Cientos de películas oscuras y
siniestras salpican la historia del 7º arte. En todos los rincones del globo se
han rodado millones de kilómetros de celuloide, de distintas calidades y con
distintos propósitos. En algunos casos, esos metrajes han dado lugar a films de culto y a films malditos. En 1991, E. Elias Merhige rodó una película
experimental, en blanco y negro, con un argumento difícilmente comprensible,
aunque las reseñas disponibles en ese cerebro universal que denominamos
Internet, hablan de la historia y del martirio de un dios. El título en
castellano, de hecho, sería “engendrado”. La película no tiene diálogos ni una
historia tradicional: es el sumatorio de un conjunto de imágenes sobre un ser
que está auto inflingiéndose heridas, hasta el suicidio, para, posteriormente,
renacer y ser torturado por otro grupo de existencias. La extraña cinta no pasa
de los 80’ pero se hace repetitiva e, incluso, aburrida. Dependiendo del
espectador, puede sorprender, asquear o crispar, con esa mezcla surrealista y
alegórica de gore, arte bizarro y
metafísica de la religión. En todo caso, una obra de culto, con mucha mayor
calidad que otros experimentos de este tipo (en especial atendiendo a su
postproducción), pero con una apariencia complicada de disfrutar.
Tragicomedia dramática del Sur,
diseñada para mujeres de tres generaciones pero que puede ser disfrutada,
también, por sus padres, hijos y nietos. Una mujer rellenita y en crisis (la
atractiva e inmensamente convincente Kathy Bates) conoce a una anciana (Jessica
Tandy) que le cuenta una historia ocurrida tiempo ha (de ahí los flashbacks de la trama), en ese estado boscoso y
racista que era (y, en cierta medida, sigue siendo) Alabama. El espectador irá
conociendo los pormenores de dicha historia a la vez que la protagonista aunque
verá recompensado su tiempo con el despertar vital de la propia protagonista.
La trama irá yendo del presente al pasado y de éste al futuro (del espectador) y
se levanta como si de un cuento gótico se tratara (a la manera del Ambrose Bierce de El clan de los parricidas),
con su pequeño misterio incluido, un whodunit
alrededor de un crimen que, en pantalla, está construido como si no lo fuera:
más bien es un acto en justicia, como en el famoso cuento de Roald Dahl sobre la
pierna de cordero congelada. Un film bienintencionado y casi cándido, auténtico éxito entre un sector determinado de
la población en el que, además de recetas sureñas y amistad femenina, acaba
triunfando el bien, lo que demuestra el carácter fantasioso del producto en su totalidad.
Lo cual no es malo pero sí perjudicial para un correcto desarrollo del
principio de realidad freudiano.
Una de esas bazofias que podrían haber llenado tranquilamente el estante de
cintas VHS de un videoclub ochentero pero que, ahora, en la era digital, pasa
sin pena ni gloria y, de hecho, se encuentra casi totalmente olvidado. Como
miles de películas más que no pueden ser rescatadas del olvido debido a su
ínfima calidad. Pero como este blog
es plural por naturaleza, he aquí que se completa la paradoja y este film es recuperado para la causa. El
pobre y desubicado Gregory Hines, después de participar con éxito en obras tan
satisfactorias como Lobos humanos o Cotton Club, se calza el traje de
militar (Coronel anti terrorista [sic]) para perseguir a una auténtica Terminator Woman (que parece una
profesora interina a la que hace años que no la llaman para trabajar), obra de
una tal Doctora Simmons que, por supuesto, lleva su mismo rostro (sic). Un film con efectos descacharrantes (fíjense
en la visión robótica de Eve VIII), un guión que huele a queso de cabra de hace
un lustro, unos movimientos de cámara y unos zooms torpes como los de un estudiante de cine y unas interpretaciones realmente
desopilantes (recreénse en la escena en el bar, a lo Thelma & Louise, con Janis Joplin mediante). Ahh, y esos diálogos, una obra maestra que parecen escritos por
un becario de Los Morancos (fíjense,
por ejemplo, en la conversación con el hijo, mientras éste hace los deberes).
En definitiva, “algo” que pretendió aprovecharse del éxito de Terminator (y similiares) pero que solo está
un poquito por encima de ese gran clásico del cine psicotrónico que fue R.O.T.O.R.
A finales de los cincuenta, uno de tantos veranos Baby Boom cae sobre la granja de la familia Trant, situada en una
zona rural de Lousiana. Pero este verano será especial porque la pequeña Dani Trant
(interpretada por una primeriza Reese Whitherspoon) se dispone a cotillear, con
su aún infantil corazón, en el mundo de los adultos, por lo que conocerá algunas
de sus alegrías y algunas de sus penas. Última línea del maravilloso testamento
cinematográfico de su director, Verano en
Lousiana constituye una conmovedora y nostálgica historia en la que tres jóvenes
descubren el amor y se adentran con él en el mundo de las pasiones. Con un
elemento trágico inesperado, la película discurre por caminos ya transitados,
incluso telefílmicos, pero lo hace con la elegancia y la buena labor tras la
cámara del director de la
también hermosísima Verano del 42. Como complemento a la función, se puede disfrutar de las siempre solventes interpretaciones de Sam Waterston, Tess Harper, Gail Strickland y Jason London (casi también de estreno), de una BSO maravillosa así como de una radiante fotografía de Freddie Francis. Una película
redonda, dentro de su humildad. Una película fresca, dentro de sus múltiples afinidades.
Una película, en definitiva, de Robert Mulligan.
En 1974, Luis Buñuel sacó la cámara para seguir con
su estilo surrealista a una serie de personajes atrapados en su propia vida.
Las escenas y las historias estaban conectadas por el puro azar y solo
mostraban una continuidad arbitraria, tanto respecto de la línea narrativa
temporal como espacial. Pero no era la primera vez que se llevaba a cabo un
experimento de esta clase. En La ronda,
Max Ophüls mostró las pulsiones sexuales y amorosas de la Viena fin de siècle a través de una serie de
estampas nocturnas cuyo lazo de unión era un personaje que encadenaba una
escena con la siguiente. La base literaria, más que teórica, era la obra de
Arthur Schnitzler. Sobre esta doble inspiración, cinematográfica y literaria,
Richard Linklater estrenó su primera película, producida, escrita, rodada y
protagonizada por él mismo en 1991. La idea consistía en mostrar una parte de
la población urbanita de Austin, a comienzos de la década de los noventa, para hacerles
interactuar, para hacerles hablar entre ellos, para exhibir su perdida de
valores y su ausencia de anclajes vitales, para expresar su nihilista
holgazanería y, sobre todo, para articular la compleja, rica e irónica
personalidad de su director, que lo mismo te habla sobre Videodrome y Dostoievski que sobre el anarquismo catalán y el
infierno de la sociedad consumista. El resultado no es apto para todos los
públicos salvo para los que hayan sentido el aburrimiento del flâneur, como muestra Kevin Smith en Clerks.