C.S. Lewis ha escrito sobre distintas formas de amor en su libro sobre Los
cuatro amores: el cariño, la amistad, el eros y la caridad. Y subrayó que
muchas veces se confunden y superponen varios de ellos. En todo caso, cuando Charles
Perrault escribió La piel de Asno
para su Cuentos de mamá Ganso, no tenía
en mente estas disquisiciones sino la vieja y decadente costumbre de casarse
entre familiares. Jacques Demy dirige una película infantil que, como todas las
grandes películas infantiles, dice más sobre los adultos que sobre el mundo de
los niños ¿Por qué? Porque los cuentos infantiles, destinados a enseñar y a
educar, denuncian las deformaciones y los prejuicios del mundo de los adultos,
como muy bien sabía Jean Cocteau cuando rodó La bella y la bestia o Neil Jordan cuando rodó la magnífica En compañía de lobos. El film es un trabajo realmente bello, muy
bien ambientado y bastante bien rodado, lleno de esa fantasía, belleza y
crueldad presente en algunos de los mejores cuentos de hadas y que, además,
destila ese espíritu profundamente conservador de muchas de las fábulas
clásicas, aunque sugiera y presente temas tabú como el complejo de Electra y el
incesto. Demy vuelve a ese cinéma
enchanté musical (que tan bien
conoce desde Los paraguas de Cherburgo) y, una vez
más, con el protagonismo de la angelical Catherine Deneuve. La BSO, a la que le
sobra orquestación y a la que le falta más melodías festivas, es del gran Michel Legrand. Es una
lástima que sea una película tan desconocida para el gran público. Pero no es
de extrañar, ya que no la ha producido ni distribuido Walt Disney.
Como afirma la autora de la imprescindible Encyclopedia of Gothic Literature, Mary
Ellen Snodgrass, las historias de terror “are indigenous to human artistry”.
Por eso, a lo largo de la historia de las creaciones humanas, el terror ha permeado
tanto nuestras manifestaciones literarias como las visuales. Aunque es con la
aparición del medio cinematográfico con lo que el terror como género se hace
realmente popular, conquistando casi cada rincón del orbe. En este caso, la
historia se remonta al Drácula de
Bram Stoker pero actualizando y modernizando cada uno de sus componentes. David
Bowie y Catherine Deneuve son los Blaylock, un matrimonio de no muertos, ricos, chics y decadentes, que viven escondiendo a la sociedad su
vampírica condición porque, entre otras razones, tienen que matar para
sobrevivir. Por su parte, la doctora Sara Roberts (Susan Sarandon), está
investigando la posibilidad de retrasar la vejez y, con ella, de alargar la
vida, pero su camino se cruza con la del matrimonio Blaylock. Más allá de su
esteticismo impenitente, influenciado por la obra de Irving Penn, y de un
montaje inspirado en las técnicas del commercial,
El ansia es una estimable revisión
del mito vampírico, a la luz del movimiento new
romantic y mediante una excusa argumental propia de la ultraconservadora
década de los ochenta: la de la búsqueda de la eterna juventud. Además, todo se
aliña con los correspondientes toques eróticos, sanguinolentos y musicales. Sin
embargo, el final es un tanto delirante e inconsistente. En todo caso, se trata
de la opera prima del hermano de Ridley Scott, Tony Scott, y (con seguridad)
estamos ante una de sus obras maestras, junto con Marea Roja y Amor a quemarropa. Por cierto, al parecer se está rodando una continuación.
La hermosa
Catherine Deneuve entra a
trabajar en una casa de citas a causa de un trauma producido en su infancia,
que le ha causado frigidez, y a causa, también, de la insatisfacción de su vida
sexual conyugal, que contrasta con el profundo amor que profesa a su marido. A
partir de esta premisa, Buñuel continúa con su valiente filmografía y ofrece
una sofisticada historia de frustraciones, ensoñaciones y deseos masoquistas.
Así, todos los aspectos de esta película
de encargo (propuesta por los hermanos Hakim) destacan por su alto nivel técnico-artístico:
la elegante dirección, la contenida puesta en escena, una fotografía
apropiadamente otoñal, las soberbias interpretaciones del cuarteto
protagonista, y el inteligente guión de Carrière y Buñuel. Un guión que podría
haber hecho aguas por cualquier lado pero que, en sus manos, se convierte en
una suculenta
disección de las emociones y pulsiones sexuales de la burguesía (disección
que podría completarse con The Bourgeois
Experience, de Peter Gay). Y todo ello pese a un final excesivamente
misterioso y surrealista. Lo curioso del hecho es que la novela en la que se
basó Luis Buñuel (de 1928) rezuma moralismo
por los cuatro costados. Por otro lado, Belle
de jour es una prueba más de que, en pantalla, puede mostrarse casi
cualquier escena de violencia (salvo las más explícitas y crueles) pero,
curiosamente, no puede mostrarse sin censura escenas obscenas, cuando en
realidad, como decía Henry Miller, la auténtica obscenidad es la violencia y la
guerra. Por eso, es una lástima que casi todas las escenas de este tipo
acontezcan fuera de plano ya que Buñuel, probablemente, las hubiera rodado con
esa mezcla de elegancia y perversidad con la que luego se hicieron famosos Guido Crepax (Valentina) y Milo Manara (Jolanda). Hay que recordar que incluso el ABC se rindió ante este film,
cuando se alzó (en 1967) con el León de Oro en Venecia. Dos años después, en 1969, Sidney Lumet presentaría Una cita, sobre la prostitución de lujo.