En el año 1995, el director
USAmericano Michael Mann estrenó Heat,
un thriller épico sobre los sueños y
fracasos de un ladrón y de su equipo de amigos y colaboradores. La estructura
del film y la esencia de la trama no
eran sino una actualización de Ladrón,
el primero de sus largometrajes cinematográficos. Sobre el papel, la historia
se centra en un ladrón que sueña con juntar todas las piezas que le faltan para
completar su propia versión del American
Dream, un collage que él mismo hizo
mientras estaba en la cárcel y que (de una forma simbólica) lleva en la
cartera, al lado del dinero que gana robando joyas. Sin embargo, sobre la
pantalla, la historia adquiere un aura de epopeya contemporánea al transformar
las fantasías de un outsider en una
excusa para criticar un tipo de sistema que nos absorve y corrompe a cambio de
una vida en los márgenes de la apariencia y la normalidad. La música de
Tangerine Dream, los poéticos momentos de reflexión (característicos del cine de
Mann), los diálogos hardboiled y la
hipnótica fotografía urbana, marca de la casa, transforman un thriller aparentemente convencional en
una demostración de fuerza, autenticidad y autoría artísticas. Por su parte,
James Caan borda un papel que mantiene similitudes con el que hizo para Sam
Peckimpah en Los aristócratas del crimen,
pero mucho más nihilista y, por tanto, más cerca de la sensibilidad trágica de
Michael Mann. Tuesday Weld, James Belushi y Willie Nelson acompañan sin
entorpecer mientras que Robert Prosky destaca con su personaje de mafioso (por
cierto, esta película fué el debut de este actor, además del de Belushi, Dennis Farina y William Petersen, a quien se le ve en un brevísimo papel).
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domingo, 30 de marzo de 2014
lunes, 10 de febrero de 2014
Heat
4*
El teniente Vincent Hanna (Al Pacino) persigue
con ahínco al equipo de Neil McCauley (Robert de Niro), un grupo de ladrones
sofisticados, en una ciudad envilecida y rodeados, asimismo, de un paisanaje
donde no faltan los más atroces depredadores, tanto en las altas esferas (Van
Zant) como en las cloacas (Waingro). Michael Mann filma su propio guión de plomo (un guión que ya había rodado en ese borrador de Heat que fue L.A. Takedown), con la ayuda de una fotografía crepuscular de Dante Spinotti, una BSO
épica de Eliott Goldenthal y un abultado presupuesto. 60 millones de euros pueden dar para mucho: para firmar 170’
de implacable narración de género, para rodar en más de 95 localizaciones en
Los Ángeles, para desarrollar un guión absorvente y trágico, para contratar a
un buen puñado de excelsos profesionales y actores, para no tener que deber
nada a ninguno de los grandes estudios, etc. Es verdad que la escena de la
conversación entre McCauley y Hanna podría haber dado más de sí ya que
decepciona un poco, le falta intensidad e ingenio. Es verdad que algún
personaje, algún diálogo, alguna escena podrían haber sido eliminados del
montaje final. Pero tambien es verdad que la película funciona maravillosamente
bien allí donde Michael Mann quería que funcionase: en el retrato abstracto
pero apasionado de dos mundos enfrentados —de dos “profesiones” límite, el de
los ladrones y el de heat, con sus
respectivos códigos de honor—, engarzado en el espacio y el tiempo de una
epopeya urbana que se mueve, además, en los límites del thriller y del drama romántico. Aunque, finalmente, todo acaba
siendo trágico porque nadie gana nada. Mientras que Amy Brenneman, Diane
Venora, Val Kilmer y Jon Voight están perfectamente fusionados con sus
personajes y Al Pacino está desbocado, Robert de Niro y Ashley Judd se llevan
la película de calle: dos actores como la copa de un pino que, muy a menudo,
alcanzan el techo de sus capacidades interpretativas. Todo el mundo recordará a
Neil McCauley, ese perfeccionista y solitario ladrón enamorado, y a Charlene
Shiherlis, esa madre ex prostituta que solo quiere llevar una vida normal. Ambos
actores están maravillosamente comedidos, entregados, convincentes. Y el film les rodea y les quiere aunque, al
final, les abandona.
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miércoles, 1 de febrero de 2012
The Driver
3.5*
Hipnótico thriller,
escrito y dirigido con magnética simplicidad por Walter Hill, en 1978, y con una
pareja de actores perfectos para los papeles de The Driver y The Detective,
Ryan O’Neal y Bruce Dern, respectivamente (el papel de O’Neal, sin embargo, fue
escrito originalmente para el propio Steve McQueen). Por cierto, Monte Hellman rodó, en 1971, una película en la que los nombres de los portagonistas se referían directamente a su función en la trama (Carretera asfaltada en dos direcciones). La historia es sencilla:
un extremadamente talentoso conductor, especializado en huidas y parco en
palabras, es perseguido por una especie de sheriff,
obsesionado con darle caza, como si de un forajido se tratara. El conductor
contará con la ayuda de una testigo, Isabelle Adjani, que hace gala de un inglés
tan mediocre como su interpretación. Las escenas de persecuciones
automovilísticas están estupendamente planificadas, rodadas y montadas, en la
línea de Bullit (rodada 10 años antes) y, especialmente, en la línea de The Lineup de Don Siegel (20 años anterior).
La fotografía, del autor de A Quemarropa, es noctámbula, imantada, elegante (como la de Heat, de Michael Mann), así como su puesta en escena. El
productor y escritor de TV, Clyde
Phillips, pergeñó una versión novelada del conciso y excelente guión de Walter
Hill. Por otro lado, en 2011 se ha estrenado una especie de remake, Drive, con Ryan
Gosling, que está cosechando muchos éxitos y reconocimientos (pero que tampoco es gran cosa).
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