Enésimo intento por parte de las majors de Hollywood (en este caso, la
Warner y Legendary) de resucitar al mítico superhéroe de Kripton, este film de Zack Snyder es como la grandilocuente
carrocería de un coche que no tiene nada por dentro. O bien, que tiene mucha
menos potencia y comodidad de los que sus fulgores exteriores anuncian. Estamos
ante un puro espectáculo desdramatizado, en su mayor parte, ridículo en muchas
ocasiones e infantil en casi todo su metraje. El nuevo Superman es un tipo que
no tiene ricito en la frente pero al que se le salen los pelos del pecho por
encima del traje… Además, los actores no están especialmente bien elegidos para
sus roles (mención aparte es el intento ese bienpensante de sustituir un
personaje mítico por un actor negro, como el Nick Furia de la Marvel) y los
efectos especiales se han quedado obsoletos el mismo día de su estreno (batiburrillo
CGI). La fotografía, por supuesto, tiene la personalidad típica del Blockbuster de turno (azulada, acerada,
fría, como un buen centro comercial). La música es un mejunje aparte, ya que es
una partitura rutinaria que tiene la extraña virtud de sobrar casi
constantemente. En definitiva, otro intento en balde por acercar una mitología
portentosa, que tuvo una enorme función sociológica durante los años cuarenta
del siglo XX y, particularmente, durante las postrimerías de la irredenta
década de los setenta y buena parte de la ultraconservadora década de los
ochenta, pero que, ahora, no termina de encontrar la forma de resucitar en el
seno de una sociedad consumista, individualista y cínica. Para más INRI, la
película se estira hasta esos supuestamente épicos 143 minutos. No por
casualidad, detrás del guión está el prepotente y vacuo Christopher Nolan.
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miércoles, 5 de julio de 2017
El hombre de acero (Aka Man of Steel)
2*
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lunes, 26 de diciembre de 2016
Capitán fantástico (Aka Captain Fantastic)
3.5*
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| Dedicada a Carlos C. |
El homeschooling está de moda. No es una moda (¡no puede ser una
moda!) pero está de moda. Y nunca será demodé.
La gente se pregunta qué es eso de educar a los chavales en familia. No
solamente criarles o consentirles, en familia, sino formarles, instruirles,
aportarles experiencias y conocimientos educativos. Y esta película nos viene a
contar cómo una familia, no-convencional, puede educar a sus hijos al margen de
la escolarización estatal obligatoria. El caso se centra en los EE.UU. pero
podría valer para cualquier país. Incluso con lagunas jurídicas como España.
Con muchísima imaginación moral y una mirada de respeto por los matices y las
contradicciones, Matt Ross ha embotellado un vino joven, fresquísimo, en una
botella tradicional, absolutamente reconocible e, incluso, convencional
(narrativa y estéticamente). Pero el vino joven que contiene esa botella hace
estallar unos taninos de una potencia inusitada, tanto para espectadores
predispuestos a sabores nuevos como para los más conservadores y reaccionarios,
a quienes, por lo menos, se les despertarán algunas cuestiones en sus papilas
gustativas carpetovetónicas. En la etiqueta encontramos varios ingredientes: un
libertarismo de izquierdas, una familia “disfuncional” (tamaño monovolumen),
filosofía chomskiana, emotividad a raudales, amor a la naturaleza, puntuales
pero contundentes contrastes con una familia “funcional” (de tipo utilitaria), Viggo
Mortensen, algunas contrariedades en la resolución de alguna escena (como en la
escena de los “bajos” del autobús) y una historia de compromiso moral y vital
que llega, con todo su sabor, a los paladares más abiertos y desprejuiciados.
Una de las sorpresas de la temporada 2016.
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