Douglas Trumbull es conocido,
principalmente, por ser el responsable de los efectos visuales de clásicos como
2001: una odisea del espacio, Stark Trek: La película o Encuentros en la tercera fase. Pero
también es autor, por derecho propio, de algunos pequeños clásicos de la
ciencia ficción de los setenta y de los ochenta. Entre estos clásicos, hay que
destacar Naves misteriosas, por
ejemplo; o esta Brainstorm, centrada
en una temática de tantísima actualidad como de no problemáticas implicaciones:
¿pueden registrarse los pensamientos, las emociones y las experiencias de las
personas para que cualquiera pueda “vivirlas” tiempo despuéss? Tema tan phillipkadickiano encuentra en el
tratamiento que le otorga Trumbull (provocativo, profundo, áspero) un canal
maravilloso para que los espectadores reflexionen sobre las posibilidades y los
límites de tamaña hazaña. El equipo de investigadores y científicos, formado
por Louise Fletcher y por Christopher Walken, realiza un trabajo conmovedor, al
igual que el equipo de empresarios y militares (con Cliff Robertson a la cabeza),
y el mensaje final del film hace el
resto. Excelentemente ambientada, rodada y montada, y producto de un rodaje
infernal en los estudios de la MGM, estamos ante una de esas joyas, propias de
la ultraconservadora década de los ochneta, medio olvidada por el tiempo. Y eso
no tiene perdón de Dios. Como valor añadido, estamos ante el ultimo papel,
fascinante, de la siempre hermosa y siempre talentosa Natalie Wood.
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lunes, 31 de octubre de 2016
Proyecto Brainstorm (Aka Brainstorm)
3*
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lunes, 17 de junio de 2013
Centauros del desierto
4.5*
Un personaje de la novela Cuerpos extraños, de Cynthia Ozik, sostiene que conocer los misterios
y los entresijos del cine es una perfecta inutilidad. Y para el caso de las
películas del director favorito de Orson Welles podría ser con más razón: pues entretienen
y funcionan a la perfección sin necesidad de análisis alguno. En todo caso, aquí
va esta PastillaCrítica. Ethan Edwards (John Wayne), un errante soldado
confederado, regresa a su hogar en Texas 3 años después de acabada la Guerra de
Secesión. Al poco de llegar, su familia es asaltada por los comanches y se
lanza a la búsqueda de su joven sobrina, a la que creen única superviviente del
ataque. La búsqueda, que le ocupará varios años, poco a poco, se irá
transformándo en una auténtica odisea. La vida en Monument Valley, mientras
tanto, sigue su curso. John Ford construye un western dramático sobre el racismo, la obsesión y el odio a
base de decenas de pequeños detalles, casi imperceptibles para el tradicional
epectador del género. Con algunos ligeros errores narrativos, de montaje y de
continuidad, el film tiene la
grandeza de la imperfección. Maravillosa en sus aspectos técnico-artísticos
(excelente fotografía de Hoch y con una BSO de Max Steiner que abraza a la
historia como un buen amante), el argumento se desarrolla tan retorzidamente como
la mente y el corazón del protagonista, un auténtico centauro del desierto, por
la cantidad de tiempo que pasa subido a su caballo. Los 120’ de película están
salpicados con emotivos, festivos y musicales momentos, como es habitual en el
cine del maestro, así como con esporádicos destellos de humor, todo fusionado
con una sabiduría y con una pulcritud estética admirable. Por otro lado, los
aspectos éticos son tan ricos y complejos como la propia interpretación de
Wayne, con seguridad una de las mejores de su carrera, de una aspereza que
convence, de una contención que admira. Por cierto, la ínclita editorial Valdemar tiene una excelente versión de la novela original, de Alan Le May, en su colección Frontera.
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