Después de rodar una de las pocas películas
USAmericanas de los cincuenta con la presencia de un auténtico serial killer, Without Warning, el desconocido Arnold Laven estrenaría otra pareja
de excelentes (aunque humildes) films
noir, el presente y No hay crimen
impune, con la presencia del siempre avieso Broderick Crawford. En este
caso, el detective-capitán Barnaby (Edgar G. Robinson) se ha de hacer cargo de
varios casos, el principal de los cuales es averiguar quién ha
matado a un agente mientras un par de bribones robaban un coche. Con un
carácter ciertamente documental (la vida en la comisaria es una auténtica
delicia) y entrelazando varias historias, Laven compone una excelente muestra
de esa clase de cine policíaco, políticamente comprometido, que se rodó en el
Hollywood de las décadas de los años treinta, cuarenta y cincuenta. La puesta
en escena es tan sólida como un Buyck del 52 y tan fluida como la lengua de un
predicador. No por casualidad, el director se formó en las Fuerzas Armadas y en la televisión. Los actores se mueven por la trama y por L.A. como si fueran auténticos
policias y auténticos malhechores y todo el producto final rezuma esa extraña
autenticidad propia del mejor Hammett, resultado de una envidiable mezcla de
drama, un sentido del ritmo apabullante y varias escenas humorísticas
excelentemente insertadas en la trama. Entre los actores, además del mencionado
Robinson (por entonces inmerso en varias comparecencias ante el HUAC del senador McCarthy), que está
tremendo, aparecen Paulette Godard y un jovencísimo Lee Van Cleff.
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viernes, 6 de junio de 2014
miércoles, 23 de enero de 2013
Si no amaneciera
3.5*
Georges Iscovescu (Charles Boyer), un antiguo gigoló, es ahora
un inmigrante rumano que está esperando en un pueblo de la frontera de México (Tijuana)
para entrar legalmente en USAmérica. Un día, su antigua compañera de baile
(Paulette Goddard) le encuentra y le sugiere la idea de que se case con una
profesora (Olivia de Haviland) para adquirir la nacionalidad. Sobre esta
premisa, Mitchell Leisen rueda una emotiva historia acerca de los sueños dispares
de un hombre (atrapado por su pasado) y de una mujer (atrapada por su presente)
que, para nuestro regocijo, acaban confluyendo. Toda la película está narrada a través de un flash back que el propio
protagonista cuenta de viva voz a un director de cine (el propio Leisen), en
pleno rodaje con Veronica Lake y Richard Webb, y al que le está intentado
vender la historia de su vida, una artimaña narrativa que recuerda a la de El crepúsculo de los dioses. No por
casualidad, el guión es del tándem Brackett-Wilder. El final, que recuerda a la
obra maestra de Rosselini, Te querré
siempre, es de una modernidad aplastante, por su juego con la elipsis y
porque evita hacer caer el desenlace en ese pozo de la ridiculez melodramática que
tanto hemos sufrido como espectadores. La música de Victor Young ayuda a que todo esté en su sitio.
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