Una de las características
principales de la industria hollywoodiense de comienzos del siglo XXI es su
recurrencia al remake. La falta de
ideas, el conservadurismo narrativo o la cobardía financiera han explosionado
en una cultura cinematográfica plagada de revisitaciones de clásicos o de
cintas de culto de varias décadas, normalmente con más pena que gloria. En este
caso, Denis Villeneuve y los guionistas originales del mítico film de Ridley Scott sobre la obra de
Philip K. Dick han decidido situarse a medio camino entre el remake y la secuela pues, si bien es
verdad que estamos ante una película que “continúa” la historia original, lo
hace recreando tanto el mundo futuro de la original como sus principales
elementos técnico-artísticos (con cientos de homenajes y guiños a la obra
original, por cierto, aunque con unas curiosas y sorprendentes novedades,
algunas de las cuales están bien pegaditas a la obra de Satoshi Kon, por cierto).
Por eso, Blade Runner 2049 es un film replicante y replicado del ADN inicial
y, por tanto, un film con fecha de
caducidad. El actor con la cara de pena más rentable del cine actual, pone el
físico a un nuevo caza robots que debe desenmascarar toda una conspiración milenarista
revolucionaria, en plan Matrix. Si el
clásico de ciencia ficción de Scott no se caracterizaba por su especial
complejidad sino por su parsimonia y atmosférica ambigüedad, Villeneuve ha
decidido abrir la puerta a una franquicia en la que se pueden esperar tantas
sorpresas y tantos vacíos como en la saga Alien,
otra franquicia descontrolada (aunque entretenida). El ritmo del visionado, eso
sí, puede ayudar a buena parte de los espectadores a relajarse del ajetreado y
típico timing urbanita del 2017.
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sábado, 21 de octubre de 2017
Blade Runner 2049
3*
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lunes, 30 de noviembre de 2015
Skyfall
2.5*
Cada generación ha de reescribir las
historias de su pasado. Y da igual que sean sus historias reales o sus
historias imaginarias. Por eso, iba haciendo falta que se reescribieran las historias de James Bond. De ahí el estreno de Casino Royale y de Quantum of
Solace. Así que, poco a poco, se están desempolvando, desapolillando,
renovando. En esta ocasión, San Mendes coge el testigo para rodar una de las
más increíbles (por inverosímiles) de todas las películas de la saga, en
particular si la comparamos con los dos primeros capítulos de esta mini “resurrección”.
De hecho, recuerda un poco a una famosa escena de The Matrix fundida con las inauditas concatenaciones del guión de Miller’s Crossing. Para más inri, todos los planos, todas las
escenas, todas las secuencias se intentar rodear de un aire de qualité visual, de una niebla artística
(algo similar a lo que le ocurre al Batman
de Nolan), lo que no favorece la implicación del espectador, que se queda
contemplando un fuego de artificios sin mayor interés ni empatía. Es verdad que
el villano tiene cierto carisma, que las chicas Bond son sólidas y que el film tiene múltiples guiños a la
historia de la saga (lo cual va estimulando la memoria del público) pero, eso
no es suficiente: bajo un maquillaje de ridículo patriotismo, emerge un guión
desastroso y previsible, con varios chuscos agujeros, algunas frases infantiles,
un par de gracias desubicadas y mucha lectura freudiana de tercera clase. Así,
Bond aparece como un niño expósito traumatizado y con complejo de Edipo, que
tiene que romper con su pasado destruyendo su símbolo psicológico más
habitable: la mansión familiar. Podría haberse hecho algo mucho más lúcido pero
Mendes ha decidido seguir por el camino de la mitificación adolescente. Ni
siquiera la presencia de Albert Finney redime a este fallido intento
Hollywoodiense de adecentar la, tantas veces mancillada, épica bondiana.
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viernes, 25 de abril de 2014
El hombre que nunca estuvo allí
4*
Los hermanos Cohen, fieles a su espíritu transgresor pero también apegados a su potente conocimiento de la tradición
cinematográfica USAmericana, establecen una serie de múltiples contrastes entre
varios componentes del film: el
homenaje a muchas convenciones del género negro, especialmente a la obra de
James M. Cain (voz en off,
infidelidades, asesinatos, chantajes, etc.) al que añade un par de subtramas
interesantes (especialmente la de la formación musical); una BSO que alterna la
música clásica (de Beethoven) y un par de cortes de piano y violines de Carter
Burwell; una película pegada a la tierra (Santa Rosa, ese pequeño pueblo de
California) pero con una fotografía a veces neblinosa del gran Roger Deakins
(mitad tabaco y mitad vacilación); una película que se basa en la búsqueda de
la verdad (aunque la verdad “de jaqueca”), en el desentrañamiento judicial de
un caso de asesinato, pero que se encorva ante el principio de incertidumbre de
Heisenberg, defendido por un personaje memorable, Freddy Riedenschneider (“a
veces nuestra mirada altera lo que vemos, desconocemos lo que ha ocurrido de
verdad o lo que hubiera ocurrido si no hubieramos metido las narices en un
asunto”). Y, sobre todo, ese argumento contado al ritmo del discreto peluquero
que lo protagoniza y esa ironía constante, desde el principio hasta el final,
desde su concepción en color hasta su estreno en B&W. Por otro lado, el casting es realmente apropiado, tanto
Billy Bob Thornton como Frances MacDormand portan rostros de finales de los
cuarenta, de 1949, al igual que James Galdolfini, Michael Badalucco, Tony
Shalhoub o Scarlett Johansson, pero el que marca la diferencia es Jon Polito,
que compone un personajes a la altura de su talento. Una película que parece
que solo tiene una cara pero que mira al espectador con mil y un rostros, los
de los múltiples temas y asuntos que pasan por sus fotogramas (hasta hay una
referencia a las conspiraciones marcianas de los cincuenta, muy Daniel Clowes).
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sábado, 31 de agosto de 2013
Un tipo serio (Aka A Serious Man)
3.5*
Exceptuando Fargo, la grandeza de los hermanos Coen
parece que se condensa en sus obras menores, como Barton Fink, El hombre que
nunca estuvo allí o Quemar después de
leer. Obras como Muerte entre las
flores o El Gran Lebowski, pagadas
de sí mismas, denotan un estancamiento de ideas, un estilo manierista y una
narración enrevesada (continuamente entorpecida y estirada hasta el ardor), que
hacen sonrojar al espectador habituado a su filmografía. Algo parecido a lo que ocurre con los dos volúmenes de Kill Bill de Quentin Tarantino. Por su parte, Un tipo serio es la película más extraña
de su carrera, por intenciones, por temática y, por supuesto, por
resultados. Una película de fuertes resonancias filosóficas pero con un sutil
sentido del humor y una naturaleza enigmática que, ciertamente, no será del
agrado de todo el mundo. Una película arriesgada en el contenido y muy
atractiva en la forma, con una fotografía muy cuidada (obra del gran Roger Deakins), tanto como la puesta en escena, la ambientación y, por supuesto, los
personajes, convincentemente interpretados por un conjunto de excelentes
actores. Una película que comienza y termina con dos secuencias crípticas,
irresolubles, como críptico es también el desarrollo de la acción y, sobre
todo, el significado que los Cohen pretenden otorgar al film, como si de un cuento de Kafka se tratare. De hecho, la obra ahonda en esa incerticumbre propia de los tiempos que corren. Por otro lado, hay
múltiples referencias a la religión y a la cultura judía, algo que va
facilitando la comprensión de una buena parte de la historia y de los
acontecimientos que se suceden, como la referencia al disco Abraxas de Santana (un término gnóstico
para referirse a Dios) y la negativa del protagonista a adquirirlo: de esta
manera, los Cohen parecen querer decir que el pusilánime, despistado y sufrido
protagonista rechaza a Dios. Así, la película parece encaminarse hacia algún
tipo de explicación aunque simplemente nos retrate a un tipo que quiso ser
serio y que nos hizo reflexionar y sonreír con sus calamidades.
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