Muchas son las películas que han contado
historias alrededor de un bebé abandonado que debe ser cuidado por uno o varios adultos fortuitos. Los tres padrinos, Tres hombres y un bebé y Tokyo Godfathers podrían ser tres de las más famosas. En esta ocasión, el
encargado de cuidar al bebe es nada menos que Zatoichi, el ciego y vagabundo
masajista espadachín. ¿Por qué? Porque se siente responsable de su vida ya que
han matado a su madre en su lugar. Por ello, hará un largo viaje hasta la aldea
donde se supone que vive su padre. Sin hacer uso de ese humor negro y
coreográfico de la versión de Takeshi Kitano de 2003, Kenji Misumi dirige un
hermoso cuento sobre el poder de la inocencia en un mundo cruel y egoista. En
el papel del masajista, el sempiterno Shintarô Katsu, que rodó más de veinte films sobre el personaje entre 1962 y
1989. Con una puesta en escena delicada y cuidadosa y un argumento ambientado
en el Japón rural del siglo XIX, con una brisa que siempre sopla sobre las
plantaciones de arroz y bambú, y unos diálogos cortados con cuchillo de sushi, el director añade ligeros toques
de humor, mucha ternura y esas típicas descargas de violencia del cine japonés
de samuráis (rodadas con la tradicional sabiduría fílmica nipona). Además, la
música y la historia, ambas juntas, terminarán por recordar al espectador
Occidental nuestra querencia por el Western.
En conclusión: una delicia que sorprenderá a propios y extraños.
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martes, 27 de enero de 2015
martes, 14 de enero de 2014
Marcado para matar (Aka Branded to Kill)
3.5*
Como el mejor cine negro de Akira Kurosawa (clásico en su
concepción y desarrollo) o el contestatario de Koji Wakamatsu (vanguardista en
todos los planos), el cine de Seijun Suzuki destila violencia, ambición y bajos
fondos por los cuatro costados. En este caso, Suzuki cuenta una historia que
podría haber narrado Jean-Pierre Melville: un asesino a sueldo, el Número 3, se
dedica a asesinar a diestro y siniestro, con la compañía de un colega taxista y
de su propia mujer. Pero habrá un momento en que se cruce en su vida el Número
1, que pretende eliminarle. Rodada en la versión nipona del Cinemascope y en un
poderoso B&W, la ejecución plástica del film
es de una originalidad aplastante, aunque en el marco de las innovaciones
narrativas de los sesenta (es decir, en el marco de la Nouvelle Vague, por ejemplo), sus logros aparecen un tanto relajados
(y más si los comparamos con los de películas como La dama de Shanghai): narración sincrónica y a menudo abrupta, un
amplio mosaico de encuadres sorprendentes y heterogéneos, una concepción de la
escena claramente experimental, espectaculares movimientos de cámara à la Godard, un diseño global muy avant garde, etc. En todo caso, el
surrealismo, su sofisticada concepción del erotismo y una sorprendente dirección
artística (obra de Takeo Kimura) siguen apareciendo como los rasgos más
característicos del estilo fílmico del director, especialmente presentes en esta película. Un director, por cierto, al
que han rendido pleitesía autores que van desde Takeshi Kitano hasta Jim
Jarmusch y Wong Kar-Wai. En todo caso, conviene señalar que en el Japón de la
época, Suzuki no era un artista solitario. Su cine convivía con la bizarra cinematografía
de Teruo Ishii (Horror of a Deformed Man)
y, un poco después, con la provocativa y surrealista de Shuji Terayama (Pastoral: To Die In the Country). En
todo caso, hay obras anteriores de Suzuki que no son tan arriesgadas
formalmente como ésta (por ejemplo, Youth of the Beast). Por cierto, el propio Suzuki realizó una especie de auto remake posterior en El baile de los sicarios.
lunes, 12 de agosto de 2013
Yakuza
4*
Harry Kilmer
(Robert Mithcum) debe viajar al Japón para ayudar a un viejo amigo suyo, George
Tanner (Brian Keith), a recuperar a su hija, secuestrada por los Yakuza a causa
de un negocio truncado. Una vez en el país del sol naciente, Kilmer contará con
la colaboración de Tanaka Ken (Takakura Ken), un ex gángster reformado que
trabaja dando clases de Kendō. Sobre la base de un cotizadísimo guión de Paul
Schrader (un autor obsesionado con la culpa, la expiación y fiel devoto de
Yukio Mishima), Sydney Pollack moldea un vigoroso pero contenido thriller que desarrolla una fibrosa
historia de chantajes, mentiras y deudas morales, protagonizada por un puñado
de personajes atormentados y donde hay, además, un gran espacio para el honor y
el deber, tan propios de la cultura japonesa. De hecho, en El crisantemo y la espada, Ruth Benedict subraya la importancia del
Giri para la sociedad nipona: “Giri is hardest to bear”. Y el Giri es algo que se debe a alguien, una
cadena que uno mismo decide llevar por respeto y dignidad. Pollack salpica el
metraje de sólidas escenas de acción en las que, como un resorte escondido,
salta y explota una cruel pero hermosa violencia contenida. Pero también hay
espacio en Yakuza para las emociones
y el amor. Por otro lado, un efecto probablemente no deseado es que no haya
espacio para la renovación, puesto que todas las víctimas de la trama son
jóvenes. Hay que destacar, sin duda, la maravillosa BSO de Dave Grusin así como
la fotografía del experimentado Kozo Okazaki (el de Tiranía o el de Inn of evil),
un operador que, curiosamente, trabajaría en El reto del samurai, de John Frankenheimer, donde aparecen juntos
Scott Glenn y Toshiro Mifune. La influencia de este film se puede rastrear hasta en la hiper esteticista Black Rain.
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viernes, 26 de abril de 2013
Cuentos de la luna pálida
4.5*
Hermoso y triste
cuento moral japonés, basado en el Ugetsu
Monogatari (de Ueda Akinari) y dirigido con la elegancia típica por Kenji
Mizoguchi (tercera cabeza del triunvirato formado por Yasujiro Ozu y Akira
Kurosawa). La historia gira en torno a las vicisitudes causadas por las ambiciones de dos hermanos
campesinos (que viven con sus esposas) y de cómo dichas ambiciones condicionan su
respectiva felicidad y la de sus mismas familias (el uno por la atracción del
dinero y el otro por la seducción de la guerra). Si bien la historia es, por
momentos, un tanto ingenua, Mizoguchi mezcla estremecedoramente bien la
realidad (la obsesión por la fama y las riquezas) y lo sobrenatural (un amor
que es más bien un sueño de falsa felicidad), el drama y la fábula, como si de
un relato de los Cuentos fantásticos del
Japón de Lafcadio Hearn se tratara. Por otro lado, la puesta en escena, de
una sofisticación lánguida, de una majestuosidad sincera, es digna de
admiración, así como el aliento poético de la mirada, la fluidez teatral de la
trama y la moralidad de fondo de la historia, todo lo cual entronca la obra de
Mizoguchi con la de su discípulo Kaneto Shindō y, por supuesto, con la del
maestro Jean Renoir.
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lunes, 11 de febrero de 2013
13 asesinos
3.5*
Fiel a su intención de occidentalizar el chanbara (las películas de samuráis), el prolífico Takashi Miike (una figura extraña dentro del cine
actual, algo así como el Fassbinder nipón) rueda una de esas historias tan
queridas a la cinematografía japonesa, sobre la relación entre la entrega y la justicia. Un
número determinado de espadachines
deben unir sus fuerzas para ejecutar una misión suicida: asesinar a Naritsugu,
el sádico heredero del Shogunato. Miike, que alterna los films feudales con thrillers,
yakuzas, fantasía, terror y alguna
que otra comedia, ofrece algo más que una versión actualizada de Los 7 samurais o que un remake bastante fiel de la historia original, la
oscura cinta de Eiichi Kudo de 1963.
Y este algo más es una
historia cruel e implacable donde no faltan las escenas de acción, el harakiri pertinente, los encuandres
litográficos, una iluminación tétrica de interiores, varios movimientos de
cámara extirpados del Euro Western, violencia gore y una serie de diálogos más
propios del bushido y del autor bonzo del tsurezuregusa que de una clase
de sirvientes mercenarios, casi ronins. Es decir, esa mezcla de furor y lirismo que
ha hecho famosos a Takeshi Kitano o a Yoji Yamada, por ejemplo.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Jiro Dreams of Sushi
3.5*
Yoshikazu Jiro es el hijo de uno de los chefs más apreciados de Japón, el maestro
sushi Jiro Ono, de casi 90 años.
Padre e hijo son los cocineros de uno de los restaurantes más premiados de
Tokio, el Sukiyabashi Jiro, que se encuentra en una estación de metro del
barrio de Ginza, en el distrito central, y que ha sido largamente admirado por cocineros
de todo el mundo, como Joël Robuchon. Además, Jiro Ono tiene un segundo
restaurante, más amplio, porque el anterior solo dispone de sillas para 10
comensales. De todos los libros y documentales dedicados a la cocina japonesa, Jiro Dreams of Sushi es uno de los más
interesantes porque describe la maestría y sofisticacion que se debe alcanzar
para ser considerado un gran profesional del sushi (cortando pescado, cocinando arroz y presentando los platos)
y porque, además, muestra el proceso a través del cual se puede adquirir dicha
maestría. David Gelb filma una sosegada muestra del día a día del restaurante (de
su fundador, de su heredero, de los aprendices, de los clientes) y ofrece una completa
fenomenología del esfuerzo, de la rutina y del talento que hay detrás de cada minimalista
creación culinaria del maestro shokunin.
Pero Geld también ofrece pinceladas sobre la vida de Jiro, sobre su infancia y
crecimiento, sobre el Japón de postguerra, sobre las relaciones paternofiliares, sobre las 3 estrellas Michelin así como sobre cada uno de los proveedores del restaurante (pescado, arroz, wasabi,
nappa, etc.). En penúltimo lugar, el documental ofrece la forma y el orden en
que se sirven los 20 exclusivos niguiri
sushis del menú (desde los de sabor menos intenso, como el halibut, hasta los más fuertes, como el saba, el ikura o el anago). Y,
para finalizar, se apuntan algunas ideas ecologistas. Sin embargo, el
espectador, incluso el más entregado, no puede dejar de sospechar que alrededor
de todo este mundo hay algo hinchado, algo exagerado, algo mitificado. Pero qué
menos si de lo que se trata es de la búsqueda del umami perfecto.
sábado, 25 de febrero de 2012
La calle de la vergüenza
4*
Tras la 2ª Guerra Mundial, el parlamento japonés debate por
enésima vez la posibilidad de prohibir la prostitución, lo que acarrearía graves
consecuencias para los sectores implicados. El gran Kenji Mizoguchi –en su
última película, de 1956- rueda una historia patética y despiadada sobre un
local de alterne del barrio rojo de Tokio, irónicamente llamado La aldea de los sueños, y sobre la vida
cotidiana de las prostitutas que trabajan en él. A lo largo de todo el film, Mizoguchi va ofreciendo breves estampas
sobre cada una de las protagonistas, la unión de las cuales revela la lucha, el
sacrificio y las penurias que hay detrás de las sonrisas del oficio. Sin
estridencias, sin subrayados y con un score un poco discordante (de Toshirô Mayuzumi), Mizoguchi firma una desgarradora denuncia acerca
de la explotación humana y de la manipulación de las conciencias de los más
desfavorecidos, y lo hace con el característico sobrio estilo del director, una
puesta en escena cuidada al detalle, una fotografía del grandísimo Kazuo
Miyagawa –el inventor de la técnica Bleach Bypass- y, por supuesto, su maestría narrativa. Una de las protagonistas
recuerda al personaje de Anna Magnani en Mamma
Roma, de Pasolini. Por su parte, en España, en 1937, se estrenó Barrios Bajos, un alegato contra la
prostitución, entendida como una forma de explotación sexual de la mujer.
lunes, 21 de noviembre de 2011
La tumba de las luciérnagas
3.5*
El Studio Ghibli siempre ha proporcionado películas de animación muy elaboradas y con un altísimo nivel de calidad, tanto en los aspectos técnico-artísticos como en los aspectos ético-narrativos. Sin ninguna duda, el maestro del estudio es Hayao Miyazaki (uno de sus fundadores) pero Isao Takahata (mentor y cofundador del mismo) no se queda nada atrás, especialmente si tenemos en cuenta esta película y la magnífica Recuerdos del ayer. En La tumba de las luciérnagas, Takahata mantiene los estándares del estudio al adaptar una novela autobiográfica de Akiyuki Nosaka sobre la lucha por la supervivencia de dos hermanos, de 14 y 5 años, tras el bombardeo y destrucción de su ciudad, Kobe, en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que en otro clásico animado sobre los desastres de la guerra, en Cuando el viento sopla, la lucha por la supervivencia se basaba en el mantenimiento absurdo de una rutina, en ésta, esa lucha, es el retrato solitario de una batalla perdida por el sustento y la felicidad, en un contexto de duelo familiar, desamparo personal y cruel indiferencia social. La historia comienza de una forma desgarradora, continua con una sucesión de momentos tristes y tiernos para, finalmente, desembocar en una conclusión que, aunque ya conocida, no deja de ser igualmente desoladora. Y es que la sombra de Heidi y de Marco es alargada.
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Segunda Guerra Mundial,
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