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martes, 23 de diciembre de 2014

Alicia en el país de las maravillas

2.5*

Alicia, en el mismo día en que un lechuguino iritantante de la aristocracia inglesa le va a pedir en matrimonio, sale huyendo detrás de un conejo blanco. Hasta que llega a su madriguera, cae por ella y se adentra en un submundo de sueños y recuerdos donde vivirá todo tipo de aventuras. Respecto de esta cuasisecuela dirigida por Tim Burton, lo primero que hay que decir es que la historia no es fiel al libro, ni a ninguna adaptación previa, ni siquiera al espíritu surrealista de la obra de Carroll. Y ello es porque Burton inserta parte de la mitología original en una trama típica de Disney, con paladines, esbirros, reinas malas (y feas) y reinas buenas (y blancas). Lo cual acaba con la ambigüedad, el sinsentido y la riqueza del texto de base para acabar imponiendo una moraleja típica de la casa: que la sociedad es jerárquica y que la forma ideal de gobierno es la monarquía, aunque haya alguna mala. De ahí la introducción, con calzador, de Maquiavelo. Además, el doblaje al castellano es una birria, tanto en los tonos y los timbres de las voces como en la traducción de los conceptos más polémicos del inglés original (Jabberwocky, por ejemplo, que se traduce acudiendo al trabajo de Jaime de Ojeda en vez de al de Francisco Torres Oliver). El diseño de personajes es insatisfactorio y los efectos digitales no están convenientemente retocados y chirrian constantemente, incluso en una trama tan imaginativa y fantástica como ésta. Y, por último, aparece una Alicia sin carisma, que parece vestida de Desigual y que, por momentos, parece una modelo demacrada y casi andrógina sacada de un anuncio de colonias. En definitiva, un producto que parece diseñado para la adolescencia, que intenta mantener parte de lo más oscuro (y atractivo) del imaginario burtoniano pero que sobresale por su fallida ejecución artística (pese a aciertos visuales indudables) y por su condescendencia con una historia que solo puede atraer a un público infantil. Lo del combate final (como un Narnia o un señor de los anillos cualquiera) y lo del comercio con China ya es para evaporarse en el aire como un gato de Cheshire.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Alicia en el país de las maravillas

3.5*
 
Uno de los clásicos de la época dorada de The Walt Disney Company, dirigido por el autor de varios éxitos de la productora, Clyde Geronimi, con la colaboración de dos pesos pesados de la compañía, Hamilton Luske y Wilfred Jackson. Si en todas las historias de la Disney aparece la típica concepción conservadora de la vida, propia del fundador de la compañía (llegando al estereotipo femenino y al machismo de Blancanieves y los siete enanitos y La bella durmiente o a la glorificación de la ética protestante del trabajo en Tiempo de melodía), en esta narración es relativamente difícil (aunque no imposible) encontrar una cierta visión conformista de la realidad detrás de la fachada subversiva y surrealista de la trama, respetuosa, eso sí, con el espítiru de las dos novelas originales de Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo), aunque amputadas en más de una parte. Así, se quedan fuera múltiples trabalenguas, los poemas nonsense (defendidos por Chesterton), varios personajes y capítulos, los juegos lógicos, las referencias ajedrecísticas, algunas reflexiones retorcidas sobre la realidad y los sueños, etc. Además, el argumento de las dos novelas está mezclado y la trama tiene varios añadidos, cosecha de la casa. En todo caso, el trabajo de animación es impresionante aunque el diseño de personajes esté inspirado, claramente, en la obra del ilustrador original, John Tenniel. Por otro lado, la popularidad de los caracteres (ese sombrerero loco que recuerda a Bertrand Russell), la riqueza de los colores (filmados en Technicolor) y los sorprendentes gags visuales (como el que señala Martin Gardner sobre la Oruga) hacen de la película una experiencia inolvidable (mucho más que la reciente y saturada opera burtoniana), una experiencia que el ritmo y la música no hacen sino acompañar deliciosamente. Y todo ello en poco más de 70’. Hay partes, por cierto, que serán recuperadas por el imaginario de Jim Henson mientras que otras recuerdan a El mago de Oz.