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miércoles, 27 de julio de 2016

Danko: calor rojo (Aka Red Heat)

2*

Para empezar, la traducción del título ya es errónea. Heat es la palabra que se utiliza, en argot, para referirse a la policía. No tiene nada que ver con el calor. Para seguir, la película es el típico subproducto cinematográfico USAmericano de finales de la ultraconservadora década de los ochenta, en el género thriller policíaco. Dos agentes de muy diversa condición (un policía frío de la KGB y un “tirillas” de Chicago) han de trabajar juntos y a la fuerza para perseguir a un criminal soviético que ha huido a la tierra de las oportunidades capitalistas. Walter Hill insiste en buscar el éxito fácil y le sale el tiro por la culata, haciendo una más de las Buddy Movies insubstanciales que asolaron la época. El film tiene errores evidentes de montaje, unas interpretaciones de serial radiofónico y un guión flojo y correoso como un postre de gelatina. Lo más curioso del asunto, sin embargo, es el discurso ideológico que Hill introduce en los intersticios de la trama, desde el plano inicial del “Directed by Walter Hill” hasta las palabras del jefe de los “cabezas rapadas” en la cárcel. En definitiva, una lasca más en el ascenso de la musculada carrera del actor austriaco, Arnold Schwarzenegger, y una obra anacrónica desde el mismo día de su estreno: en 1989, cayó el Muro de Berlín y, con él, buena parte de la mitología de la Guerra Fría sobre la que se intentó levantar este absurdo espectáculo. Como curiosidad, el mismo año, Fukuyama publicó su soflama a favor del fin de la historia y demás sandeces neo liberales.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Viy (Aka Viyi)

3*

Uno de los clásicos fanta-terroríficos del cine soviético, rodado por Kropachyov y Yershov en 1967, es decir, justo un año después del estreno de Andréi Rubliov. La historia proviene de un cuento de Nikolái Gógol que, a su vez, proviene de una leyenda (justo como esa historia que llevó Bava a la pantalla en La máscara del demonio). Los efectos especiales son muy buenos y la ambientación y el maquillaje sorprenden por su profesionalidad y actualidad. Al igual que el abanico de trucajes cinematográficos que despliega la cinta. Además, la escena final, muy en la línea de El Bosco, sorprende al espectador más curtido. No es de extrañar, pues, que sobre la base de esta película se haya elaborado recientemente una especie de remake y una cuasi segunda parte (Transilvania, el imperio prohibido y El poder del miedo, respectivamente). Estéticamente, la película guarda ciertas reminiscencias con la pintura de la escuela holandesa, de un Bruegel y un Albert van Ouwater, lo cual no es nada extraño si recordamos la influencia de Pedro el Grande en la occidentalización de Rusia. Aunque el cine japonés más clásico, por ejemplo, tiene más relación con una parte de la pintura y del 7º arte Occidental que con las propias tradiciones niponas. Por otro lado, hay un no sé qué de El baile de los vampiros muy curioso. Igual Polanski, por afinidad geográfica y espiritual, conocía la película (se estrenó 7-8) meses antes que la suya) y la tuvo presente al rodar su film

martes, 30 de junio de 2015

Cartas de un hombre muerto (Aka Dead Man's Letters)

3.5*

Decía Win Wenders que las visiones del final de los tiempos se han generalizado tanto que ya no se puede edificar nada nuevo sobre ellas. Así, son muchas las historias cinematográficas ambientadas en un futuro post holocausto nuclear. Desde Five, de Arch Oboler (1951) y El muelle, de Chris Marker (1962) hasta 12 monos, de Terry Gilliam (1995) o La carretera, de John Hillcoat, (2009), pasando por El planeta de los simios, Damnation Alley, Mad Max, Last Night, Testamento final, El día después o el pseudo documental Threads. Por todo ello, nuestra obsesión por un Apocalipsis laico ha sido una constante a lo largo del siglo XX. Y el cine ha sido uno de los medios privilegiados para representarlo. El oscuro y semi desconocido film Deluge, de 1933, da prueba del pionero interés por estas cuestiones. Por su parte, la cinematografía rusa tampoco ha estado al margen de este interés. Por ejemplo, este Cartas de un hombre muerto, rodado en 1986 por el discípulo de Tarkovski, el director ucraniano Konstantin Lopushansky, que trabajó con el genio ruso en Stalker. Se trata de un film desasosegante y tétrico, donde la humanidad superviviente, refugiada en Bunkers subterráneos, reflexiona sobre el sentido de su final, a lo Frank Kermode, entre niños que han perdido el habla, científicos devastados por la culpa y una geografía desolada y radioactiva. Un clásico de la ciencia ficción soviética.

miércoles, 23 de julio de 2014

El parque Gorki (Aka Gorky Park)

3*

Gélido thriller político y policial, rodado en Suecia, Finlandia y la URSS, que supone una interesante inversión de los temas, personajes y situaciones típicas del género USAmericano. Bien visto, el film podría leerse casi como una reinvidación del intervencionismo soviético en contraposición a la avaricia típica del capitalismo en su versión más salvaje (donde, además, se juega con el doble sentido del comercio de pieles). Los personajes de William Hurt, Brian Donehy y Lee Marvin engrandecen la trama y el conjunto final de la película con su buen hacer mientras que el personaje de Joanna Pacula desespera por su laguidez, confusión y volatilidad

lunes, 30 de diciembre de 2013

El último bolchevique (Aka La tumba de Alexander)

3.5*

Alexander Ivanovich Medvedkin fue un director de cine de la antigua URSS que vivió los principales acontecimientos de la Rusia Moderna, desde el momento de su nacimiento (el año en que murieron Nietzsche y Oscar Wilde) hasta su muerte (el año de la caída del muro de Berlín, con lo que podría haber sido una especie de Christiane Kerner). Chris Marker, el maestro moderno del montaje, sigue los pasos de esta extraordinaria vida a través de imágenes, extractos de películas y de documentales de la época, entrevistas, fotos fijas de distintas realidades, etc., subrayando el perfil precursor y la naturaleza honesta y militante del artista. Además, Marker nos habla de la época, del país y del ambiente en el que se movieron los creadores visuales de la revolución bolchevique: Eisenstein, Dziga Vertov, Pyriev, Kammen, etc. El artificio con el que se organiza el documental está constituido por unas supuestas cartas que el realizador francés escribe y manda al realizador ruso, lo que recuerda un poco la construcción de La carte postale, de Jacques Derrida, y, en todo caso, vuelve a subrayar la provechosa mezcla de realidad y ficción que es una característica fundamental de la obra del director francés. Aunque se aleja de la característica y voluntaria ambigüedad con la que trabaja buena parte de la verdadera ficción no referencial. En todo caso, El último bolchevique no es un simple reportaje sobre un creador soviético. Es decir, no es un mero resumen biográfico-laboral. La tumba de Alexander (como también se le conoce) es un puzzle documental y visual que nos invita a vivir una experiencia total a través de las imágenes, las voces de los entrevistados, la voz en off del narrador, los efectos de sonido de la BSO y, especialmente, los descampados dramáticos que va dejando la narración. En suma, una ventana a un mundo fascinante que en Occidente se conoce muy poco y mal.