No es exactamente un Western. Es,
más bien, un western histórico, nada
menos, ambientado en esa compleja y extrañísima revolución mexicana, que tan querida
fue para el llorado Ambrose Bierce, tal y como cuenta Carlos Fuentes en su
novela sobre el gringo viejo. Estamos ante la segunda parte de la segunda
trilogía que compone la filmografía de su admirado creador y ante todo un canto
nostálgico a las propias ideas marxistas de su director, Sergio Leone. En el
reparto, dos caras conocidas, James Coburn y Rod Steiger, asombrosamente
fagocitados por sus personajes. En pantalla, una historia compleja sobre la
traición (sujeto típico del género), sobre todo tipo de traiciones, narrada en
dos líneas temporales (una de ellas meidnate flashbacks), y replea de ideales sociales y de escenas de lucha
política. En el plano del significado, la elección de Villegas es la idea
principal del film: solo cuando se
cree realmente en la justicia y en la igualdad, uno está dispuesto a morir. Como
corolario, Leone desliza un “segundo beso” al final de la película. Una obra
mutilada hasta la extenuación pero que, aún así, conserva todo su explosivo poder
de atracción. Por cierto, en la partitura alterna varios motivos musicales,
compuestos por el gran Ennio Morricone, entre épicos, románticos y dramáticos. Y
como curiosidad, hay un corte que luego sería remodelado y actualizado por el
propio compositor para su maravillosa soundtrack
de Los intocables de Eliott Ness.
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martes, 28 de febrero de 2017
¡Agáchate, maldito! (Aka Giù la testa)
3.5*
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sábado, 9 de noviembre de 2013
Tepepa: Viva la revolución
3*
El mismo año en que Peckinpah estranaba Grupo Salvaje, Giulio Petroni presentaba
su ácida visión de la revolución mexicana, traicionada por Madero y sofocada
por el ejército y los terratenientes. Petroni, que había destilado a la
perfección varias de las lecciones de Leone en De hombre a hombre (1967), rueda una triste y desolada versión de la revolución a través de la historia de un personaje con ideales sociales parecidos
a los del Che Guevara o, incluso, a los de Jesús de Nazaret (de hecho, el personaje se llama Jesús María Morán). El guionista,
Franco Solinas (colaborador habitual de Costa-Gavras), deja una impronta evidente, tanto en la propia historia como en la configuración de los
personajes y en los diálogos. El carismático actor cubano Tomás Milián se pone
del lado de la justicia social en un papel, Tepepa, que le viene al guante,
tanto por su fisionomía como por su simpatía, mientras que Orson Welles se pone
del lado de la avaricia capitalista al encarnar al corrupto coronel Cascorro. Por cierto, no faltan autores que han visto en esta película (y en otras más de la época), varios guiños a favor de las luchas revolucionarias del momento, tal y como apunta Emilio García Riera en su interesante México visto por el cine extranjero.
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martes, 14 de mayo de 2013
Bandido
3*
Años antes de Agáchate maldito y de Grupo salvaje (de los maestros Leone y
Peckinpah respectivamente), Richard Fleischer rodó este interesante Western ambientado en la revolución
mexicana, como Yo soy la revolución,
de Damiano Damiani, su descendiente directo (como tantos otros). En 1916,
los rebeldes andan escasos de armas en su lucha contra los regulares de
Carranza, lo cual incita a aventureros de toda ralea a negociar con ellos. La
película comienza con un travelling
magnífico (digno antecedente del que Welles rodó, dos años más tarde, para la
secuencia inicial de Sed de mal), que
da pie a todo un conjunto de engaños y desengaños (en los dos sentidos de la
palabra) entre el cínico cazador de fortuna Alacrán
Wilson (Robert Mitchum), el líder insurrecto Escobar (Gilbert Roland), el
contrabandista de turno (Zachary Scott) y su hermosa pero ninguneada mujer
(Ursula Thiess). Por cierto, Mitchum volvería a interpretar un papel parecido
en la desconocida Villa cabalga, de
1968, sobre un guión de Sam Peckinpah. Una partitura típica de Max Steiner
(altisonante e intimista a partes iguales), una magnífica planificación y unos
diálogos acerados completan la entretenida función. Por cierto, el espectador
cinéfilo no puede dejar de sospechar que detrás de Serpiente Plissken se podría encontrar
perfectamente este Alacrán Wilson.
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lunes, 5 de noviembre de 2012
Los profesionales
4*
Mítico Mexican Western, de 1966, en la línea
de Bandido, Grupo salvaje y Agáchate
maldito, con un quinteto protagonista de excepción (Lee Marvin, Burt
Lancaster, Robert Ryan, Woody Strode y Jack Palance), más la hipnótica
presencia de Claudia Cardinale, en un rol que prefigura el de Hasta que llegó su hora, del maestro
Sergio Leone. Disección de la Revolución mexicana, de sus ideales y miserias,
con ese sentido del espectáculo y de la aventura propio del cine USAmericano.
Una dirección ejemplar de Richard Brooks (también a la producción) que combina
a la perfección una planificación de proximidad,
casi televisiva, que humaniza a los personajes, con la grandeza de una puesta
en escena en los 35mm cinematográficos, acentuada por una fotografía grandiosa y en Panavisión de Conrad
Hall, una contrastada iluminación y, finalmente, por una BSO imponente de
Maurice Jarré, con ciertas similitudes con la de Los siete magníficos. La película ha inspirado a directores que van
desde Walter Hill a Quentin Tarantino pasando por Steven Spielberg o Sam Peckinpah.
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jueves, 9 de febrero de 2012
Grupo salvaje
5*
Sin lugar a dudas, la obra maestra de Sam Peckinpah y una de las mejores películas de la historia del cine, de una fuerza descomunal. The Wild Bunch (en su título original)
no es un western arropado por las
convenciones clásicas del género sino que es una película insurrecta, donde la
historia y, sobre todo, los personajes desmitifican casi todas las convenciones
previas. En este sentido, el film entronca
con la crisis y con la desilusión USAmericana de la época y, también, con esa
sombra del sueño americano: la figura del perdedor (pero de un perdedor que se
sacrifica, al menos, por un ideal ético y contra la explotación y la crueldad
humanas). Por eso se la ha calificado de crepuscular aunque podría ser preferible hablar de mexican western, en la línea de Veracruz,
Bandido, Yo soy la revolución, ¡Agáchate maldito! o Los
compañeros. Con un diseño de producción que potencia la belleza de lo
miserable, de lo sucio y de lo imperfecto (obra de Edward Carrere), Peckinpah
exprime al máximo a sus espléndidos actores protagonistas, a esa compacta y
genial cuadrilla de secundarios (encabezados por un soberbio Warren Oates), a
sus colaboradores técnico-artísticos (excelente fotografía de Lucien Ballard,
renovador montaje de Lou Lombardo y soberbio score de Jerry Fielding), y, sobre todo, a un guión magníficamente escrito (pletórico de ideas y motivos), de una sutileza admirable, de una
emoción infecciosa y de una complejidad vital, humana y social, que se expande hasta
un nivel pocas veces alcanzado en el género. Tanto el comienzo como el final (de una violencia cinematográfica inusual hasta el momento, 1969) han pasado merecidamente
a la historia del cine.
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