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sábado, 28 de septiembre de 2013

Wall Street

3.5*
Dedicada a Jonay Rodríguez Quintana
Robert Rosenstone sostiene una polémica tesis: que Oliver Stone es uno de los más interesantes historiadores USAmericanos actuales y que su obra cinematográfica ofrece una representación historiográfica que merece un análisis más profundo que el que habitualmente se reserva al llamado cine histórico. Especialmente su trilogía sobre la Guerra del Vietnam, aunque también otros films como JFK, una obra maestra del montaje narrativo y del claroscuro político. Hay quienes han acusado al director de ambigüedad moral (antes) y de izquierdismo ciego (ahora) pero el visionado sosegado de su cine da como resultado una opinión que puede hacer más justicia a las intenciones y a los resultados de su controvertida obra. Wall Street ofrece un contundente y convincente retrato sobre el capitalismo salvaje, en particular sobre el monopoly en que se ha transformado la economía financiera, espoleada por un puñado de brokers proletarios y dirigida por un selecto grupo de inversores sin escrúpulos. Por el camino, Stone afila su crítica contra la ambición desmedida y contra el poder del dinero, causas de la putrefacción moral de una buena parte de las sociedades contemporáneas. Además, introduce un retrato moral de dos generaciones, las representadas por Martin Sheen y por su hijo Charlie Sheen, en base a sus respectivos valores y aspiraciones. La película se completa con un acertado trabajo de Hal Holbrook, Terence Stamp y James Karen así como con una impresionante composición de Michael Douglas en el papel de Gordon Gekko, un atractivo y ambiguo tiburón financiero. Sin embargo, tanto Sean Young como Daryl Hannah decepcionan en sus papeles (especialmente la segunda). Por último, tanto la BSO, de Stewart Copeland, como los efectos de sonido y la fotografía (del gran Robert Richardson), aportan un sutil suplemento semiótico a las intenciones del film. A propósito, Martin Scorsese tiene lista su aproximación al tema, The Wolf of Wall Street.

sábado, 3 de agosto de 2013

Sed de mal (Aka Touch of Evil)

4.5*

Pasear por Venice Beach y pasar por delante de una de las localizaciones de Sed de mal (la del mítico travelling inicial), obliga al cinéfilo de turno a retrotraerse a una de las más grandes opus magnum de Orson Welles, el más innovador de los directores USAmericanos, de regreso en Hollywood (concretamente a la Universal), tras rodar en el extranjero Macbeth, Otelo y Mister Arkadin. Si encima vas charlando con Robert Rosenstone en su Lexus plateado y es él mismo el que te llama la atención sobre tal encuentro, la felicidad no puede ser mayor. Pero vayamos a la película. Una pareja de recién casados (el inspector Vargas, Charlton Heston, y su exposa, Janet Leigh) se encuentra en la frontera mexicana, a punto de comenzar su luna de miel, justo en el momento en que estalla una bomba. A raíz de este inesperado acontecimiento, comienza una investigación policial en la que está implicada el orondo capitán Hank Quinlan (Orson Welles), un producto de la corrupción circundante y un ser viscoso y desgastado. Welles rueda este film noir con su personalísimo estilo, esa mezcla de expresionismo y clasicismo fecundo, fotografiado con un acertado retorcimiento lumínico por el gran Rusell Metty, y, además, rodea la historia de todas esas cosas que hacen del hardboiled una de las mayores conquistas de la cultura literaria californiana (retrato cínico y sórdido de una época, radiografía de la cultura urbana, denuncia de los entresijos político-policiales y del sustrato criminal de la sociedad, etc.). Para redondear esta maravilla visual, de una profundidad psicológica a la altura de la creatividad fílmica, Welles se rodeó de una pléyade de monstruos de la interpretación (Akim Tamiroff, Joseph Cotten, Marlene Dietrich, Zsa Zsa Gabor, Joseph Calleia, Mercedes McCambridge, etc.) y de la batuta de Henry Mancini.