Para conseguir descubrir quién
ha matado a un interno, el entregado periodista Johnny Barrett se
hace pasar por un obseso sexual para así ser ingresado en una institución
mental, aun en contra de la voluntad de su cómplice pareja, una bailarina de streaptease. Una vez dentro, deberá
continuar con la pantomima y, a la vez, interrogar a tres testigos del
asesinato con la intención de sonsacarles el nombre del asesino. Samuel
Fuller controla su particular e histriónico estilo, con una ironía
maravillosa: una historia de locos que está rodada de una forma humilde,
sencilla e, incluso, clásica, ya que cuenta con una puesta en escena de las más
contenidas de toda la filmografía del director. Rodado en B&W, con una fotografía
excelente de Stanley Cortez, sin embargo algunas de las
alucinaciones de los personajes están rodadas en color. Unos personajes que,
por cierto, desvelan varias de las obsesiones y, por tanto, de las paranoias
del pueblo USAmericano de la época, de esa “América sombría” de la que ha
hablado Miguel Marías: la Guerra de Corea, la industria
nuclear y el racismo. La película cuenta con unas interpretaciones gigantescas,
especialmente la del protagonista, un casi desconocido Peter Breck. Como la
cita de Eurípides del comienzo del film,
Fuller parece gritar que la ambición destruye, sobre todo la ambición
desmedida. Una de las mejores películas sobre la línea que separa la normalidad
de la locura, como Alguien volo sobre el nido del cuco o La novena
configuración.



