Cuando tu vida es como una
película tienes un problema. Es verdad que en multitud de ocasiones, muchos
espectadores normales se comportan o hablan como siguiendo un guión, como
reproduciendo una telenovela. Puedes vampirizar la vida real, como el
protagonista de Arrebato. Puedes
vampirizar tu propia existencia, como el Martin
de Romero. Pero si cada escena de tu vida tiene su plano y su contraplano en un
film de Hollywood, si el cine te ha fagocitado,
si todo te recuerda a alguna imagen cinematográfica (como el protagonista de Dream On), entonces, no tienes ninguna
posibilidad. Tendrás que ascender y tendrás que caer, como ha hecho mil y una
vez la fábrica de sueños
californiana. Con esta premisa, el joven director Vernon Zimmerman rindió
pleitesía a la industria del celuloide, con una obra personalísima en la que
desfilan decenas, cientos de homenajes, guiños, movie clips y múltiples referencias
a la historia del cine. Y es una delicia encontrar dichas referencias,
descubrirlas y saborearlas tras cada plano, tras cada línea de diálogo, tras
cada nombre, tras cada escena. Y también es una delicia ir siguiendo esta
extraña producción, mitad comedia juvenil de los ochenta, mitad cine de terror,
mitad policíaco con psicópata, mitad drama social, mitad cinefilia decadente. Una
sorprendente mixtura de cine de géneros (en el sentido literal de la palabra),
rodada y montada con admirable pericia y con una interpretación widmarkiana de su joven protagonista,
Dennis Christopher (aunque con un punto de Roddy McDowall). Por cierto, como
curiosidad, aparece un jovencísimo Mickey Rourke.
Mostrando entradas con la etiqueta Cinefilia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cinefilia. Mostrar todas las entradas
martes, 21 de junio de 2016
Fundido a negro (Aka Fade to Black)
3*
Etiquetas:
1980,
Cine independiente,
Cinefilia,
Comedia negra,
Dennis Christopher,
Drama,
Fundido a negro,
Psychothriller,
Terror,
Vernon Zimmerman
viernes, 26 de octubre de 2012
Los amores imaginarios
2.5*
![]() | |
| Dedicada a Alicia López |
A lo largo de más de cien años de historia del cine, hay
multitud de películas que se han acercado a esa visión romántica que
hace de la pulsión amorosa una experiencia absorbente e, incluso, decadente,
como la que representa la literatura de Alfred de Musset, cuya obra pone el
acento en el “aspecto doloroso” del amor y en la “belleza contaminada”, como ha
escrito Mario Praz. Por su parte, David Foster Wallace hacía afirmar a uno de los
personajes de La broma infinita que
hay quien cree que no hay amor sin placer, lo cual es cierto solo en la mayoría de los casos. Pero la
estadística no es una ciencia sino una plantilla numérica que imponemos a nuestros
comportamientos. Xavier Dolan, joven director canadiense, ha dedicado su todavía
corta filmografía a desvelar los secretos y felicidades del amor, ya se
entienda como pasión, como obsesión o como entrega. Y lo hace sobre una
historia que evidencia su edad (enamoramiento post
adolescente), que recuerda ligeramente a la de Soñadores (un trío amoroso, cinefília latente) y que retrata a una
generación de abierta sexualidad pero de comportamientos conservadores. En el nivel
de la trama, Dolan narra los intentos de dos amigos (un chico y una chica) por conquistar
a un efebo rubio, un tanto consentido y manipulador que, desde el principio, no
muestra mucho interés físico por ninguno de los dos. Dolan introduce monólogos
de otros personajes, frente a la cámara (en plan Sexo oral de Chus Gutierrez), que pretenden ampliar y complejizar
la perspectiva, aunque solo lo consiguen superficialmente. Dolan, además, añade
un ligero toque de Woody Allen, un estilo nervioso y esteticista (que no
esconde la influencia de Paul Thomas Anderson y de Wong Kar-Wai) y, finalmente,
un puñado de solventes interpretaciones. Todo ello en una especie de alambique
postmoderno, aunque domesticado. Por eso, los resultados del film no consiguen superar su naturaleza primeriza y juvenil, tanto
narrativa como estilísticamente (atención a esa cámara en mano, inquieta, incluso haciendo zooms, y a esos continuos injertos MTV, con ralentizaciones incluidas). El problema es que la forma y el contenido van cada
uno por su lado hasta el tercer sector de la película (sin contar el epílogo),
donde ambos se dan la mano y consiguen emocionar al espectador.
viernes, 21 de septiembre de 2012
Mulholland Drive
4.5*
Mulholland Drive es un auténtico tour de force cinematográfico, una película fascinante y de una
variedad visual apabullante (primeros planos, cámara nerviosa, travellings elaborados, panorámicas
diagonales, planos medios, movimientos de cámara, zooms, fundidos, planos desenfocados, etc.). Fruto de una
maduración estilística y temática de la obra de David Lynch es, a la vez, una
síntesis de diversos elementos previos (provenientes, especialmente, de Terciopelo azul, Twin Peaks, Hotel Room y Carretera Perdida) así como un homenaje
cinéfilo constante. Supone, además, el Mister Hyde de su obra reciente, considerando a Una historia verdadera como su Doctor
Jekyll. Lynch dilata y reconstruye un episodio piloto que rodó para una serie de
TV que, finalmente, fue rechazado por la cadena ABC. A través de una extraña y enmarañada historia, con varias
líneas argumentales que se van cruzando así como los habituales y complejos
puzzles simbólicos, Lynch ofrece al espectador una bajada pesadillesca a los
infiernos de la industria cinematográfica: es decir, la cara B de Sunset Boulevard.
De hecho, Mulholland Drive es la
versión más tenebrosa y retorcida de todas y cuantas disecciones del Hollywood moderno
han sido propuestas por el cine USAmericano. Sin embargo, por suerte para
cualquier espectador, no llega al cripticismo de Inland Empire aún cuando se deslicen errores e incoherencias varias
y aún cuando todo el metraje esté salpicado de la inconfundible galería de insólitos
personajes, situaciones inexplicables y breves diálogos característicos del estilo
tortuoso y surrealista del director de Montana, un estilo que la BSO de Angelo Badalamenti no hace sino reforzar. Como colofón, el film regala una magnífica interpretación de Naomi Watts, en el rol principal de una historia de sueños, identidad y amor fou.
Etiquetas:
Angelo Badalamenti,
Cine dentro del cine,
Cine Noir,
Cinefilia,
David Lynch,
Mulholland Drive,
Naomi Watts,
Thriller,
Weird Cinema
martes, 1 de mayo de 2012
El desprecio

Libérrima adaptación de la novela de Moravia, El desprecio es una sofisticada y
magistral radiografía de un matrimonio en crisis en el fascinante ambiente de
un rodaje cinematográfico. Michel Piccoli es contratado por un productor (Jack
Palance) para reescribir el guión de una adaptación de La Odisea que va a dirigir Fritz Lang. Tanto en las negociaciones como
en el propio rodaje le acompaña su mujer (Brigitte Bardot), que despierta la
atracción del productor. Como en el Viaggio en Italia de Rosselini, Godard opta por un estilo solemne pero no exento de
innovación, erigido -en este caso- a base de elaborados planos secuencia en CinemaScope, con comportamientos y
diálogos vacilantes, ambiguos, a través de los cuales los personajes van, poco
a poco, revelando sus verdaderas intenciones y motivos, siempre de una forma
sutil e inteligente. Magníficas interpretaciones del cuarteto protagonista para
una historia que se convierte en una nostálgica mirada sobre la admiración y el
aprecio como bastiones del amor. Se transforma, así, en una auténtica Odisea del (des)amor. Sobre un refinado erotismo emerge
y gravita la cinefilia de Godard, que desborda casi cada plano y cada diálogo del film, desde Río Bravo hasta Psicosis,
desde M hasta Hatari!, pasando por los homenajes a los míticos estudios Cinecittà y al mismo director de Los verdugos también mueren, mentada en
la historia por partida doble. Finalmente, El desprecio puede ser interpretado como una radiografía de la situación del cine a comienzos de los sesenta.
Etiquetas:
1963,
Brigitte Bardot,
Cinefilia,
CinemaScope,
El desprecio,
Erotismo,
Fritz Lang,
Jack Palance,
Jean Luc Godard,
La Odisea,
Michel Piccoli,
Roberto Rosselini,
Viaggo en Italia
jueves, 26 de abril de 2012
Matrix
4.5*
Uno de los grandes éxitos cinematográficos de los últimos
años y todo un fenómeno sociológico a nivel mundial, que desencadenó una auténtica
avalancha de imitaciones, siendo ella misma, a su vez, una suerte de imitación (especialmente
del anime Ghost in the Shell y del cult comic, Los invisibles). En un
futuro devastado, las máquinas tienen sometidos a los seres humanos para la
satisfacción de sus necesidades. Sin embargo, para ello, deben crear un mundo
virtual, Matrix, donde las mentes
de los humanos llevan una vida aparentemente normal pero imaginaria. A partir
de esta premisa, los hermanos Wachowski consiguen aunar en el molde de la science fiction materiales de las
filosofías ciberpunk, milenarista y
gnóstica, una tierna historia de amor y poderosas escenas de acción, junto con elementos
de la mística judía, distintas ideas postmodernas y elementos del marxismo, de
Kafka y de Lewis Carroll. A lo que hay que añadir artes marciales tradicionales, tecnología punta, un cierto regusto
vintage y una BSO compuesta de pegadizos
temas electrónicos. Pero,
por encima de todo, la película abunda en referencias, robos y recreaciones de/a
infinidad de fuentes cinematográficas. Es verdad que las interpretaciones no
son grandiosas (ni siquiera las de Fishburne o Pantoliano) pero eso no fue
óbice para que la cinta adquiriera la categoría de clásico reciente de la ciencia
ficción, elevando a topois de la
cultura popular tanto a personajes (Neo, Morfeo, el agente Smith), como a expresiones
(“Ya sé Kung Fu”), grandilocuencias varias (“Tu aspecto actual es lo que
llamamos una “auto-imagen residual”. Es la proyección mental de tu yo digital”)
e icónicas escenas (como la de Neo esquivando las balas o la de las pastillas roja y azul). El resultado fue tan
exitoso que se rodaron dos continuaciones, muy por debajo de la original (especialmente
la tercera), y diversos productos oportunistas, como una serie de animación y un videojuego. Como curiosidad, el estreno de Matrix coincidió en el tiempo con el experimento sobre juegos génicos de Cronenberg, eXistenZ.
domingo, 1 de abril de 2012
Millennium actress
4.5*
Tras el cierre de un mítico estudio cinematográfico, dos
periodistas se proponen entrevistar a Chiyoko Fujiwara, la legendaria estrella
del mismo, que se retiró del cine misteriosamente y vive aislada en las
montañas. Al calor de los recuerdos evocados por la ya anciana actriz (como en Fellini
8½), el espectador se va adentrando en un espectacular anime donde se mezcla el pasado
con el presente, la historia con la ficción y los sueños de la juventud con los
naufragios vitales de la madurez, todo ello en una espléndida estructura
circular, a base de sketches y collages visuales y emotivos, lo que
produce una fortísima fascinación y una emocionante empatía en el espectador. Síntesis casi perfecta de tradición e innovación y de una cinefagia muy particular, constituye una riquísima alegoría sobre el amor y el paso del tiempo, llena de matices y
sutilezas. Conmovedora hasta el dolor y la lágrima, Millennium Actress es la prueba evidente de que el cine tiene su
razón de ser en la materialización visual de una buena historia, algo que el director
volvería a repetir en Tokyo Godfathers,
con la remota inspiración del maestro Ford. La obra maestra de
Satoshi Kon, un cineasta de escasa pero formidable obra.
jueves, 1 de marzo de 2012
El crepúsculo de los dioses
4*
Grandísima e influyente película de tintes negros sobre la
mitología hollywoodense (en la línea de Cautivos
del mal) que, además, escenifica las exequias del cine mudo tras el paso al
sonoro. Un guionista en horas bajas (al que da vida un William Holden también
en horas bajas), que es perseguido por sus acreedores, conoce accidentalmente a
una vieja estrella del cine, la diva y desequilibrada Norma Desmond (Gloria
Swanson), que vive aislada del mundo moderno en su barroca mansión de Los Angeles y se encuentra protegida
por Max, su misterioso mayordomo (un tremendo Eric Von Stroheim, en un papel de
grandes resonancias personales y profesionales). Egos desmedidos, ambición a
prueba de arrepentimientos y enfermedades mentales para una historia
técnicamente brillante, de una profundidad humana admirable y narrativamente ejemplar
(aún a costa del retruécano de hacer
de un cadáver el narrador de la historia). El guión es del propio director, Billy Wilder,
escrito a dos manos con su fiel Charles Brackett, en su último trabajo juntos.
Espectacular escena de inicio, con esa imagen desde el fondo de la piscina
que ha pasado a la historia del cine (obra del director de fotografía de Perdición, John Seitz) e icónico final,
con una Swanson soberbia en su última actuación. Sin embargo, el
romance entre Holden y la joven aspirante a guionista parece trucada, la
conclusión se muestra también un poco atropellada y, además, la puesta en escena
del despecho final se revela ciertamente forzada. Los estudios de la Paramount, Cecil B. De Mille, Buster Keaton y otras estrellas del cine mudo aparecen por el metraje imprimiendo (con
su incontestable presencia) veracidad y crédito a este ácido retrato de la
industria del cine y de algunas de sus obsesiones, especialmente del éxito
asociado a la juventud. Una película especular, donde el cine emula a la vida y
la vida imita al cine, en una cadena circular y decadente.
Etiquetas:
1950,
Billy Wilder,
Buster Keaton,
Cecil B. De Mille,
Cine Noir,
Cinefilia,
Drama,
El crupúsculo de los dioses,
Eric Von Stroheim,
Gloria Swanson,
William Holden
lunes, 23 de enero de 2012
Arrebato
3.5*
Año 1979. Madrid. José Sirgado (Eusebio Poncela) es un
director de cine, adicto a la heroína, que descubre que su ex novia (Cecilia
Roth) –con la que había roto- ha acampado en su propia casa. Además, está
intentando rodar una película de terror, La
maldición del hombre lobo, que tiene todo tipo de problemas. Por otro lado, en una
escapada con su amiga Marta conoce a Pedro, un adicto al cine que lo vive como
si no existiese ninguna otra cosa sobre la faz de la tierra. Tiempo después,
José recibe una película y una cinta de audio donde Pedro le explica los
alucinantes y extraños acontecimientos que ha vivido y en los que está
implicada su cámara de Súper 8. Y así
comienza la película… Arrebato (segundo
y último largometraje de Iván Zulueta, en 35 mm) destaca como una rara avis en la filmografía española,
tan dada a una especie de autocensura pro
comercial (dejando a un lado varias notables excepciones, por supuesto).
Para empezar, constituye una absorbente reflexión sobre el cine, sobre su capacidad
de asombrarnos, de deslumbrarnos, y, por tanto, de evadirnos de la realidad. Como propone la película, el
cine nos arrebata. Destaca, además,
por la sugerencia que hace del cine una especie de vampiro: nos roba parte del
tiempo que podríamos dedicar a la vida; nos deja sin vida. Pero cualquier
reflexión sobre el mensaje de la película no es sino una conjetura y, como tal,
está sujeta a múltiples revisiones, como la esencia misma de Arrebato, una maravilla entretejida con underground neoyorkino, E.A Poe y el cine-ojo de Dziga Vértov.
martes, 10 de enero de 2012
Soñadores
3*
En la última película de Bernardo Bertolucci hasta la fecha, el director de Novecento se apunta al revisionismo histórico y rueda una sofisticada crónica sobre los despertares sexuales, sentimentales y políticos de parte de una generación, con alguna reminiscencia al Bande á part de Godard. Matthew (Michael Pitt), un estudiante californiano, recala en el París de la primavera del 68 y entabla amistad -en la Cinémathèque française- con Isabelle (Eva Green) y con Theo (Louis Garrell), los dos hijos siameses de un reconocido poeta francés. Al comienzo de la erótica relación a tres bandas, Matthew parece ir por detrás de los hermanos, mientras que, según avanza la película, el tímido californiano consigue descifrar y revelar el infantilismo mental y emocional en el que viven Isabelle y Theo y les obliga a enfrentarse al mismo. Por otra parte, lo interesante de la historia –por significativo- es la forma en la que los acontecimientos políticos disparan, dirigen o interrumpen la acción. Aunque en este punto, el director no termina de sentirse cómodo. Cinematográficamente hablando, Bertolucci rinde un sentido homenaje al 7º arte, aprovechando un recurso que ya había sido utilizado en más de una ocasión, especialmente en esa cinéfila teleserie yanqui, Dream on (conocida en España como Sigue soñando). Por ello, hay multitud de referencias a películas de Hollywood y francesas, a partes iguales, junto a alguna de Bergman. La película es una producción inglesa, sobre una novela de un autor escocés (Gilbert Adair), dirigida por un italiano, sobre un acontecimiento ocurrido en Francia y con un equipo técnico y un plantel de actores de varias nacionalidades; sin embargo, el espíritu general se nos antoja francamente usamericano. La BSO, por último, es una sugerente y emotiva selección de canciones populares.
En la última película de Bernardo Bertolucci hasta la fecha, el director de Novecento se apunta al revisionismo histórico y rueda una sofisticada crónica sobre los despertares sexuales, sentimentales y políticos de parte de una generación, con alguna reminiscencia al Bande á part de Godard. Matthew (Michael Pitt), un estudiante californiano, recala en el París de la primavera del 68 y entabla amistad -en la Cinémathèque française- con Isabelle (Eva Green) y con Theo (Louis Garrell), los dos hijos siameses de un reconocido poeta francés. Al comienzo de la erótica relación a tres bandas, Matthew parece ir por detrás de los hermanos, mientras que, según avanza la película, el tímido californiano consigue descifrar y revelar el infantilismo mental y emocional en el que viven Isabelle y Theo y les obliga a enfrentarse al mismo. Por otra parte, lo interesante de la historia –por significativo- es la forma en la que los acontecimientos políticos disparan, dirigen o interrumpen la acción. Aunque en este punto, el director no termina de sentirse cómodo. Cinematográficamente hablando, Bertolucci rinde un sentido homenaje al 7º arte, aprovechando un recurso que ya había sido utilizado en más de una ocasión, especialmente en esa cinéfila teleserie yanqui, Dream on (conocida en España como Sigue soñando). Por ello, hay multitud de referencias a películas de Hollywood y francesas, a partes iguales, junto a alguna de Bergman. La película es una producción inglesa, sobre una novela de un autor escocés (Gilbert Adair), dirigida por un italiano, sobre un acontecimiento ocurrido en Francia y con un equipo técnico y un plantel de actores de varias nacionalidades; sin embargo, el espíritu general se nos antoja francamente usamericano. La BSO, por último, es una sugerente y emotiva selección de canciones populares.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Reservoir Dogs
3.5*
En 1992, Quentin Tarantino ofrecía su tarjeta de presentación al público mundial, rodada en poco más de un mes. Lo que iba a ser una película más del floreciente cine independiente usamericano, se transformó rápidamente en una auténtica película de culto, con una enorme influencia en el cine posterior. Las razones: la intervención inestimable de Harvey Keitel como promotor y como protagonista del film, por un lado, y una visión personalísima, idiosincrática, de hacer cine basándose en el mismo cine, por el otro. Además, el paso triunfal por varios festivales de cine durante los años 1992-1993, que adjudicaron un mediático aval a la calidad y originalidad del producto. Sobre la base de una cinefilia impenitente (pulida gracias a su trabajo en el mega videoclub Video Archives, de Manhattan Beach), Quentin Tarantino presentó, con esta imperfecta película de serie negra, las características fundamentales de lo que se transformaría en la marca registrada de la casa: una deconstrucción narrativa al servicio, paradójicamente, de una visión tradicional de la trama; el saqueo permanente de recursos cinematográficos ajenos (en este caso, de Sergio Corbucci, por ejemplo); un respeto incondicional por el cine de género a base de intentar trascender sus propios límites; homenajes intertextuales constantes a la historia del cine; el diálogo constructivo entre las imágenes y la BSO (compuesta, en su mayor parte, por canciones elegidas por el propio director); una exquisita intuición para la selección y para la dirección de actores; una elegante e irreverente concepción del guión, con unos diálogos realmente convincentes, a consta de parecer muchas veces insignificantes e, incluso, ridículos; y, por encima de todo, una visión icónica del lenguaje y de la puesta en escena fílmicos, que transforma el visionado de sus películas en una experiencia pulp además de cool. Para sublimar y enmascarar todas estas características, respectivamente, Tarantino rodaría, años después, sus dos postmoclásicas obras maestras, Pulp Fiction y Jackie Brown.
En 1992, Quentin Tarantino ofrecía su tarjeta de presentación al público mundial, rodada en poco más de un mes. Lo que iba a ser una película más del floreciente cine independiente usamericano, se transformó rápidamente en una auténtica película de culto, con una enorme influencia en el cine posterior. Las razones: la intervención inestimable de Harvey Keitel como promotor y como protagonista del film, por un lado, y una visión personalísima, idiosincrática, de hacer cine basándose en el mismo cine, por el otro. Además, el paso triunfal por varios festivales de cine durante los años 1992-1993, que adjudicaron un mediático aval a la calidad y originalidad del producto. Sobre la base de una cinefilia impenitente (pulida gracias a su trabajo en el mega videoclub Video Archives, de Manhattan Beach), Quentin Tarantino presentó, con esta imperfecta película de serie negra, las características fundamentales de lo que se transformaría en la marca registrada de la casa: una deconstrucción narrativa al servicio, paradójicamente, de una visión tradicional de la trama; el saqueo permanente de recursos cinematográficos ajenos (en este caso, de Sergio Corbucci, por ejemplo); un respeto incondicional por el cine de género a base de intentar trascender sus propios límites; homenajes intertextuales constantes a la historia del cine; el diálogo constructivo entre las imágenes y la BSO (compuesta, en su mayor parte, por canciones elegidas por el propio director); una exquisita intuición para la selección y para la dirección de actores; una elegante e irreverente concepción del guión, con unos diálogos realmente convincentes, a consta de parecer muchas veces insignificantes e, incluso, ridículos; y, por encima de todo, una visión icónica del lenguaje y de la puesta en escena fílmicos, que transforma el visionado de sus películas en una experiencia pulp además de cool. Para sublimar y enmascarar todas estas características, respectivamente, Tarantino rodaría, años después, sus dos postmoclásicas obras maestras, Pulp Fiction y Jackie Brown.
Etiquetas:
1992,
Cinefilia,
Harvey Keitel,
Michael Madsen,
Postmodernidad,
Quentin Tarantino,
Reservoir Dogs,
Robos,
Steve Buscemi,
Thriller,
Tim Roth
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Rebobine, por favor
3*
Michel Gondry, especializado en desmenuzar enfermedades de la sociedad postmoderna, perpetra una estupenda fábula moral sobre la amistad, la
admiración y los sueños compartidos, contada sin ningun subrayado, con sentido
del humor y con mucha, mucha inventiva visual, lo que transforma la película, finalmente, en un sorprendente pasquín en favor del cine y de su capacidad viral para emocionar. Gondry cuenta con la ayuda de un entregado Jack Black, de un convincente Mos Def y de un entrañable Danny Glover. La parte en la que los protagonistas ruedan sus versiones de saldo de las películas del videoclub donte trabajan (a las que llaman sus
"suecadas", sweded films), es divertidisima, sobre todo si has visto las peliculas
originales que intentan emular. Es hermoso que se desarrolle
en un barrio humilde (concretamente en Passaic, New Jersey) y que se cuente con la colaboración de sus habitantes y vecinos. Sin llegar al nivel de ¡Olvídate de mí! ni de La ciencia del sueño, la historia igualmente conmueve y pone punto final a la (por ahora) primera trilogía del autor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




































