Crónica de la España de provincias de comienzos de los sesenta y retrato de una compañía de teatro
ambulante que se dedica a viajar, de pueblo en pueblo, representando todo lo
que se pone a tiro. En un momento particularmente conflictivo, el grupo tiene
que aceptar pasar una noche divirtiendo a un grupo de personas pudientes, que
intenta humillarles y aprovecharse de ellos (la escena del streeptease forzado
es un auténtico social hit). Mario
Camus sigue apuntalando la veta del cine neorrealista español, con toques
naturalistas y elementos melodramáticos (con su consiguiente trama de atracción
y amor), a propósito de la apertura mental de la farándula en contraposición a
la sociedad que la envuelve. No por casualidad, el guionista fue Daniel Sueiro.
Sin destacar especialmente por nada, la película se erige como una de las más rotundas
radiografías de la España franquista, ahí donde la Iglesia y el fascismo
conformaban los pilares de una sociedad hipócrita, mezquina y de miras
insultantemente cortas. Varios años después, el gran Fernando Fernán Gómez se
apuntaría un tanto con su particular recreación de la farándula en plena
dictadura con su melancólico El Viaje a
ninguna parte. Y, claro, esta obra de Camus estaba, seguro, en su mente y
en su corazón, aunque, curiosamente, no la menta en sus memorias, El tiempo amarillo.
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lunes, 6 de junio de 2016
viernes, 10 de enero de 2014
El imaginario del doctor Parnassus
3*
François Truffaut decía que siempre había preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Esto significa que por muy realista que sea un libro o una película siempre es una recreación y no la vida misma y que, además, disfrutar del cine y de la literatura implica un alejamiento de la realidad, una forma de evadirnos de ella, por mucho que expanda tu imaginario interior y por mucho que te pueda servir para creer que la entiendes mejor. La obra de Terry Gilliam puede ser leída como un exceso de fantasía o de imaginación (dos cosas completamente distintas) o como una reflexión sobre lo que decía Truffaut. En todo caso, esta película supone un eslabón más en la serie de fantasías (distópicas o no) que ha ido tramando el director británico, aunque no es ni uno de los más importantes ni uno de los más hermosos. El imaginario del doctor Parnassus cuenta la historia de un anacrónico grupo de teatro ambulante que utiliza en su espectáculo un espejo para acceder a la imaginación del susodicho doctor (interpretado con emotiva entrega por un Christopher Plummer realmente avejentado), lo que dispara los momentos más creativos del film, desde el punto de vista visual. La película se disfruta, hay suficiente invención y la fábula que desarrolla (con ciertas referencias a Samuel Beckett) tiene bastante complejidad moral para resultar atractiva pero, a la postre, el mensaje final de la historia es del todo punto de vista convencional y el desarrollo es un tanto endeble. Conviene destacar el trabajo de Tom Waits, encarnando una especie de Mefistófeles cabaretero, así como el del finado Heath Ledger, en su última interpretación, buena parte de ella improvisada. Por cierto, para completar las partes que no había podido rodar, Gillian tuvo el genial acierto de contar con tres actores distintos (Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell). La música, por su parte, ni destaca ni desentona.
Etiquetas:
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