Después de popularizar a Waldemar
Daninsky y de dirigir El huerto del
francés, Paul Naschy se enfrenta a la literatura picaresca española. Pero a
su manera. Es decir, introduciendo elementos del fantaterror satánico, de la
comedia y del cine erótico. El propio Jacinto Molina escribe el guión e interpreta
a un caminante llamado Leonardo, de formas piadosas pero de contenido recio que,
de camino a la corte de España, se va apropiando de las más variadas
personalidades (militar, caballero, peregrino, etc.) para sobrevivir a costa de
los bienes y de los cuerpos de los demás. En su peregrinaje, le acompaña un
joven lacayo, antiguo lazarillo, interpretado por David Rocha. El resultado es
una amalgama desprejuiciada y moralista, con una ambientación que recuerda a la
de Curro Jiménez, una estructura narrativa
(finalmente circular) en la que se suceden escenarios de todo tipo, desde un
convento a un lupanar, y una cualidad estética entre Velázquez, Goya y
Zurbarán. Además, a un estilo franco y falto de ostentaciones, el director ofrece
ciertas osadías visuales (como la de la escena del asalto a espadas, rodada
entre matorrales y malas hiervas) y conceptuales (como la del sueño futuro,
apocalíptico e incomprensible, adelantándose a un Alan Moore). Una de las
películas más curiosas de toda la filmografía del gran Naschy. Y uno de esos films que ahora serían cuasi imposibles.
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miércoles, 19 de octubre de 2016
jueves, 24 de enero de 2013
Barry Lyndon
4*
Adaptar la
novela picaresca de Tackeray, Memorias de
Barry Lyndon, Esquire, parecía una arriesgada empresa que, finalmente, el
director USAmericano Stanley Kubrick acometió con decisión y bastante acierto,
si bien con una cierta simplificación (especialmente del personaje
protagonista, que en la novela era reaccionario y cínico) y bastante distancia
emocional. Durante varios años, Kubrick fue desarrollando un guión, que
tardaría en rodar y en montar aproximadamente dos años. La historia, similar a
un proyecto que quiso rodar sobre Napoleón (a quién el director admiraba por su
racionalidad y perfeccionismo), permitía una narración prolija en aventuras y
situaciones así como en vestuario y localizaciones (ya que los decorados
estuvieron prohibidos en toda la
película). De hecho, la dirección artística es una de las maravillas del film,
como en Los duelistas, película con
la que guarda bastantes similitudes. Sin embargo, hay que constatar que sin las
partituras de Rosenman algunas de las escenas no hubieran funcionado
correctamente porque resultan excesivamente frías. Por otro lado, la dirección
abusa de un recurso cinematográfico, repetido varias veces, para bidimensionalizar el espacio: una
estampa enfocada en un plano medio que, con un zoom inverso (para atrás), se abre a un plano general o, incluso, a
una panorámica (como ya había hecho en La
naranja mecánica). De este hecho proviene el carácter pictórico de buena
parte de la película. Al contrario de lo que se suele afirmar, además de lentes
especialmente diseñadas para captar la iluminación de las velas, John Alcott contó
también con iluminación artificial para las escenas nocturnas y de interior, renunciando a varias capas de profundidad en el campo visual.
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