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domingo, 9 de abril de 2017

Power

3*

Otra de esas gloriosas radiografías sobre el poder (más adictivo que el sexo, más atractivo que el dinero), realizada con mano firme por un Sidney Lumet que debía estar feliz en ese momento de su carrera porque el film pone los puntos sobre las íes  pero rápidamente los quita… Aún así, estamos ante una obra realmente estimable y una de las mejores películas sobre el papel del marketing y de la publicidad en el desenvolvimiento de las democracias representativas contemporáneas o, como las llama Carl Schmitt, en estas nuestras democracias liberales burguesas, que tanta importancia conceden al desarrollo oligárquico de los partidos políticos y al desarrollo de las campañas políticas mediáticas. El film muestra (aunque sin meter demasiado el dedo en la llaga) cómo nos engañan los políticos, especialmente cuando intentan acceder al poder, dirigidos por esos mercenarios de la imagen que son los asesores. A destacar la labor del propio Gere, del gran E.G. Marshall, de Gene Hackman (estos dos también comparten cartel en la maravillosa Poder absoluto), de Fritz Weaver, de J.T. Walsh, de Denzel Washington y de la gran Julie Christie. Como decía Enrique Jardiel Poncela, “el que no se atreve a ser inteligente, se hace político”.

martes, 24 de mayo de 2016

El prestamista (Aka The Pawnbroker)

3.5*

Decía Alan Finkelstein que el Holocausto se ha transformado en una industria, en un espectáculo para las masas. Sin embargo, después de 1945 y tras la revelación de los crímenes nazis y de la Solución Final, pocas fueron las producciones artísticas visuales que han intentado representar el sufrimiento de la Shoah. Es como si Occidente quisiera olvidar o, más bien, como si se autoaplicara el dictum adorniano: no puede haber poesía después de Auschwitz. Sin embargo, hubo excepciones notables a este silencio. Este film, por ejemplo, se enfrenta a una de las consecuencias más ásperas de la existencia de los campos de concentración y de exterminio: ¿cómo vivieron los supervivientes judíos tras la guerra? ¿Cómo sobrevivieron, con sus experiencias y recuerdos traumáticos, al día-día? El director Sidney Lumet, conocido por su impresionante versión de 12 hombres sin piedad, rodada 7 años antes, lanza a la cara del espectador lo que Primo Levi o Claude Lanzmann han intentado hacer desde entonces: una reflexión sobre el peso del pasado y sobre la dificultad de superarlo, en especial cuando se intenta esconder bajo capas artificiales de olvido y de normalidad, como hacen los personajes de Maus. Esta es la historia del prestamista Sol Nazerman, que tiene una pequeña tienda (una tapadera, en realidad) en New York. Y para terminar de rizar el rizo, a una reflexión sobre la intrusión del pasado en el presente, Lumet añade una reflexión sobre los excluidos del presente (negros e hispanos, fundamentalmente, en una sociedad que los acoge a todos pero que hace que se exploten mutuamente). Debido a la habitual pericia técnica del director, la película muestra curiosas soluciones de puesta en escena, entre televisivas, teatrales y kafkianas, orsonwellianas en todo caso, con una fotografía en B&N que ayuda a subrayar el clima de opresión en el que viven los personajes. Por otro lado, como es propio en su filmografía, Lumet consigue exprimir lo mejor a sus actores (Jaime Sánchez, Geraldine Fitzgerald y los demás) y, en este caso, al mismo tiempo, consigue controlar el habitual histrionismo de Rod Steiger. No es una película fácil, ni complaciente. No es un film para ver con los amigos, palomitas en ristre. Pero sí que es una de las mejores obras visuales sobre estas cuestiones tan dolorosas y controvertidas.

martes, 18 de diciembre de 2012

12 hombres sin piedad

4.5*

Henry Fonda se encierra con los otros 11 miembros de un Jurado para deliberar sobre la inocencia o la culpabilidad de un acusado. De ellos se espera el más ecuánime e informado de los veredictos. Sobre la obra teatral de Reginald Rose, Sidney Lumet retrata el proceso de debate y discusión de este jurado, con las tensiones y entimemas propios de cualquier deliberación judicial. Por eso, Lumet presenta los argumentos de unos y de otros y estrecha el círculo sobre la posibilidad de condenar a alguien existiendo una duda razonable sobre su culpabilidad. Y lo hace mediante una soberbia puesta en escena, que debe tanto a la televisión de la época como a una concepción teatralizada de la dirección cinematográfica. La película se transforma, así, en un análisis del proceso judicial anglosajón, con manifiestas intenciones pedagógicas, con unos consistentes toques de denuncia aunque, a la postre, se transforma en un vehículo de exaltación del sistema. Una línea de diálogos magníficamente destilada, concisa y punzante, sobresalientes interpretaciones y debates sociales y jurídicos para una radiografía de una buena parte de la población USAmericana de la época, volcada en una tensa narración judicial que te atrapa desde el principio y va creciendo, plano a plano, escena a escena, hasta el anticlimático pero radiante final. En España, en 1973, se grabó una estupenda versión para TV en el añejo Estudio Uno (versión patria del Studio One de la CBS), bajo la dirección de Gustavo Pérez Puig y con un reparto de lujo: José María Rodero, Jesús Puente, Sancho Gracia, José Bódalo, Manuel Alexandre o Ismael Merlo, entre otros. La BSO incluía una versión de The House of the Rising Sun. Por su parte, el director de El exorcista, dirigió una magnífica adaptación para la TV en 1997. Por cierto, el argumento tiene mucho que ver con la extraordinaria el Incidente en Ox-Bow.





lunes, 16 de abril de 2012

Network (Un mundo implacable)

3.5*

Despiadado retrato de los tejemanejes televisivos y de la forma en que las cadenas de TV sacan brillo a los intereses económicos de las corporaciones que hay detrás de ellas. Sidney Lumet sirve en bandeja de plata un drama sobre las ambiciones de un selecto grupo de hueros y despiadados ejecutivos en su lucha por los índices de audiencia. Y lo hace a costa de caer algunas veces en una ridícula farsa. Sin embargo, la profundidad general del planteamiento y la entregada interpretación del cuarteto protagonista salvan con creces la función. A destacar el sobrio papel de William Holden, una histriónica pero glacial Faye Dunaway, un avaricioso Robert Duvall y, por encima de todos, un mesiánico y subversivo agitador –interpretado con mil y un registros por un Peter Finch en su último papel-, el cual, a la postre, es descarnadamente utilizado para los propios fines corporativos. Unos fines corporativos representados por el personaje de Mr. Jensen, que pronuncia una de las frases más famosas del film: “el mundo es un negocio”. La dirección es sutil, fluida, televisiva, con una excelente fotografía fija de Owen Roizman (el mismo de Libertad Condicional o de la magnífica Los tres días del cóndor). 4 años más tarde, en 1980, Bertrand Tavernier rodaría La muerte en directo, una alegoría futurista sobre un mundo en el que filmar la muerte es todo un acontecimiento televisivo. Por cierto, uno de los 2 asesinos que salen en la película es Tim Robbins.