En el Bangkok de comienzos de la
década de la irredenta década de los setenta, la joven Emmanuelle (una especie
de Valentina à la Guido Crepax) vuelve
a su casa con su marido
diplomático. Una vez allí, y con el consentimiento de su esposo, comenzará su
educación erótica y sentimental, materializando todo tipo de sueños y fantasías
sexuales, aunque sin llegar al nivel de La
filosofía en el tocador, eso sí, que había que llenar los cines. Con esa
delgadez y esa languidez típica de una época que no se ponía hasta arriba azuzada
por el consumismo alimentario, la ansiedad y el estrés, Just Jaeckin aprovecha
a una excelsa Sylvia Kristel, convertida en sex
symbol para toda una generación, y le hace vibrar en un buen conjunto de situaciones,
a cada cual más sugerente y excitante, aunque todas con un etéreo machismo
flotando en el ambiente. Se habló mucho, por cierto, de la escena de los
cigarrillos (que trae a la memoria del espectador esa otra de Carlos Trillo y
Horacio Altuna en la que una prostituta se introducía bolas de billar por la
vagina). Uno de los más conocidos intentos de convertir la liberación sexual en un
“movimiento del alma”, en “la victoria de los sueños sobre la naturaleza”. Un clásico histórico del cine erótico.



