En un ensayo de 1927, Sigmund Freud se propuso estudiar el
humor, sus formas y sus beneficios. Curiosamente, llegó a la conclusión de que el
humor es una actitud que no todos los seres humanos tienen y que, de hecho, es
un regalo precioso. Como precioso que es, Winston Churchill afirmó que el humor nos
proteje de lo que somos, mientras que la imaginación nos proteje de lo que no
podemos ser. Hasta que aparece Roberto Benigni. Loris (el propio Benigni), un insólito
y miserable personaje que se dedica a llevar y traer diversos maniquíes y a otros
extraños escarceos, es confundido con un peligroso maníaco sexual al que la
policía lleva 12 años persiguiendo (la confusión de identidades es, también, la
premisa básica de Johnny Palillo). A
partir de ese momento, se sucederan todo tipo de situaciones en las que los
agentes de la ley le siguen los talones con la ayuda de una agente de paisano
que actúa como gancho (Nicoletta Braschi, la propia mujer de Benigni). El
director de La vida es bella presenta
una parodia de las películas USAmericanas de asesinos psicópatas, con varios
homenajes inteligentes y nada rebuscados a algunos clásicos del género (desde La matanza de Texas a los giallos de Argento) pero con un final
próspero y feliz. La figura de Beningni -desgarbada, descuidada, desastrosa pero
tierna- hace el resto en una ingeniosa composición de gags, mordazmente
resueltos, con un tipo de humor a la italiana, basado en el sexo, la
exageración expresiva y la picaresca diaria. Y todo ello en el contexto de una geografía
cuasi abstracta que podría remitir a las películas de Jacques Tati. La única
pega del film es el ritmo, un tanto estirado en algunas ocasiones (especialmente en su segunda mitad), lo que
reduce la capacidad cómica final del producto. En todo caso, la historia es bastante
divertida y, en general, respeta y entretiene convenientemente al espectador.
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miércoles, 20 de febrero de 2013
martes, 5 de junio de 2012
Belle de jour
3.5*
La hermosa
Catherine Deneuve entra a
trabajar en una casa de citas a causa de un trauma producido en su infancia,
que le ha causado frigidez, y a causa, también, de la insatisfacción de su vida
sexual conyugal, que contrasta con el profundo amor que profesa a su marido. A
partir de esta premisa, Buñuel continúa con su valiente filmografía y ofrece
una sofisticada historia de frustraciones, ensoñaciones y deseos masoquistas.
Así, todos los aspectos de esta película
de encargo (propuesta por los hermanos Hakim) destacan por su alto nivel técnico-artístico:
la elegante dirección, la contenida puesta en escena, una fotografía
apropiadamente otoñal, las soberbias interpretaciones del cuarteto
protagonista, y el inteligente guión de Carrière y Buñuel. Un guión que podría
haber hecho aguas por cualquier lado pero que, en sus manos, se convierte en
una suculenta
disección de las emociones y pulsiones sexuales de la burguesía (disección
que podría completarse con The Bourgeois
Experience, de Peter Gay). Y todo ello pese a un final excesivamente
misterioso y surrealista. Lo curioso del hecho es que la novela en la que se
basó Luis Buñuel (de 1928) rezuma moralismo
por los cuatro costados. Por otro lado, Belle
de jour es una prueba más de que, en pantalla, puede mostrarse casi
cualquier escena de violencia (salvo las más explícitas y crueles) pero,
curiosamente, no puede mostrarse sin censura escenas obscenas, cuando en
realidad, como decía Henry Miller, la auténtica obscenidad es la violencia y la
guerra. Por eso, es una lástima que casi todas las escenas de este tipo
acontezcan fuera de plano ya que Buñuel, probablemente, las hubiera rodado con
esa mezcla de elegancia y perversidad con la que luego se hicieron famosos Guido Crepax (Valentina) y Milo Manara (Jolanda). Hay que recordar que incluso el ABC se rindió ante este film,
cuando se alzó (en 1967) con el León de Oro en Venecia. Dos años después, en 1969, Sidney Lumet presentaría Una cita, sobre la prostitución de lujo.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Un método peligroso
3*
Quien haya disfrutado de la irónica y amarga literatura de Arthur Schnitzler (por utilizar las palabras de Claudio Magris), le sorprenderá muy poco descubrir los pormenores de la vida cotidiana de la burguesía mitteleuropea, tal y como queda retratada en la última película de David Cronenberg, y los factores que la sustentan: una defensa de la vida familiar, las convenciones matrimoniales y las apariencias sociales, en contraste con una obsesión por la satisfacción de los apetitos y las pulsiones sexuales, y todo ello en un clima de represión (ya subrayado por Michel Foucault). Sin embargo, como afirma el propio Jung en la película, es posible que exista en la vida algo más que sexo, en contra de lo que pueda decir el propio Freud o, incluso, un Woody Allen. Y a esto se dedica toda la historia: a desentrañar si existe o no dicha posibilidad. Así, además de una pugna intelectual entre Sigmund Freud y su discípulo C.G. Jung (lo que los personajes hablan), Cronenberg narra la relación triangular entre ambos y una paciente del segundo, la atormentada Sabina Spielrein (lo que los personajes hacen), con las teorías freudianas y el trastorno neurótico de la paciente catalizando toda la acción. El clásico Psychopathia sexualis, de Richard von Krafft-Ebing (1886), ya describió lo que constituye el caso clínico central de la historia: un caso de masoquismo (como el de Belle de jour), que pone sobre la mesa, además, el sadismo latente del terapeuta. Cronenberg sigue con su transición hacía un clasicismo en la forma y en el contenido, que ya comenzara con Spider y con Una historia de violencia, a costa de su torturado y viscoso mundo anterior, a lo que hay que añadir un comentario crítico: se abusa del plano en profundidad (un rostro en primer término y otro al fondo: ambos enfocados), como hiciera De Palma en Carrie y, con más tino, John Houston en Freud, pasión secreta, la cual, como instrumento pedagógico, al servicio del psicoanálisis, es bastante más efectiva. Por otro lado, hay que destacar el excelente trabajo de Michael Fassbender. Finalmente, la película se sostiene sobre una frialdad emocional y estética que sí, puede ser coherente con la época, pero también pueder ser interpretada como un síntoma del tipo de interés que despierta la historia.
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