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lunes, 11 de enero de 2016

Malone

2*

En De profesión duro, Patrick Swayze es un gorila de discotecas country que ha de enfrentarse con un potentado local que tiene a todo un pueblo en su mano. Este esquema es tan típico que se han hecho cientos de películas sobre él. Como este film de Harley Cokeliss sobre un ex agente de la CIA que quiere dejar el servicio secreto para jubilarse tranquilamente en el campo. Al estropearse su Ford Mustang del 69, conoce a un humilde mecánico y a su hija, habitantes de un valle de Oregón que es dirigido con puño de hierro por un enigmático líder semi fascista. Un Burt Reynolds ya entradito en años, luciendo panzita cincuentona y bigote teñido ha de plantar cara a un oscuro personaje con extraños objetivos políticos. Y, además, ha de retozar con su magnética compañera y casi casi con la hija del mecánico. Si en la historia de Swayze el potentado local era Ben Gazzara, en ésta es nada menos que Cliff Robertson, en un personaje que recuerda un poco al que ofrecería en el 2013: rescate en L.A. de John Carpenter. Pero aquí no acaban las coincidencias: el director de Carthage había trabajado con Cokeliss en la estupenda Luna negra. Nada más que subrayar salvo, quizás, la presencia de Lauren Hutton. Y es que estamos ante una obra mediocre y nada original, con una puesta en escena rutinaria y unas interpretaciones cuasi televisivas.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Ciudad muy caliente (Aka City Heat)

3*

Agradable pero imperfecto intento de reconstruir el antiguo y genuino cine de gángsters de los años treinta y cuarenta, con dos de las estrellas más rutilantes y varoniles de finales de la irredenta década de los setenta y comienzos de la ultraconservadora década de los ochenta: Burt Reynolds y Clint Eastwood, quien deja en manos de un novato Richard Benjamin una producción de su querida Malpaso y en clave de comedia. Tenientes incorruptibles, detectives privados ligones, matones sin escrúpulos, tiernas prostitutas, entregadas secretarias, partidas de póquer, tiroteos en plena calle, traiciones, Diners y locales de jazz, etc. Vamos, todo el potpurrí, toda la fauna y la flora del noir USAmericano clásico pasado por las manos de Blake Edwards. En pantalla, tenemos un estimable y simpático barnizado a ese cine añorado que ejemplifica a las mil maravillas El enemigo público número Uno, del gran James Cagney, a quien se rinde cumplido homenaje, por supuesto. Coincidió  en los cines de la época (3 años antes) con la entronizada Los intocables de Eliot Ness, lo cual no dejó de ser un gran handicap, ya que, debido a ello, no ha disfrutado, desde entonces, de especial éxito de público ni de crítica. Como curiosidad, la película trasluce el amor del propio Eastwood por el jazz, además de sentarle frente a un piano de cola.