Dos feroces matones provenientes de la Mafia USAmericana de Nueva York (Henry Silva y Woody
Stroode) son enviados a Milán para eliminar a un tal Luca Canalli (Mario Adorf).
Por su parte, el jefe local de la organización (Adolfo Celi), también hace suya
la misión, sin entender realmente el motivo que se esconde detrás. Por
supuesto, el pobre Luca, un antihéroe sin suerte ninguna, sí que no se entera
de nada y va dando trompazos durante todo el metraje. Fernando Di Leo rueda
otro emocionante e inteligente poliziesco,
“cine mano armada”, esta vez con más elementos pop (atención a las fiestas con la Sylva Koscina) y con la inconfundible
ambigüedad moral típica del subgénero. Como guiño a la época, Di Leo introduce
una explosiva secuencia a imagen y semejanza del French Connection de Friedkin, estrenada solo un año antes (de
hecho, el título anglosajón de este film
es The Italian Connection). ¡Madre
mía qué persecución automovilística por las calles de Milán! ¡Qué pulso, qué
tensión, qué papelón hace Mario Adorf, qué bien hilvanada está toda la cacería con
el poderoso tema de rock que suena de fondo y qué bien montada toda la escena!
Segunda parte de la llamada “trilogía milieu”,
tras Milán, calibre 9 y antes de Secuestro de una mujer. El final, por
cierto, es brutal, de una rabia y de una violencia descarnadas.
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jueves, 15 de diciembre de 2016
Nuestro hombre en Milán (aka La mala ordina)
3*
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martes, 14 de abril de 2015
Han cambiado de cara (Aka ...hanno cambiato faccia)
3*
El camino de las adaptaciones es
tortuoso. De la maravillosa obra maestra de Bram Stoker se han realizado todo
tipo de versiones (desde el Nosferatu
de Murneau hasta Nosferatu en Venecia)
pero, sin duda, esta es una de las más extrañas y asombrosas. Corrado Farina,
escenógrafo, escritor y director de cine italiano, originario de la alta
burguesía savoya, da forma a una alegoría sobre el capitalismo y la tecnología
a partir de la premisa de que los mitos no mueren, solo se transforman. Así, la
figura gótica del vampiro se
convierte en un gran propietario de medios de producción y de distribución de
bienes y servicios que sigue chupando la sangre a sus pobres víctimas, en este
caso literal y metafóricamente hablando, con la ayuda de la casta en el poder. De
hecho, ese gran propietario se llama Giovanni Nosferatu, nada menos. La excusa
argumental que dirige toda la trama gira en torno a un ingeniero de una
compañía química, Alberto Valle, que es invitado por el dueño de un
conglomerado de empresas (Adolfo Celi), a su siniestra mansión de campo, para
recibir una propuesta de ascenso. El film
es una de esas rarezas propias de la irredenta década de los setenta, de una
gran fuerza simbólica y de denuncia, y resulta curioso que esté tan olvidada
dentro del panorama cinematográfico actual. Por otro lado, la dirección se ve
algo lastrada por modas visuales coyunturales y a la trama, claramente, le
sobran algunas secuencias (como la de la partida de golf y la de los anuncios
en blanco y negro). En todo caso, una película a reivindicar, por su enorme
poderío crítico, tanto frente al status
quo como frente a las fibras de lo convencional, la sumisión y la
normalización sobre las que se sostiene.
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