La segunda parte de la trilogía
de Sergio Sollima con Tomás Milian como protagonista, Cara a cara supone una vuelta de tuerca respecto de alguno de los
planteamientos presentados en El halcón y
la presa, en una película desmedida en propuestas intelectuales,
salvajemente rica en matices y con un espíritu político claramente subversivo.
Cuenta la historia de cómo un profesor de historia, convaleciente en Texas a
causa de su tuberculosis, es secuestrado por casualidad por un bandido que
intenta huir, y de cómo se replantea todos sus principios vitales para, final y
progresivamente, decidir abandonar su vida contemplativa anterior y pasar a la
acción. Tal y como dijo Carlos Marx en las famosas Tesis sobre Feuerbach, de lo que se trata es de transformar el
mundo, aunque la posición del profesor de historia daría para toda una amplia reflexión
sobre el papel de estos intelectuales en las sociedades contemporáneas. Excelentes
actores protagonistas, especialmente Gian María Volontè, y una excelsa
partitura del siempre efectivo Ennio Morricone, con órgano de tubos, sonidos
naturales y secciones “corales” incluidos. Por otro lado, al parecer, Sollima
rodó mucho más de lo que el montaje final nos muestra por lo que no es de
extrañar algunas de las lagunas y de los flecos sueltos de la historia.
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lunes, 10 de marzo de 2014
miércoles, 27 de febrero de 2013
La clase obrera va al paraiso
4*
El cine de los setenta está lleno de joyas olvidadas como
esta,
nada menos que Palma de Oro en Cannes en 1971. Elio Petri dirige una suite barroca, dividida en varios
movimientos, sobre el despertar ideológico (y, por tanto, socio-político) de un
obrero, otrora “ejemplar”, que se vuelve consciente de su condición. Para ello,
el director introduce un catalizador dramático, convirtiendo la historia en una
metáfora de una clase obrera que, mientras no tiene problemas, respeta el status
quo y no se cuestiona nada y de una clase empresarial, propietaria, que
es capaz de convertir una fábrica casi en una cárcel y el trabajo en una actividad alienante.
Y esta es, tal cual, la dialéctica del amo y del esclavo de la que habló G.W.F.
Hegel. Petri escribe a dos manos con su habitual Ugo Pirro, el mismo con quien
retrató los cargos de conciencia de la burguesía en El amargo deseo de la propiedad, el mismo con quien escribió sobre
la corrupción policial en Investigación
sobre un ciudadano libre de toda sospecha. Por otro lado, todo el discurso fílmico, anticapitalista, recuerda a esa mezcla de filosofía postestructuralista francesa, maoísmo y
estudios clínicos sobre la locura, propio de autores como Gilles Deluze o Felix
Guattari. Gian María Volonté, un actor todoterreno, compone uno de sus mejores
papeles, infundiéndole fuerza, dramatismo y un cierto patetismo no exento de humor. Las referencias visuales, por su parte, van desde Metrópolis de Fritz Lang y Tiempos
modernos de Charles Chaplin hasta Tati y Costa-Gavras pasando por la
intelectualizada obra del Grupo Dziga Vertov (como Luchas en Italia). Pero, por suerte, no llega al nivel experimental
de Todo va bien, estrenada el año
siguiente. La fotografía es del habitual Luigi Kuveiller y la música del (casi)
siempre efectivo Ennio Morricone.
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