El Homero visual USAmericano, John
Ford (el único par visual a la altura de Walt Whitman y el director favorito de
Orson Welles), dirigió tres películas que forman parte de lo que se conoce como
“La trilogía de la caballería”. En ellas (y simplificando), Ford presentaba una
imagen militarista, defensora de la autoridad e, incluso, racista. Pero en
otros films, Ford se auto enmendó la
plana. Este es uno de ellos y consiste, por encima de todo, en una especie de
versión oficial, “yanqui”, de la Guerra de Secesión. El argumento, digamos, sigue
las campañas del coronel Marlowe (John Wayne) en territorio del Sur hasta que
se topa con una rebelde sureña (interpretada por Constance Towers), que hará lo
indecible para echar al traste los objetivos del Norte. Para terminar de azuzar
el fuego, Marlowe tiene que realizar su misión con la simple ayuda de un
regimiento al mando del Mayor Cirujano Kendall (William Holden). La historia
original proviene de una novela escrita por Harold Sinclair, que fue un
auténtico best seller en su momento y
que tuvo una especie de continuación en The
Cavalryman (1958). Por cierto, atención a las excelentes escenas de acción
bélica. Como es típico en las producciones Fordianas de la época, en la BSO se
deslizan melodías del score de Centauros del desierto. Por cierto, la
fecha de publicación de la novela de Sinclair coincidió con el estreno de The Searchers. Y otra casualidad más: el
título original de ésta y el de aquella, pulsan en el espectador la imagen del
caballo, auténtica mano derecha, aquí también, de “las campañas del desierto”,
de esa “avanzadilla del progreso” que tan bien ha hecho a unos como mal a muchos
otros.
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martes, 8 de marzo de 2016
Misión de audaces (Aka The Horse Soldiers)
3.5*
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sábado, 7 de marzo de 2015
¡Qué verde era mi valle! (Aka How Green was my Valley)
4.5*
Monumento cinematográfico a la
clase obrera y segunda parte del díptico fordiano sobre los desheredados del
capitalismo contemporáneo, levantado por un aliento social(ista) tan
justificado como emotivo. En un pequeño pueblo de Gales, la arraigada familia Morgan
se mata a trabajar en las minas de los Evans pero, poco a poco, como la escoria
que va cubriendo las verdes laderas del valle donde viven, las condiciones laborales de los trabajadores comenzarán a ennegrecerse y a sufrir los
vaivenes de los nuevos tiempos. Como es habitual en el cine del maestro, el
director se apoya en un guión escrito por otra persona (Philip Dunne, en este
caso, a partir de la semiautobiográfica novela de Richard Llewelyn), al que
Ford insufla vida gracias a una sabia concepción de la puesta en escena y del tempo fílmico, donde alternan las
escenas musicales y de humor con alguna de las más trágicas representaciones de
“la fábula de las abejas”. Al mismo tiempo, el retrato de las condiciones de
vida de los mineros, de sus tradiciones y de sus momentos de ocio así como la
actualidad de sus planteamientos, redondean una película que bordea el
melodrama pero que, finalmente, acaba emergiendo como uno de los más potentes
dramas del cine reciente. Ahh, no, si el film es de 1941. Aunque, a la postre, como escribe Tag Gallagher, “la memoria idílica
triunfa sobre la realidad trágica”. En todo caso, y en último lugar, hay que
destacar el sofisticado y nada complaciente análisis tanto del papel de la
religión como de los valores de las clases propietarias en la configuración de
una sociedad injusta desde sus mismas raíces.
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viernes, 12 de diciembre de 2014
Caravana de paz (Aka Wagon Master)
3.5*
Una caravana de mormones emprende
un viaje hasta Utah acompañada por un par de amigos vendedores de caballos. Por
el camino, viviran todo tipo de experiencias y conocerán a varios grupos
humanos. Prototipo de buena parte de la filmografía de John Ford, Wagon Master (en su título original)
condensa en sus casi 90 minutos varios de los mottos típicos del cine de su llorado autor: un viaje a la tierra
prometida que es, además, un arquetipo para la vida de frontera en los EE.U.;
una historia protagonizada por personajes humildes que adquiere un aliento
épico; una narración que avanza como un carromato por las montañas de un país
todavía por descubrir; una concepción grandiosa y espectacular del paisaje;
diversos excursos festivos, cómicos y de acción; una visión tradicional de las
relaciones humanas donde, sin embargo, hay espacio para la novedad, la
redención y la diferencia (incluyendo a los aborígenes USAmericanos); y una
concepción casi familiar del trabajo cinematográfico (con un lugar de
privilegio para varios profesionales del gang
fordiano: un expléndido Ward Bond, Ben Johnson, Harry Carey jr., Joanne Dru,
Jane Darwell y Hank Worden). En definitiva, una obra de transición dignísima,
rodada bajo el paraguas de Argosy, la productora del director, justo un año
antes de Río Grande y solo un año
después de La legión invencible. Por
cierto, en La última película, de
Peter Bogdanovich, se rinde un pequeño homenaje a este estupendo film.
miércoles, 15 de octubre de 2014
miércoles, 30 de julio de 2014
La ruta del tabaco
2.5*
Adaptación de una obra de teatro que, a su vez,
proviene de una novela que, al parecer, fue muy exitosa en la época, tal y como
se anuncia al comienzo de la película (curioso inicio para una película de John
Ford, por otro lado). Aunque el guión sea del gran Nunnally Johnson, la
película cuenta una historia destartaladísima que recuerda claramente a las
exageraciones de Los Simpson cuando
describen la forma de vida de Cletus Spuckler y su familia, o esas parodias white trash de la vida sureña, de dudosa
moral, presentes en algunas lecturas de la obra de William Faulkner y otros
autores Southern. Y es que todo el film desprende un humor vulgar, muy
exagerado, excesivamente idiosincrásico y sin nada de gracia. Como de otro
tiempo, vamos. Un humor que, por otro lado, no es apropiado para el tipo de
tragedia que se está contando. Además, la descripción de la realidad social del
momento y del lugar (Georgia) así como la visión candorosa de las clases
propietarias es de una ingenuidad que solo esconde su carácter
demagógico. En cualquier caso, lo mejor de la producción es, sin duda, la
presencia de una jovencísima Gene Tierney, aunque su personaje, como el de Dana
Andrews, es tan innecesario como inconsecuente. Un film que tiene más fama que sustancia.
domingo, 4 de agosto de 2013
El gran combate
3.5*
En unas páginas llenas de tristeza de La democracia en América, Alexis de
Tocqueville describió la injusta y terrible persecución a la que los aborígenes
USAmericanos fueron sometidos por los colonos blancos y sus descendientes.
Dicha persecución ha sido relatada en cientos de ocasiones (desde La otra historia de los Estados Unidos a
Meridiano de sangre), pero solo desde
las últimas décadas del siglo XX ha entrado a formar parte de nuestras representaciones
compartidas. Lo cual se ha producido gracias al compromiso decidido de varios ciudadanos,
artistas e intelectuales valientes. Esta película de John Ford es una muestra
de este compromiso y de este valor. A lo largo de 160’, el director favorito de
Orson Welles cuenta la historia del éxodo Cheyenne, por varios estados de la
Unión, en busca de una especie de tierra prometida (con la frustrante efigie
de una reserva). Ford relata todas las calamidades que tuvieron que sufrir (partiendo, por supuesto, de las promesas incumplidas), la menor de las cuales
no fue, sin duda, el hostigamiento al que fueron sometidos por el propio ejército y
por las autoridades federales (como los desplazamientos forzados que fueron
promovidos por el Secretario de interior Carl Shurz, interpretado por Edgar G.
Robinson). Pero Ford intenta insuflar al conjunto ciertos aires de epopeya aunque,
a la postre, dicho conjunto se resiente de un cierto esquematismo y, en todo
caso, flaquea al introducir algún que otro interludio cómico (tan propio de su
filmografía, por otra parte). Hay que destacar, para bien o para mal, la
fotografía del mítico Monument Valley,
algunos personajes estereotipados, una duración excesiva y varias escenas fuera de lugar. De hecho, en
un montaje para la televisión, la escena en la que aparece Wyatt Earp es
eliminada por completo. En todo caso, Ford entrega una denuncia del exterminio indio, de poderosas connotaciones históricas, para redimirse (quizás) de una
parte de sus Westerns.
lunes, 17 de junio de 2013
Centauros del desierto
4.5*
Un personaje de la novela Cuerpos extraños, de Cynthia Ozik, sostiene que conocer los misterios
y los entresijos del cine es una perfecta inutilidad. Y para el caso de las
películas del director favorito de Orson Welles podría ser con más razón: pues entretienen
y funcionan a la perfección sin necesidad de análisis alguno. En todo caso, aquí
va esta PastillaCrítica. Ethan Edwards (John Wayne), un errante soldado
confederado, regresa a su hogar en Texas 3 años después de acabada la Guerra de
Secesión. Al poco de llegar, su familia es asaltada por los comanches y se
lanza a la búsqueda de su joven sobrina, a la que creen única superviviente del
ataque. La búsqueda, que le ocupará varios años, poco a poco, se irá
transformándo en una auténtica odisea. La vida en Monument Valley, mientras
tanto, sigue su curso. John Ford construye un western dramático sobre el racismo, la obsesión y el odio a
base de decenas de pequeños detalles, casi imperceptibles para el tradicional
epectador del género. Con algunos ligeros errores narrativos, de montaje y de
continuidad, el film tiene la
grandeza de la imperfección. Maravillosa en sus aspectos técnico-artísticos
(excelente fotografía de Hoch y con una BSO de Max Steiner que abraza a la
historia como un buen amante), el argumento se desarrolla tan retorzidamente como
la mente y el corazón del protagonista, un auténtico centauro del desierto, por
la cantidad de tiempo que pasa subido a su caballo. Los 120’ de película están
salpicados con emotivos, festivos y musicales momentos, como es habitual en el
cine del maestro, así como con esporádicos destellos de humor, todo fusionado
con una sabiduría y con una pulcritud estética admirable. Por otro lado, los
aspectos éticos son tan ricos y complejos como la propia interpretación de
Wayne, con seguridad una de las mejores de su carrera, de una aspereza que
convence, de una contención que admira. Por cierto, la ínclita editorial Valdemar tiene una excelente versión de la novela original, de Alan Le May, en su colección Frontera.
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lunes, 8 de abril de 2013
Siete mujeres
4*
Decía Tag Gallagher que “el virtuosismo es a menudo más
grande en las cosas más sencillas y la complejidad es propiamente la nítida
combinación de una multitud de articulaciones simples”. Pues bien, esta
firmación se refiere a la última película de un director único. Tras una
larguísima y extraordinaria carrera, el maestro John Ford rodó, en 1966, 7 Women, su última película, que fue un
auténtico fracaso, tanto de público como de crítica. La historia gira en torno
a un grupo de mujeres que viven en una rígida misión evangelizadora situada en
medio de varios conflictos bélicos, cerca la frontera entre China y Mongolia.
Corre el año de 1935 y el señor de la guerra Tunga Khan está asolando la zona.
La llegada de la doctora Ágatha Cartwright (Anne Bancroft), una profesional inconformista
y descreída, hará tambalear buena parte del conjunto de convenciones y
creencias en el que se desarrolla la vida de este grupo de mujeres (aquí, el
esquema es parecido al de Misión de audaces). Ford se despide de la historia del cine con esta tragedia imperfecta, con una cierta inspiración Westerniana
pero de una potencia espiritual y vital que contrasta, curisosamente, con el
tenebrismo, la oscuridad y un cierto espíritu fúnebre con la que fue rodada. Si
alguna vez alguien ha pensado que Ford era un artista dogmático (tanto antes
como después de Las uvas de la ira),
esta película es la prueba más evidente de su flexibilidad de conciencia, tanto
moral como religiosa, y de su profundo respeto por la diferencia y por la
tolerancia, algo que ya había demostrado en buena parte de su cine, como en El fugitivo. Pero también lo es como
prueba de su enorme habilidad para dar vida a personajes de toda condición,
pese a sus clichés y estereotipos. Como curiosidad, se debate si en la película
hay o no realmente 7 mujeres o, por el contrario, hay 8, contando a Sue Lyon,
casi una adolescente. O contando a la doctora Cartwright quien, de alguna
manera, trasciende su condición sexual.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Las uvas de la ira
5*
Richard Rorty ha escrito que una descripción detallada de los sufrimientos e injusticias
presentes y pasadas puede movilizar a las víctimas a la vez que puede
intranquilizar a quienes cometen o consienten tales ofensas. John Steinbeck,
que ya había plasmado la difícil lucha por la supervivencia en De ratones y hombres, condensó todas sus
virtudes éticas y artísticas en Las uvas
de la ira, que el guionista Nunnally Johnson adaptó para esta obra maestra
de John Ford, primera parte del tríptico sobre las clases trabajadoras que
completan Qué verde era mi valle y La ruta del tabaco. En la línea del
mejor progresismo USAmericano (Jefferson, Whitman, Dewey, Roosevelt) Ford
dirigió esta legendaria radiografía de la Gran Depresión, que se ha convertido
en uno de los paradigmas del cine social por la hondura del análisis y el vigor
de los símbolos utilizados, por la falta de sensiblería y, finalmente, por la
maestría artística. Al mismo tiempo, hay una ráfaga anticapitalista en el film. Como en El pan nuestro de cada día, Ford no mitifica a la clase
trabajadora y a los agricultores de la Dust
Bowl que perdieron sus granjas “a golpe de subasta”, como escribió Howard Zinn, porque eso sería falsificar la realidad. En su lugar, presenta un
sosegado retrato de sus sufrimientos y dota a los personajes de una gran
dignidad, materializada a través del contraste entre la crueldad de la
injusticia padecida y la entereza con la que la sobrellevan. Además, John Ford
resalta la fraternidad y solidaridad existente entre las clases bajas (sin, por
otro lado, escatimar los conflictos y zancadillas en su seno), en
contraposición al tratamiento que reciben de las clases propietarias,
avariciosas e insolidarias. Magnífica interpretación de un grupo de
maravillosos actores (especialmente Henry Fonda, Jane Darwell y John
Carradine). Por último, la fotografía de un Gregg Toland pre Kane es para quitarse el sombrero. Se aconseja comparar con Sounder, de Martin Ritt.
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Las uvas de la ira
miércoles, 1 de agosto de 2012
Mis 5 imprescindibles de John Ford:
-
Las uvas de la ira (1940).
-
Pasión de los fuertes (1946).
-
El hombre tranquilo (1952).
-
Centauros del desierto (1956).
-
El hombre que mató a Liberty Valance (1962).
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