En un mundo post
nuclear controlado por Big Brother,
Winston Smith (Edmond O’Brien) es un privilegiado
que trabaja en el Ministerio de la Verdad, en el departamento de registros
históricos, reescribiendo y alterando la historia para servir a los intereses
ideológicos y prácticos del Partido. Pero siente que algo no está bien. Michael
Anderson ofrece una de las mejores adaptaciones fílmicas de la novela 1984, de George Orwell (junto con la de
Rudolph Cartier), con una intensidad dramática a la altura de la denuncia
antitotalitaria del original, aunque con varios cambios y simplificaciones. Y
con un final árido y desesperanzador como pocos (en sus dos versiones, tanto en
la usamericana como en la británica), en la línea de otro clásico de la sci-fi, La invasión de los ladrones de cuerpos, estrenada el mismo año
(1956), y dirigida por el progresista Don Siegel. Lo que parece claro es que la
obsesión por el orden y por una igualdad mal entendida sacrifica las
aspiraciones individuales de libertad, como señaló Karl Popper a propósito de
su concepción de las sociedades abiertas. Por momentos, determinados aciertos escenográficos
parecen el antecedente directo de Matrix
así como el insurrecto guión parece estar en la base de V de Vendetta. Excelente interpretación de un cuasi debutante
Donald Pleasance, al igual que la caracterización de Michael Redgrave, el padre
de toda una dinastía de grandes actores ingleses. Por su parte, Edmond O’Brien
compone un convincente protagonista, al igual que su partenaire, la estupenda
Jan Starling. La película puede verse con el recuerdo de El cero y el infinito de Arthur Koestler de fondo.
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jueves, 13 de septiembre de 2012
1984
3.5*
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miércoles, 21 de marzo de 2012
Con las horas contadas (D.O.A.)
3.5*
La película comienza con el típico flashback
explicativo, propio de muchas cintas del género: un hombre, de vacaciones en San Francisco, conoce en el
hotel a un grupo de comerciales con los que sale una noche a divertirse. A la
mañana siguiente no se encuentra nada bien y decide visitar al médico.
Descubre, para su consternación, que alguien le ha envenenado con una extraña
sustancia luminiscente y que le quedan pocas horas de vida. Una película trepidante, con
una magnífica dosificación del suspense y una contundente resolución. Rudolph Maté dirigió esta historia en 1950, en plena eclosión del film noir, con un dinamismo y una economía de medios realmente
admirable, además de contar con un buen equipo de profesionales (Dimitri
Tiomkin, Ernest Laszlo, Duncan Cramer). Por supuesto, Edmond O’Brien borda el
papel y consigue imprimir al personaje esa desesperación propia de la
situación, por un lado, y la determinación con la que intenta descubrir quién y,
sobre todo, por qué le han envenenado. La escena en el club de jazz, The Fisherman, es magnífica, de una energía
musical, colectiva, sexual, arrolladora, al igual que la escena en la que
O’Brian corre por las calles de Frisco
al enterarse de su propio asesinato o esa secuencia final en el mítico edificio Bradbury (el edificio de Blade Runner).
Hay dos remakes, dirigidos por Eddie
Davies y por Annabel Jankel-Rocky Morton en 1969 y 1988 respectivamente, muy
inferiores a esta D.O.A. original, la
cual, por otro lado, es una libre adaptación de una película anterior de Robert
Siodmak.
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