La figura del doble, del álter ego, ha gozado de una envidiable traidición, tanto en la
literatura como en el cine. En la primera, desde William Wilson a Jorge Luis Borges, pasando por Robert L. Stevenson, han sido muchos los escritores que se
han sentido seducidos por la atracción del espejo desvirtuado: un reflejo
muchas veces siniestro que completa freudianamente la naturaleza de nuestra
identidad. En el segundo, desde Metrópolis
hasta El cisne negro o Seconds apart, pasando por Inseparables, Desesperación o un capítulo de Refugio
macabro, el cine ha intentado también poner en imágenes el mito del Doppelganger. En El Otro, Robert Mulligan narra las diversas trastadas de dos
gemelos protoadolescentes, uno de ellos realmente malvado, en el corazón de una
granja californiana, y ofrece al espectador una ejemplar muestra de cine de
terror, basado en el ambiente, en las atmósferas y en el juego entre la
realidad, la imaginación y la ficción, sin acelerar la cámara, el montaje o el
ritmo en ningún momento y sin grandes sobresaltos o escenas sanguinolentas.
Simplemente, con una buena historia de suspense, bien narrada, bien
interpretada, bien musicalizada (por obra y gracia de Jerry Goldsmith) y, sobre
todo, muy bien ambientada y fotografiada. Por eso, pese a una luminosidad
constante, solo rota por alguna escena de interior, el terror, la crueldad y lo
sobrenatural hacen acto de presencia y conforman una satisfactoria muestra de
lo que se denomina American Gothic,
un subgénero de terror que aglutina films
como Psicosis, 2000 maníacos, La matanza de
Texas, Tourist Tramp o esa
humilde maravilla que es La oscura noche
del espantapájaros, por poner solo algunos ejemplos. La influencia de esta
cinta se encuentra incluso en fracasos tan poco conocidos como el film de 1983, Disconnected. [Spoiler:
Mulligan mantiene el suspense y la ambigüedad contínuamente a través de un uso
inteligente y muy preciso del montaje. Por eso, salvo algunos rápidos
movimientos de cámara, ambos hermanos nunca figuran juntos en el mismo plano].
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miércoles, 11 de marzo de 2015
miércoles, 29 de octubre de 2014
Boyhood (Momentos de una vida)
4*
Richard Linklater vuelve a
superarse con esta película rodada en unos 45 días durante 12 años, una
estrategia innovadora que ha sido usada por primera vez en casi 120 años de
historia del cine. La idea es que los actores evolucionen con la cronología del
film, especialmente el actor
protagonista, Ellar Coltrane, que pasa de los 6 años a los 18. De hecho, podría
convertirse en el primer actor en representar un papel desde la infancia hasta
la tercera edad. Y más allá. El efecto en el público no es tan potente como la
idea podría sugerir pero, en todo caso, Linklater construye un retazo vital
apabullante, donde las emociones y los reconocimientos van brotando en el
espectador, primero poco a poco para luego aparecer a borbotones. Una película sobre
la vida y el crecimiento, visualmente delicada y emocionalmente intensa, de un
humanismo complejo y contagioso, que hará las delicias de todos aquellos que
estén hartos de artificios baratos como La
isla mínima (con la que conincide en la cartelera) y similares. Un film que, sin duda, se enriquecerá con
el paso del tiempo, como Movida del 76,
otra acertada radiografía de toda una generación USAmericana, con sus luces y
sus sombras vitales. De hecho, Mason, el protagonista, recuerda al Pink de Jason London (y esta no es la única
conexión entre ambos films). Por otro
lado, entre el reparto podemos encontrar amigos y familiares del director, lo
que termina de apuntalar el carácter cinéfilo y familiar de un experimento
socio-cinematográfico que, a la postre, puede ser leído como una de las más
contundentes defensas de lo que George Lakoff ha llamado la familia
progresista, “de padres protectores” (como los padres de Greg Focker en Meet the Fockers), en contraposión a la
familia del “padre estricto”. Una de las cosas más sorprendentes de la película
es el dinero que ha costado: unos 4 millones de dólares, inversión que ya se ha
recuperado con creces.
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2014,
Adolescencia,
Cine independiente,
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Familia,
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Richard Linklater
miércoles, 3 de abril de 2013
La cinta blanca
3*
En La sociedad
abierta y sus enemigos se afirma que lo que caracteriza a las sociedades
cerradas es la ausencia de gobiernos tolerantes y flexibles. Justo el tipo de
sociedad que Haneke representa en esta película. De hecho, es evidente que la
historia retrata una sociedad cerrada y violenta (como el de La Granja, de Bettina Oberli), lo contrario al tipo de
sociedad abierta, liberal y autocrítica que defendió Popper. En todo caso, no
todo pasado fue mejor, como demuestra esta cinta pseudo histórica de Michael
Haneke, que vuelve a estar organizada alrededor de un falso thriller. Lo más evidente de la
película, sin embargo, es ese eco continuo que sugiere que lo que pasó en la
Segunda Guerra Mundial se estaba fraguando en este tipo de sociedad germana anterior
a la Gran Guerra, envidiosa, hipócrita y cruel. Como la que describe Bergman en sus memorias, Linterna mágica. O como la que estudió Wilhelm Reich. Temática y visualmente, el film podría remontarse al clásico de Vajda
sobre Dürrenmatt (El cebo), mezclada
con Dreyer, M, el vampiro de Düseldorf, Sombras y niebla, Los comulgantes e, incluso, Sleepy
Hollow, aunque el uso del B&W (hiperoscuro unas veces, sobreexpuesto
otras) también podría ser interpretado como una intención de distanciarse de la violenta historia. En todo caso, la referencia más evidente es con El huevo de la serpiente, de Bergman. Algunas de las señas de identidad del director austríaco,
sino todas, hacen acto de presencia durante el visionado (una de ellas es esa
extraña manía de dejar varios misterios en el aire; otra, esos tranquilos pero
salvajes golpes de efecto, casi al estilo de John Woo; otra más, la ausencia casi
dogmática de BSO; una última, ese ritmo lánguido). Un visionado que, a la postre, revela una historia fría,
aséptica, demasiado larga para su continua previsibilidad e, incluso, vacuidad.
Sí, porque el fascismo podría ser el producto de una educación represora. Esta
idea no sorprende. Pero, entonces ¿por qué no ha surgido en todas esas
sociedades represivas que han existido en el siglo XIX o XX? ¿Alguna propuesta?
Por cierto, debido a su pretensión de qualité,
Haneke adorna la narración con pequeños enlaces
semánticos entre escenas, que intentan crear una sensación de continuidad,
igual que la voz en off del narrador,
una especie de joven Charles Laughton en Esta
tierra es mía.
jueves, 8 de marzo de 2012
Veneno para las hadas
3*
Carlos Enrique Taboada fue un director mexicano, especializado
en el cine de terror, que tiene en su haber algunas películas sorprendentemente
interesantes, como su mítica Hasta el
viento tiene miedo o El libro de
piedra. Por su parte, Veneno para las
hadas (1984) cuenta la historia de Flaviola, una rica jovencita, que asiste
a un colegio donde conoce a Verónica, la cual afirma ser una bruja. A partir del
encuentro entra ambas, desarrollarán una relación dependiente basada en el sometimiento
y en la práctica de unos juegos progresivamente macabros, donde los adultos
tienen un papel muy secundario (de hecho, no se ve la cara de ninguno en toda la película). Utilizando una fotografía de interiores de una riqueza cromática
considerable, Taboada consigue crear ese suspense y ese miedo que caracterizan a
sus películas, a base de pequeños y sutiles sobresaltos y shocks. Por otro lado, hay una escena magnífica en un cementerio y
otra donde se aprecia la influencia del éxito contemporáneo de Tobe Hopper, Poltergeist, aunque, en general, la
cinta recuerda a El Otro, de Robert
Mulligan, y, por supuesto, al clásico de 1959, La Mala semilla, de Mervyn LeRoy. Una curiosidad: Steven Wilson, de los Porcupine Tree, tiene un tema con el mismo título.
lunes, 21 de noviembre de 2011
La tumba de las luciérnagas
3.5*
El Studio Ghibli siempre ha proporcionado películas de animación muy elaboradas y con un altísimo nivel de calidad, tanto en los aspectos técnico-artísticos como en los aspectos ético-narrativos. Sin ninguna duda, el maestro del estudio es Hayao Miyazaki (uno de sus fundadores) pero Isao Takahata (mentor y cofundador del mismo) no se queda nada atrás, especialmente si tenemos en cuenta esta película y la magnífica Recuerdos del ayer. En La tumba de las luciérnagas, Takahata mantiene los estándares del estudio al adaptar una novela autobiográfica de Akiyuki Nosaka sobre la lucha por la supervivencia de dos hermanos, de 14 y 5 años, tras el bombardeo y destrucción de su ciudad, Kobe, en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que en otro clásico animado sobre los desastres de la guerra, en Cuando el viento sopla, la lucha por la supervivencia se basaba en el mantenimiento absurdo de una rutina, en ésta, esa lucha, es el retrato solitario de una batalla perdida por el sustento y la felicidad, en un contexto de duelo familiar, desamparo personal y cruel indiferencia social. La historia comienza de una forma desgarradora, continua con una sucesión de momentos tristes y tiernos para, finalmente, desembocar en una conclusión que, aunque ya conocida, no deja de ser igualmente desoladora. Y es que la sombra de Heidi y de Marco es alargada.
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