En De profesión duro, Patrick Swayze es un gorila de discotecas country que ha de enfrentarse con un
potentado local que tiene a todo un pueblo en su mano. Este esquema es tan
típico que se han hecho cientos de películas sobre él. Como este film de Harley Cokeliss sobre un ex
agente de la CIA que quiere dejar el servicio secreto para jubilarse
tranquilamente en el campo. Al estropearse su Ford Mustang del 69, conoce a un
humilde mecánico y a su hija, habitantes de un valle de Oregón que es dirigido
con puño de hierro por un enigmático líder semi fascista. Un Burt Reynolds ya
entradito en años, luciendo panzita cincuentona y bigote teñido ha de plantar
cara a un oscuro personaje con extraños objetivos políticos. Y, además, ha de
retozar con su magnética compañera y casi casi con la hija del mecánico. Si en
la historia de Swayze el potentado local era Ben Gazzara, en ésta es nada menos
que Cliff Robertson, en un personaje que recuerda un poco al que ofrecería en
el 2013: rescate en L.A. de John
Carpenter. Pero aquí no acaban las coincidencias: el director de Carthage había
trabajado con Cokeliss en la estupenda Luna
negra. Nada más que subrayar salvo, quizás, la presencia de Lauren Hutton.
Y es que estamos ante una obra mediocre y nada original, con una puesta en
escena rutinaria y unas interpretaciones cuasi televisivas.
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lunes, 11 de enero de 2016
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Ciudad muy caliente (Aka City Heat)
3*
Agradable pero imperfecto intento
de reconstruir el antiguo y genuino cine de gángsters de los años treinta y
cuarenta, con dos de las estrellas más rutilantes y varoniles de finales de la
irredenta década de los setenta y comienzos de la ultraconservadora década de
los ochenta: Burt Reynolds y Clint Eastwood, quien deja en manos de un novato
Richard Benjamin una producción de su querida Malpaso y en clave de comedia. Tenientes incorruptibles, detectives
privados ligones, matones sin escrúpulos, tiernas prostitutas, entregadas
secretarias, partidas de póquer, tiroteos en plena calle, traiciones, Diners y locales de jazz, etc. Vamos, todo el potpurrí, toda la fauna y la flora del noir USAmericano clásico pasado por las manos de Blake Edwards. En pantalla,
tenemos un estimable y simpático barnizado a ese cine añorado que ejemplifica a
las mil maravillas El enemigo público
número Uno, del gran James Cagney, a quien se rinde cumplido homenaje, por
supuesto. Coincidió en los cines
de la época (3 años antes) con la entronizada Los intocables de Eliot Ness, lo cual no dejó de ser un gran handicap, ya que, debido a ello, no ha disfrutado,
desde entonces, de especial éxito de público ni de crítica. Como curiosidad, la
película trasluce el amor del propio Eastwood por el jazz, además de sentarle
frente a un piano de cola.
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