Exceptuando Fargo, la grandeza de los hermanos Coen
parece que se condensa en sus obras menores, como Barton Fink, El hombre que
nunca estuvo allí o Quemar después de
leer. Obras como Muerte entre las
flores o El Gran Lebowski, pagadas
de sí mismas, denotan un estancamiento de ideas, un estilo manierista y una
narración enrevesada (continuamente entorpecida y estirada hasta el ardor), que
hacen sonrojar al espectador habituado a su filmografía. Algo parecido a lo que ocurre con los dos volúmenes de Kill Bill de Quentin Tarantino. Por su parte, Un tipo serio es la película más extraña
de su carrera, por intenciones, por temática y, por supuesto, por
resultados. Una película de fuertes resonancias filosóficas pero con un sutil
sentido del humor y una naturaleza enigmática que, ciertamente, no será del
agrado de todo el mundo. Una película arriesgada en el contenido y muy
atractiva en la forma, con una fotografía muy cuidada (obra del gran Roger Deakins), tanto como la puesta en escena, la ambientación y, por supuesto, los
personajes, convincentemente interpretados por un conjunto de excelentes
actores. Una película que comienza y termina con dos secuencias crípticas,
irresolubles, como críptico es también el desarrollo de la acción y, sobre
todo, el significado que los Cohen pretenden otorgar al film, como si de un cuento de Kafka se tratare. De hecho, la obra ahonda en esa incerticumbre propia de los tiempos que corren. Por otro lado, hay
múltiples referencias a la religión y a la cultura judía, algo que va
facilitando la comprensión de una buena parte de la historia y de los
acontecimientos que se suceden, como la referencia al disco Abraxas de Santana (un término gnóstico
para referirse a Dios) y la negativa del protagonista a adquirirlo: de esta
manera, los Cohen parecen querer decir que el pusilánime, despistado y sufrido
protagonista rechaza a Dios. Así, la película parece encaminarse hacia algún
tipo de explicación aunque simplemente nos retrate a un tipo que quiso ser
serio y que nos hizo reflexionar y sonreír con sus calamidades.




