Decía Jean Austen que las
tonterías dejan de serlo cuando son realizadas por gente sensible que actúa de
forma atrevida. Pero si las personas no son sensibles, sino sensibleras, y no
son atrevidas, sino engranajes de una máquina diseñada para enternecer, las
tonterías quedan al descubierto. Y esto es lo que es, con precisión, esta trillada película de redenciones y propósitos “buenrollistas” de Año Nuevo. Que, incluso,
tiene un discursito final. Y sus tomas falsas añadidas (sic). Y hasta un
enfermo terminal y una canción de “Jon Bovi”. Un elenco variopinto de estrellas
hollywoodienses viven unas cuantas historias, algunas entrecruzadas, durante
las últimas horas de la Nochevieja del año 2012. Hay para todos los públicos y
para todas las edades así que cientos y miles de espectadores se podrán ver
representados. Como con la paparruchada esa de Pretty Woman. Pero muchos personajes, muchas situaciones y un buen puñado de
diálogos y conversaciones son de lo más ramplones, manidos y pedestres.
Folclore navideño, vamos. De hecho, no sería de extrañar que, cada 10 o 15
minutos de visionado, buena parte del público piense que estamos ante uno de
esos productos prefabricados que te venden y que te envuelven con mil y un
pliegues de papel y con mil y un lacitos de colores en esos templos de consumo
que son los centros comerciales en Navidad. Un producto que huele bien, que
brilla con su purpurina, que alegra la vista del consumidor pero que no tiene mucha sustancia por dentro. Algo así como uno de esos anuncios de neón que
adornan Times Square.
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miércoles, 10 de febrero de 2016
jueves, 21 de marzo de 2013
Pretty Woman
1.5*
Epítome máximo del género chick flick y objeto de regocijo (e, incluso, de culto) para varias generaciones de mujeres
a ambos lados del Atlántico. ¿La razón? Pues que Pretty Woman materializa una idea tan absurda como peligrosa: hasta
una puta tiene derecho a vivir sin preocupaciones económicas y sin dar ni
golpe. Solo tiene que casarse con un rico (sic). Vivian Ward (una mediocre Julia Roberts)
ejerce como hooker en Beverly Hills. Edward
Lewis (un mediocre Richard Gere) es un caballerete de tres al cuarto que gana muchísimo
dinero subido a la ola del capitalismo más salvaje. En un momento dado, sus
caminos se encuentran y comienzan a jugar al “yo soy rico pero tímido” – “yo
soy pobre pero atrevida”. Y ahí está toda la sustancia de esta historia, una
historia que parece una actualización naive
de La Traviata, aunque en su origen
parecía que se iba a centrar en un drama sobre la vida de las prostitutas
californianas. El resto de elementos del film
(técnica y artísticamente correctos) están al servicio de la sublimación de
este falso cuento de hadas, comprensiblemente un éxito cinematográfico en toda
regla. Y es que el machismo más inconsciente sigue campando a sus anchas porque,
como diría Luce Irigaray, la presencia de una prostituta (algo que se puede "comprar") hace resaltar el hecho
de que el tipo de sexualidad mostrada en la película está definido por el punto
de vista masculino. Estupenda premisa, pues, para una película que ha triunfado entre las mujeres.
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