Para empezar, la traducción del
título ya es errónea. Heat es la
palabra que se utiliza, en argot, para referirse a la policía. No tiene nada
que ver con el calor. Para seguir, la película es el típico subproducto cinematográfico USAmericano de finales de la ultraconservadora década de los
ochenta, en el género thriller policíaco.
Dos agentes de muy diversa condición (un policía frío de la KGB y un “tirillas”
de Chicago) han de trabajar juntos y a la fuerza para perseguir a un criminal
soviético que ha huido a la tierra de las oportunidades capitalistas. Walter
Hill insiste en buscar el éxito fácil y le sale el tiro por la culata, haciendo
una más de las Buddy Movies insubstanciales
que asolaron la época. El film tiene
errores evidentes de montaje, unas interpretaciones de serial radiofónico y un
guión flojo y correoso como un postre de gelatina. Lo más curioso del asunto,
sin embargo, es el discurso ideológico que Hill introduce en los intersticios
de la trama, desde el plano inicial del “Directed by Walter Hill” hasta las
palabras del jefe de los “cabezas rapadas” en la cárcel. En definitiva, una
lasca más en el ascenso de la musculada carrera del actor austriaco, Arnold
Schwarzenegger, y una obra anacrónica desde el mismo día de su estreno: en
1989, cayó el Muro de Berlín y, con él, buena parte de la mitología de la
Guerra Fría sobre la que se intentó levantar este absurdo espectáculo. Como
curiosidad, el mismo año, Fukuyama publicó su soflama a favor del fin de la
historia y demás sandeces neo liberales.
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miércoles, 27 de julio de 2016
lunes, 30 de noviembre de 2015
Viy (Aka Viyi)
3*
Uno de los clásicos fanta-terroríficos
del cine soviético, rodado por Kropachyov y Yershov en 1967, es decir, justo un
año después del estreno de Andréi Rubliov.
La historia proviene de un cuento de Nikolái Gógol que, a su vez, proviene de
una leyenda (justo como esa historia que llevó Bava a la pantalla en La máscara del demonio). Los efectos
especiales son muy buenos y la ambientación y el maquillaje sorprenden por su
profesionalidad y actualidad. Al igual que el abanico de trucajes
cinematográficos que despliega la cinta. Además, la escena final, muy en la
línea de El Bosco, sorprende al espectador más curtido. No es de extrañar,
pues, que sobre la base de esta película se haya elaborado recientemente una
especie de remake y una cuasi segunda
parte (Transilvania, el imperio prohibido
y El poder del miedo, respectivamente).
Estéticamente, la película guarda ciertas reminiscencias con la pintura de la
escuela holandesa, de un Bruegel y un Albert van Ouwater, lo cual no es nada
extraño si recordamos la influencia de Pedro el Grande en la occidentalización
de Rusia. Aunque el cine japonés más clásico, por ejemplo, tiene más relación
con una parte de la pintura y del 7º arte Occidental que con las propias tradiciones
niponas. Por otro lado, hay un no sé qué de El baile de los vampiros muy curioso. Igual Polanski, por afinidad geográfica
y espiritual, conocía la película (se estrenó 7-8) meses antes que la suya) y la tuvo presente al rodar su film.
martes, 30 de junio de 2015
Cartas de un hombre muerto (Aka Dead Man's Letters)
3.5*
Decía Win Wenders que las
visiones del final de los tiempos se han generalizado tanto que ya no se puede
edificar nada nuevo sobre ellas. Así, son muchas las historias cinematográficas
ambientadas en un futuro post holocausto nuclear. Desde Five, de Arch Oboler (1951) y El
muelle, de Chris Marker (1962) hasta 12
monos, de Terry Gilliam (1995) o La
carretera, de John Hillcoat, (2009), pasando por El planeta de los simios, Damnation
Alley, Mad Max, Last Night, Testamento final, El día
después o el pseudo documental Threads.
Por todo ello, nuestra obsesión por un Apocalipsis laico ha sido una constante
a lo largo del siglo XX. Y el cine ha sido uno de los medios privilegiados para
representarlo. El oscuro y semi desconocido film Deluge, de 1933, da prueba del pionero interés por estas
cuestiones. Por su parte, la cinematografía rusa tampoco ha estado al margen de
este interés. Por ejemplo, este Cartas de
un hombre muerto, rodado en 1986 por el discípulo de Tarkovski, el director
ucraniano Konstantin Lopushansky, que trabajó con el genio ruso en Stalker. Se trata de un film desasosegante y tétrico, donde la
humanidad superviviente, refugiada en Bunkers subterráneos, reflexiona sobre el
sentido de su final, a lo Frank Kermode, entre niños que han perdido el habla,
científicos devastados por la culpa y una geografía desolada y radioactiva. Un
clásico de la ciencia ficción soviética.
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Drama,
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Konstantin Lopushansky,
Película de culto,
Post Nuclear,
URSS
miércoles, 23 de julio de 2014
El parque Gorki (Aka Gorky Park)
3*
Gélido thriller político y policial, rodado en Suecia, Finlandia y la URSS, que supone una
interesante inversión de los temas, personajes y situaciones típicas del género
USAmericano. Bien visto, el film
podría leerse casi como una reinvidación del intervencionismo soviético en
contraposición a la avaricia típica del capitalismo en su versión más salvaje
(donde, además, se juega con el doble sentido del comercio de pieles). Los
personajes de William Hurt, Brian Donehy y Lee Marvin engrandecen la trama y el
conjunto final de la película con su buen hacer mientras que el personaje de Joanna
Pacula desespera por su laguidez, confusión y volatilidad.
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Guerra Fría,
Intriga,
Joanna Pacula,
Lee Marvin,
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William Hurt
lunes, 30 de diciembre de 2013
El último bolchevique (Aka La tumba de Alexander)
3.5*
Alexander Ivanovich Medvedkin fue un director de cine de la
antigua URSS que vivió los principales acontecimientos de la Rusia Moderna, desde
el momento de su nacimiento (el año en que murieron Nietzsche y Oscar Wilde)
hasta su muerte (el año de la caída del muro de Berlín, con lo que podría haber
sido una especie de Christiane Kerner). Chris Marker, el maestro moderno del
montaje, sigue los pasos de esta extraordinaria vida a través de imágenes,
extractos de películas y de documentales de la época, entrevistas, fotos fijas
de distintas realidades, etc., subrayando el perfil precursor y la naturaleza
honesta y militante del artista. Además, Marker nos habla de la época, del país
y del ambiente en el que se movieron los creadores visuales de la revolución
bolchevique: Eisenstein, Dziga Vertov, Pyriev, Kammen, etc. El artificio con el
que se organiza el documental está constituido por unas supuestas cartas que el
realizador francés escribe y manda al realizador ruso, lo que recuerda un poco
la construcción de La carte postale,
de Jacques Derrida, y, en todo caso, vuelve a subrayar la provechosa mezcla de realidad
y ficción que es una característica fundamental de la obra del director francés. Aunque se aleja de la característica
y voluntaria ambigüedad con la que trabaja buena parte de la verdadera ficción no referencial. En todo caso, El último bolchevique no es un simple
reportaje sobre un creador soviético. Es decir, no es un mero resumen
biográfico-laboral. La tumba de Alexander
(como también se le conoce) es un puzzle documental
y visual que nos invita a vivir una experiencia total a través de las imágenes, las
voces de los entrevistados, la voz en off
del narrador, los efectos de sonido de la BSO y, especialmente, los descampados
dramáticos que va dejando la narración. En suma, una ventana a un mundo fascinante que en Occidente se conoce muy poco y mal.
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