar dentro del cine alemán de la época. En la misma línea temático-artística, Herzog rodaría, junto
a su conflictivo muso (Klaus Kinski), Fitzcarraldo
y Cobra Verde. Por su parte, el film
de Saura El Dorado, debe algo de sus
mejores logros a esta película de Herzog.
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viernes, 16 de septiembre de 2016
martes, 17 de abril de 2012
Nosferatu, vampiro de la noche
3*
El director alemán Werner Herzog, tras el éxito conseguido
con parte de su heterodoxa obra anterior (especialmente Woyzeck y Aguirre, la cólera de Dios), llevó a la pantalla Drácula, la novela epistolar de Bram Stoker, sobre la base de la adaptación
cinematográfica de F.W. Murnau, de 1922. Con un estilo lánguido, de un infértil
esteticismo, Herzog compone una historia fría con escasos momentos terroríficos
y muy abundantes puntos muertos, subrayados por un guión torpe, una errónea
iluminación (propia de su forzado expresionismo), un maquillaje excesivo y un
diseño de producción naturalista que alterna entre la ostentación y la mugre,
poco apropiado para una historia que se crece con esa oscuridad escarlata y ese
erotismo malsano que le imprimió Terence Fisher. Sin embargo, Klaus Kinski
impresiona con su caracterización vampírica, si bien Bruno Ganz e Isabelle
Adjani decepcionan con sus respectivos personajes. El trabajo de Popol Vuh en la BSO, termina por desbordar
el vaso de la rareza en que se convirtió esta película, que quería ser muda
pero no supo jugar bien sus potenciales cartas visuales. No obstante lo dicho,
la película (llena de múltiples aciertos que logran ir manteniendo la atención
del espectador), puede ser vista como un limpio homenaje al terror gótico, al
contrario que el aspaviento mainstream
que rodaría Coppola años más tarde.
Etiquetas:
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