Contar un cuento, narrar una
historia, ¡un arte universal! ¡Un arte atemporal! Muchos han sido los
narradores y muchas las historias, a lo largo de los años, a lo largo de los
siglos, a lo largo del ancho mundo. Michael Ende, por ejemplo, hacía que el
joven Bastian leyera una historia que le transportaba al mundo de Fantasía y, además, le aislaba de la
realidad, de una realidad en la que sufría una especie de proto bullying de la época. El propio Ende
decía que “para encontrar la realidad hay que darle la espalda y pasar por lo
fantástico”. La ultraconservadora década de los ochenta tuvo el privilegio de
vivir una recuperación del cine fantástico, como evasión de la realidad, como
mecanismo para contemplarla de una forma distanciada y crítica y, también, y
precisamente por ello, para introducir una serie de valores morales. La princesa prometida, clásico
indiscutible del cine fantástico y juvenil contemporáneo, no es una gran
película. Pero tiene todas esas cosas. Tiene todo lo necesario para que
mozalbetes de todas las edades disfruten con la irrealidad del amor eterno,
aderezado con una amistad a prueba de bombas, con un variopinto grupo de
antihéroes (¡ese Iñigo Montoya, por Tutatis!)
que colaboran entre sí en pos de un fin colectivo y con un mundo irreal en el
que los milagros pueden suceder. Y, por encima de todo, con la victoria del
bien, que aplasta, sonriendo, a todas las costrosas y egoístas manifestaciones
del mal. Una joya encantadora, para disfrutar de una tarde insulsa de sábado.
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jueves, 15 de octubre de 2015
La princesa prometida (Aka The Princess Bride)
3*
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sábado, 26 de abril de 2014
Local Hero (Aka Un tipo genial)
3.5*
Confundiéndolo con un escocésde
pura malta, digo de pura sangre, la petrolera Knox decide enviar a
un pequeño pueblo escocés a un ejecutivo llamado Mac MacIntyre (Peter Riegert,
ese otro Paul Reiser). La misión es
cerrar las negociaciones con los propietarios del lugar para poder comprar toda
la zona y poder así montar una refinería, de la cual no están enterados los
vendedores. Por otro lado, el propietario de la petrolera, el excéntrico Félix
Happer (Burt Lancaster) está muy interesado en que Mac le informe sobre los
fenómenos astronómicos de la zona. Producida por los creadores de Carros de fuego, Bill
Forsyth escribe y dirige una historia que mezcla calor humano, vida
social a la vieja usanza y un poco de buen whisky con las consabidas y
simpáticas excentricidades de aquellos a los que no les importa el dinero. Con
un estilo que recuerda al de las comedias de la Ealing, Forsyth consigue que la
película no caiga en bienintecionadas idealizaciones ni en
romanticismos hollywoodienses, aunque finalmente sí la hace caer, aunque más
por motivos sentimentales que por necesidades del guión. Una de las principales
bazas de la producción es una fotografía deliciosa, que aporta algunas de la
escenas más hermosas del film, además
de constrastar convenientemente el revelado frío de una ciudad con la riqueza
cromática de la vida marítima y el verdor del país. Por otro lado, la obra es famosa
por una BSO muy exitosa, obra del líder de Dire
Straits, Mark Knopfler, que auna sintetizadores de la
época con un par de melodías realmente hermosas. Finalmente [y aquí va un
spoiler], el señor Happer viaja a y decide construir un laboratorio de
investigación astronómica y marina mientras que, por otra parte, el ejecutivo
siente nostalgia por Escocia al volver a Houston. Ya
podrían ver el film más propietarios
de grandes multinacionales (y millonarios en general) así como, sobre todo, una
buena parte de toda esa caterva de pequeños seres mediocres que les hacen los
recados. El mundo se lo agradecería a todos ellos. Bueno, Al
Gore la ha visto.
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