El principal problema de esta película
no es la curiosa mezcla de géneros (Sci-Fi,
aventuras, monstruos, vikingos, etc.). Ni las mediocres interpretaciones. Ni el
casting (un John Hurt que no convence
como guerrero noruego; o un Caviezel que tiene la misma mueca mohína que en La delgada línea roja). El principal handicap de este film es el desarrollo de la narración: está repleta de tópicos, de
escenas de relleno, de situaciones archi-conocidas, de diálogos acecinados como
la alimentación vikinga, de secuencias típicas, de gestos mil y una vez
contemplados. Hace falta ser un poco tierno o un poco aprendiz en cuestiones
fílmicas para disfrutar con fruición de esta película. Por otro lado, buena
parte del supuesto atractivo de la cinta descansa en los FX. Pero éstos tampoco
sobresalen en una puesta en escena estandarizada y típica de este tipo de
producciones y que, además, tiende al aturdimiento, mediante el uso de los característicos
mil y un planos, de la cámara en mano y del hipermontaje
(ese montaje ultra rápido que consigue que el espectador no pueda ver realmente
qué está sucediendo). Casi en cada plano hay un efecto digital. De hecho, en
muchos planos hay una saturación de efectos por ordenador. Y no siempre
convincentes. Cuando pasa un caballo por un poblado lacerado, el caballo es
digital. Cuando aparece un árbol en medio de una casa vikinga, el árbol es
digital. Cuando dos tipos compiten saltando de escudo en escudo, todo es
digital. Lo único que hay real en la película, lo único que es de carne y hueso, son los paisajes. Y, bueno, en algunos momentos, los actores.
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jueves, 28 de enero de 2016
Outlander
2*
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miércoles, 29 de abril de 2015
La pasión de Cristo (The Passion of the Christ)
3*
Como en la fantasía de Alex (el
protagonista de La naranja mecánica),
cuando está leyendo La Biblia, Gibson
sueña con poder estar, precisamente, en la flagelación y en el calvario de Cristo. Con probabilidad, la etapa de la vida de Jesús que es menos interesante
por su escaso valor pedagógico. Sin embargo, por el contrario, si la intención
es mostrar el sufrimiento del hijo de Dios, Mel Gibson aborda con detalle el
castigo físico y psicológico al que se le sometió. Además, parece claro que
esta insistencia visual en la carne lacerada y mortificada provoca una cierta
atracción. Por eso Gibson, en realidad, está mostrando también el espíritu masoquista de una buena parte de la raza humana, la falta de empatía e,
incluso, la indiferencia frente a la crueldad y frente al dolor ajeno. Hay, por
tanto, una cierta estetización de la violencia y del sufrimiento (acentuada por la inclusión de Caviezel y Bellucci), algo que
repugna a Claude Lanzmann, por ejemplo, el autor de uno de los más respetuosos
homenajes a la desolación judía durante el Holocausto. La película, sin
embargo, se cura en salud afirmando que la trama no tiene por qué ser
exactamente lo que ocurrió en la historia. Por otro lado, el estilo fílmico del
director es bastante plano, tibio, convencional, así como la imaginería que
propone, bastante típica de Hollywood, al contrario que la presentada por
Scorsese en La última tentación de Cristo
o por Pasolini en El evangelio según San Mateo.
Finalmente, podría compararse con el final de la serie de TV de Zeffirelli sobre
la vida de Jesús.
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