Si una maravilla puede ser medida, ésta tuvo lugar
en 9 días. Así comienza La
década prodigiosa, enesimo jeroglífico de suspense del director francés
Claude Chabrol, que comienza la década de los setenta en plena efervescencia
profesional con un film sobre la
obsesión y el tiempo. Hans Ulrich Gumbrecht ha publicado su personal intento de
capturar a través del lenguaje un año, 1926. El resultado es un caleidoscopio
de escenas, informaciones y sensaciones la mar de estimulante. Theo van Horn
(Orson Welles) es un empresario millonario que vive en una mansión en Alsacia
simulando vivir en 1925, para lo cual tiene sometido a su capricho a todas las
personas que le rodean. Está casado con Helena (Marlen Jobert), la hija de uno
de sus empleados, y tiene por hijo a un enfermo mental (Anthony Perkins), cuyo
profesor pasa unos días con toda la familia (Michel Piccoli). Pronton
comenzarán a sucederse los hechos misteriosos que irán encadenando un imprevisible
plan diabólico. El argumento, basado en una novela de Ellery Queen, es
presentado por Chabrol como una reflexión sobre la moral y la religión, con ese
cariño suyo por el thriller
USAmericano aunque con las formas, algunas veces grandilocuentes, del exploitation europeo. En todo caso, cualquier espectador ligeramente avezado descubrirá que
la trama está en la base de decenas de policiacos contemporáneos. Por otro
lado, según avanzan los 9 días, uno comienza a pensar en Malpertuis (una
mansión, un misterio, unos dioses y Orson Welles). Sin llegar a la altura de El carnicero, Les bonnes fennes o Al
anochecer, estamos, por tanto, ante un film
fallido que, sin embargo, se sigue con cierto interés a pesar de que la pericia
del director no consige ahuyentar, en ningún momento, la mosca detrás de la
oreja del público. Por cierto, atención a alguno de los modelitos del señor Perkins.
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sábado, 24 de mayo de 2014
La década prodigiosa
3*
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lunes, 14 de enero de 2013
Diabolik
3*
Mario Bava en estado POP. Diabolik (John Phillip Law), un
ladrón que podría ser de guante blanco si no fuera por su despreocupación por
las vidas ajenas, en la línea de Fantômas, está enamorado profundamente de su
bella partenaire (Marisa Mell), y se
dedica a robar todo cuanto se le pasa por la imaginación (dinero, joyas),
llevando de cabeza al cuerpo de policia y a las autoridades de un país
indeterminado. El mundo del hampa se pone de acuerdo con el Inspector Ginko (Michel
Piccoli) para frenar los pies de Diabolik, con lo que se multiplican los
problemas para nuestro anti héroe. Mario Bava dirige una película que es
absolutamente pop(ular) por varios motivos: por la configuración de los
personajes (ese Arsenio Lupin con elementos de The Mask, de James Bond y de Batman), por la estructura de la trama
(comprensible como una canción de Christy o de Beastie boys), por una planificación
y un montaje más cerca del strip cartoon
que del cine convencional (no por casualidad, el film está basado en un exitoso cómic italiano de las hermanas
Giussani), por su sofisticado erotismo y, finalmente, por una concepción estética excesivamente cercana a varios modelos de uso corriente en determinados subgéneros (en este sentido, por ejemplo, el diseño de producción, sesentero,
está francamente alejado de la realidad, por su colorismo, naturaleza kitsch y espíritu psicodélico, con en algunas películas de la saga Bond o similares). Sin
embargo, Bava no termina de acertar con el ritmo de la historia, que está
lastrado por algunos puntos muertos y bajones, pero sí con el hecho de
incorporar al producto una capa de subversión, lo que tumba de inicio todas las
críticas que tachan de frívolo al film.
Por otro lado, el final acierta tanto por su indefinición como por subrayar un
elemento sobrenatural que, hasta ese momento, solo se había sugerido.
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martes, 1 de mayo de 2012
El desprecio

Libérrima adaptación de la novela de Moravia, El desprecio es una sofisticada y
magistral radiografía de un matrimonio en crisis en el fascinante ambiente de
un rodaje cinematográfico. Michel Piccoli es contratado por un productor (Jack
Palance) para reescribir el guión de una adaptación de La Odisea que va a dirigir Fritz Lang. Tanto en las negociaciones como
en el propio rodaje le acompaña su mujer (Brigitte Bardot), que despierta la
atracción del productor. Como en el Viaggio en Italia de Rosselini, Godard opta por un estilo solemne pero no exento de
innovación, erigido -en este caso- a base de elaborados planos secuencia en CinemaScope, con comportamientos y
diálogos vacilantes, ambiguos, a través de los cuales los personajes van, poco
a poco, revelando sus verdaderas intenciones y motivos, siempre de una forma
sutil e inteligente. Magníficas interpretaciones del cuarteto protagonista para
una historia que se convierte en una nostálgica mirada sobre la admiración y el
aprecio como bastiones del amor. Se transforma, así, en una auténtica Odisea del (des)amor. Sobre un refinado erotismo emerge
y gravita la cinefilia de Godard, que desborda casi cada plano y cada diálogo del film, desde Río Bravo hasta Psicosis,
desde M hasta Hatari!, pasando por los homenajes a los míticos estudios Cinecittà y al mismo director de Los verdugos también mueren, mentada en
la historia por partida doble. Finalmente, El desprecio puede ser interpretado como una radiografía de la situación del cine a comienzos de los sesenta.
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