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| Dedicada a Orit A. Amar 4* |
Durante un viaje en coche con su
nuera, el viejo y pedante profesor Borg recordará algunos momentos de su vida,
con nostálgica tristeza, algunas veces ensoñándolos, otra recreándolos
mediante el sueño o la simple evocación. El viaje tiene una finalidad: llegar a
Lund, donde el profesor va a recibir un Doctorado por sus 50 años de profesión
médica. Bergman rinde homenaje a Victor Sjöström, el padre del cine sueco,
cediéndole el protagonismo de una de sus obras maestras, un retrato
reconfortante sobre el paso del tiempo, de la vejez y de los recovecos del
matrimonio, aunque no exento de crudeza, ternura y vitalidad. El homenaje
incluye una cita textual de La carreta
fantasma, una de las mejores películas de todos los tiempos. Con una
fotografía límpida y al carboncillo, una puesta en escena milimétrica como una
cantata de Bach y una música que se abraza a la película con amor, Bergman
arroja al espectador una alegoría sobre la frialdad, la soledad y la muerte. Pero
también sobre el arrepentimiento y el perdón. Bajo la estela de Freud y de su
propia biografía, que tanto ha condicionado su cine (como reconoce en Imágenes), Bergman no nos cuenta su
historia como si fuera esa “épica del ego” de la que hablaba Lacan. Más bien,
para Bergman, los seres humanos estamos incapacitados para ser felices y para
hacer felices a los demás, precisamente, por ese constante miedo a la muerte,
que nos hace egoístas y frágiles. Evidentemente, ambas pulsiones determinan
nuestras realidades pero, por suerte, hay muchos momentos de nuestras vidas que
consiguen ponerse del lado del “principio del placer”. Esta obra es uno de esos
momentos. Por cierto, el grupo Dogma
ha copiado mucho de este film, sin
duda, al igual que Woody Allen, como todo el mundo sabe.




