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domingo, 14 de diciembre de 2014

Brazil

3*
Dedicado a un Anónimo o Anónima (octubre de 2014)

Sam Lowry (Jonathan Pryce), un burócrata de alta alcurnia pero un poco asustadizo, se encuentra metido en una trama terrorista al deslizarse una errata fatal en un expediente de su departamento (la famosa confusión Tuttle por Buttle). A partir de esta excusa argumental, Brazil se convierte en un film política y moralmente explícito (Tom Stoppard mediante) aunque, de he hecho, con probabilidad, es también una de las obras más fantasmagóricas de un director, ya de por sí, difícil de catalogar y de pastillear: el ex-Monthy Python, Terry Gilliam. Basado en un guión previo del director, comenzado en 1977 (e inspirado en el Jabberwocky de Lewis Carroll), Brazil tiene conexiones explícitas con el mundo de Huxley, de Orwell y, anacrónicamente, con el de V de Vendetta. La historia se mueve en los márgenes de una fábula distópica, situada en un estado totalitario que alimenta una sociedad consumista, kafkiana y superficial donde, además, los sueños escasean. Por eso, el protagonista imagina un mundo de héroes, combates y princesas rescatadas, que le sirve para enfrentar y para contrarrestar su vacío existencial. La estética se alimenta de la Europea de entreguerras, a la que Gilliam añade un espíritu futurista y robótico para que todo el conjunto destaque por su espíritu retro y ciberpunk. En definitiva, un film visualmente sorprendente, como casi toda la obra de Gilliam, y con múltiples aciertos pero cuya trama se sigue sin especial interés por varios bajones rítmicos así como por su extraña mezcla de comedia, drama, film noir y ciencia ficción, sobre la que flota una nada efectiva y persistente pátina naive. En todo caso, una producción justamente célebre y que merece consideración por su inteligente uso de la ironía y por su irredento pesimismo.

viernes, 10 de enero de 2014

El imaginario del doctor Parnassus

3*

François Truffaut decía que siempre había preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Esto significa que por muy realista que sea un libro o una película siempre es una recreación y no la vida misma y que, además, disfrutar del cine y de la literatura implica un alejamiento de la realidad, una forma de evadirnos de ella, por mucho que expanda tu imaginario interior y por mucho que te pueda servir para creer que la entiendes mejor. La obra de Terry Gilliam puede ser leída como un exceso de fantasía o de imaginación (dos cosas completamente distintas) o como una reflexión sobre lo que decía Truffaut. En todo caso, esta película supone un eslabón más en la serie de fantasías (distópicas o no) que ha ido tramando el director británico, aunque no es ni uno de los más importantes ni uno de los más hermosos. El imaginario del doctor Parnassus cuenta la historia de un anacrónico grupo de teatro ambulante que utiliza en su espectáculo un espejo para acceder a la imaginación del susodicho doctor (interpretado con emotiva entrega por un Christopher Plummer realmente avejentado), lo que dispara los momentos más creativos del film, desde el punto de vista visual. La película se disfruta, hay suficiente invención y la fábula que desarrolla (con ciertas referencias a Samuel Beckett) tiene bastante complejidad moral para resultar atractiva pero, a la postre, el mensaje final de la historia es del todo punto de vista convencional y el desarrollo es un tanto endeble. Conviene destacar el trabajo de Tom Waits, encarnando una especie de Mefistófeles cabaretero, así como el del finado Heath Ledger, en su última interpretación, buena parte de ella improvisada. Por cierto, para completar las partes que no había podido rodar, Gillian tuvo el genial acierto de contar con tres actores distintos (Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell). La música, por su parte, ni destaca ni desentona.