La Bruster & Bruster es una
multinacional que acaba de absorber a una pequeña empresa española de seguros.
Como condición para la fusión, un equipo de modernos profesionales de la
Compañía llegan a Madrid para reconvertir a sus empleados (especialmente a 5 de
ellos), anclados en una cultura de la empresa franquista y tecnocrática (es
decir, el clientelismo paternalista) y, ahora, lo que está de moda es el
“vendedor agresivo” (es decir, el proto-neoliberalismo). Roberto Bodegas
perpetra una ácida comedia sobre la reconversión económica española de los
setenta, parodiando al typical spanish
pero, también, a la cultura empresarial europea en general. En los momentos
serios, la película funciona muy bien, aunque algunas escenas estén un tanto
estiradas; en los momentos cómicos, la película funciona, simplemente, a base
de producir pequeñas sonrisas e, incluso, en algunos casos, algunas carcajadas.
Sin embargo, Bodegas podría haber medido un poco más los ritmos y los tiempos
para transformar esta mordaz historia en una comedia sofisticada à l'américaine. Y también podría haber continuado con la trama, a partir de los
créditos finales, rodando la que podría haber sido la guinda del pastel, el
viaje a Denver, Colorado, como premio al mejor equipo de ventas. Aunque la
última escena puede dejar una sonrisa torcida en la cara del espectador, del
espanto que le puede causar.
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domingo, 12 de marzo de 2017
Los nuevos españoles
2.5*
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domingo, 13 de noviembre de 2016
Huevos de oro
3*
Ascenso y caída de un hortera typical spanish, prototipo del ignorante
ambicioso que se movió en el ambiente de la cultura del pelotazo en la España
de los ochenta y de los noventa y, por extensión, un arribista (tipo el pijoaparte de Juan Marsé) pero sin
chicha ni limoná. Salvo por lo de “emprotrador” (en este sentido, atención a
las escenas de cama, en pareja y en trío). Un Bigas Luna muy venido arriba,
comienza a lamer las mieles del éxito con este film, que da rienda suelta a todas las obsesiones del director y
despliega una descripción despiadada de una época y de una forma de ver la
vida: la de la España del progre y la del pijo, dos estereotipos (tullidos
social y moralmente) que, sin embargo, se han encarnado en miles de individuos,
durante muchos años. Para mayor gloria del urbanismo descontrolado à la española. Javier Bardem apuntaló su
fama de actor de garra, entregando una interpretación contundente y fascinante,
poniendo la cara, el cuerpo y la chulería a Benito, un tipo de clase baja,
obrero y malestudiaó, que pretende
hacerse rico jugando al juego de la especulación urbanística en la costa
española. Para ello, tendrá que asociarse con mafiosos, con banqueros sin
escrúpulos, tendrá que dar braguetazas y tendrá que transgredir la legalidad,
además de someter a varias mujeres (Maribel Verdú, María de Medeiros y Raquel
Bianca). A grandes planos, en los que Luna intenta mostrar un retazo del
ambiente en el que se mueve Benito, el director contrasta con primeros planos
en los que se mueve la lujuria y el exhibicionismo desmedido de los
protagonistas. Finalmente, aunque el personaje de Bardem pueda atraer al
público más cañí (y, de hecho es así), Luna no esconde su fatuidad, su
vulgaridad y su patetismo. Y así finaliza la película.
lunes, 31 de octubre de 2016
Ciudad quemada (Aka La ciutat cremada)
3.5*
A través de una familia burguesa
de productores de cava, los Palau, Antonio Ribas intenta representar histórica
y épicamente un momento especialmente convulso y conflictivo de la historia catalana: el momento que media entre el final del siglo XIX (con las pérdidas
coloniales) y comienzos del XX (con la Semana Trágica). Es decir, el momento
histórico en el que se gesta el catalanismo moderno, como ha señalado Antoni
Rigol. Siguiendo la estela de obras como Novecento,
de Bernardo Bertolucci, o La tierra de la gran promesa, de Andrzej Wajda ,
Ribas compone un amplísimo retablo histórico en el que intenta introducir las
vidas, costumbres y pensamientos de los obreros, de los agricultores y del
resto de trabajadores así como lo propio de las clases altas, propietarias y
burguesas, todo ello en un marco político de luchas entre los intereses
capitalistas y de clase de la burguesía y de la aristocracia y los incipientes
movimientos sindicales, radicales y anti-clericales, con las campañas de
Alejandro Lerroux a la cabeza. Y, para más INRI, intentando completar el
retrato añadiendo todo la cuestión nacionalista (el “problema catalán”),
republicana y anti-monárquica. Sorteando un rodaje repleto de problemas y
contratiempos, y financiada mediante las aportaciones de unos 102 (o 132, según
las fuentes) inversores, la obra tuvo una enorme acogida en la Cataluña de su
estreno, llegando a ganar distintos premios cinematográficos, como en Montreal
o el del Filme Ibérico y Latinoamericano.
domingo, 6 de diciembre de 2015
Los días del pasado
3.5*
En 1985, Julio Llamazares publicó
una de las mejores novelas sobre la lucha antifranquista en la inmediata
postguerra rural española, en concreto sobre los maquis: Luna de lobos. Su adaptación cinematográfica, obra de un
desconocido Julio Sánchez Valdés, no fue desafortunada pero tampoco para echar
cohetes. Adolecía de frialdad y de un cierto y paradójico distanciamiento. Casi
lo contrario de lo que ofrece esta producción: una historia emocionante y
cercana sobre una triste realidad, el final de una ilusión, la que suponía
ganar una guerra que ya estaba perdida. De hecho, hay una conmovedora escena en
la que el capitán de un grupo de resistentes expone los motivos de su presencia
en las montañas, con una honradez y una dignidad que no habían aparecido en el
cine español hasta la fecha, como explica José Antonio Vidal Castaño en su La memoria reprimida: historias orales del
maquis. Mario Camus acierta al elaborar su representación del hambre, del
racionamiento, del frío y del aislamiento rural, por un lado, así como del
control de la falange y de las fuerzas vivas pero también de la clandestina y,
a menudo, silenciosa oposición de algunos de los vencidos en la Guerra Incivil,
por el otro. La icónica, y ex Marisol, Pepa Flores pone su hermoso rostro y su sobrio talento a una profesora que acepta una plaza en las montañas Astures con la
secreta misión de reencontrarse con su marido (Antonio Gades), oculto en los
bosques cercanos (del valle de Cabuérniga) tras su paso por la 2ª Guerra
Mundial. En la BSO, temas instrumentales de Ay,
Carmela, una de esas canciones combativas que acompañaron a los camaradas
republicanos durante toda la contienda, y que ha dado nombre a otra de las
mejores obras sobre el periodo histórico en cuestión, el film de Carlos Saura.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Españolas en París
3*
La jovencita Isabel García (Ana
Belén), de Sigüenza, emigra al París de comienzos de los setenta para trabajar
sirviendo en el Distrito XVI, uno de los bastiones de la burguesía francesa. Allí
le esperan un variopinto grupo de personas, entre las que destaca otra criada, Emilia
(Laura Valenzuela), y un chófer, Manolo (Máximo Valverde). Primer y,
probablemente, el más sólido éxito de la llamada “tercera vía” del cine español
de la época, en particular respecto del cine comercial producido por el marido
de una de las protagonistas del film,
José Luis Dibildos. Desde este punto de vista, la película se aleja de esas
representaciones costumbristas, paletas y pseudo-cómicas (tipo, Pepe, vente a Alemania) para intentar
describir con cierto realismo “la historia de la vida” de una employee de maison española en la Ville lumière. En este sentido, tanto
el guión (con la participación de Mingote) como la dirección, de Roberto
Bodegas, aparecen como dos virtudes destacables. Los múltiples guiños a la
industria cinematográfica de la época incluyen la presencia de José Luis López
Vázquez, José Sacristán, Teresa Rabal, Simón Andreu o Tina Saínz, por ejemplo. Entre
otras curiosidades, la cinta ofrece un homenaje a Jean-Pierre Melville, a Matías
Prats, a Paco Ibañez y a los empresarios “modelos” del momento, los Barreiros,
en su etapa Chrysler. Para terminar, el visionado produce en el espectador un
efecto chocante: las imágenes parecen una máquina del tiempo y, al mismo tiempo,
un aviso respecto a las migraciones por venir.
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viernes, 13 de marzo de 2015
La sombra de un recuerdo
2*
![]() |
| Dedicada a José Antonio Diego Bogajo |
Rarezón necrófilo dentro de la
filmografía española, rodado entre Madrid y San Lorenzo de El Escorial y con el
protagonismo de uno de los padres de la muchachada en la mítica serie
televisiva Verano Azul, Manuel Tejada, quien, por cierto, reniega completamente de la película. El argumento
de esta producción “S” gira en torno a las correrías de un playboy, especialista en antigüedades, que se dedica a conquistar y
a asesinar a toda mujer que se pone a tiro. Además, con ellas practica la
necrofilia, a causa de algún que otro trauma sentimento-familiar. El estilo
visual y narrativo del director, un desconocido José Antonio Barrero, oscila
entre el giallo de segunda y el
fantaterror español de la época (Naschy, Martín, Ossorio). En todo caso, en la
misma medida que la cinta de Pedro Olea sobre Benito Freire, el espectador no
puede disfrutar de mucha emoción porque, desde el principio, ya se sabe quién
es el asesino. El único misterio que le queda a la trama es vislumbrar si el
detective de turno (en este caso, un joven Emilio Gutiérrez Caba) va a dar caza
al criminal antes de que cometa su próximo homicidio. Poco se puede decir de la
calidad técnica de la cinta porque las copias existentes del film hacen casi impracticable un juicio
sosegado. En todo caso, estamos ante un ejemplo sanamente bizarro (y cuasi, cuasi maldito) de ese cine
de explotación comercial, tan querido durante el boom industrial que vivió Europa durante la irredenta década de los
setenta, sin rebozo alimentado por la moda de las coproducciones.
lunes, 26 de enero de 2015
El arreglo
2.5*
El inspector Crisanto (Eusebio Poncela) regresa
a Madrid tras un periodo de convalencia en Berlín. A su llegada, un íntimo
amigo y superior suyo muere asesinado justo el mismo día en el que le asigna el
llamado “caso del Malayo”. Con un Eusebio Poncela pre-Carvalho, el ex-diplomático José Antonio
Zorrilla compone un neo-noir castizo,
un capítulo más que digno de esa serie negra madrileña, en la línea de Juan
Madrid, con los servicios secretos españoles, la antigua dirección general de
seguridad y las altas esferas de por medio, en un ambiente de consolidación
democrática tras la dictadura franquista y el golpe de estado del 82, es decir,
en un ambiente policial que no fue purgado y donde las nuevas costumbres
democráticas todavía no han hechado raíces (¡ese retrato de Juan Carlos I
todavía por colgar!). Además, Zorrilla pasea la trama por una geografía urbana
variada y bien elegida e introduce la cámara en distintos ambientes quinquis,
de miseria y underground de la época,
lo que le confiere una pátina de verosimilitud y credibilidad, a la que hay que
añadir ciertos homenajes cinéfilos (desde Taxi
Driver a Gallos de pelea). El
principal fallo de la cinta es, no obstante, la labor de algunos actores.
Incluso el propio Poncela desbarra en algunas ocasiones (como en la escena de
la pesadilla, por ejemplo). Además, algunas secuencias, algunos diálogos y
algunos nombres de personajes (Secundino Pelayo, sic) sonrojan de tanto en
tanto. En todo caso, un film
estimable, por la valentía de su planteamiento (eran los tiempos de los GAL) y por su correctísima ejecución.
Recordemos que José Luís Garci había estrenado su estupendo El Crack justo un par de años antes, en
1981. Y recordemos también que, en 1988, se estrenaría un film sobre un caso de corrupcion real ocurrido en Vigo, Redondela.
martes, 28 de octubre de 2014
La isla mínima
3*
Es sorprendente descubrir la
enorme aceptación que ha tenido la última película de Alberto Rodríguez en
España. La crítica ha consensuado una recepción muy positiva, para no
desentonar ni con la época ni con el espítiru del film, ya que se desarrolla en los últimos años de la transición. Y
ello es sorprendente porque no debería ser excepcional rodar una película como ésta.
Al contrario: tendría que ser lo normal. Como normal es la historia y la
idiosincrasia con la que está narrada. Aunque la factura técnica general es
estupenda, eso es verdad. Y en todos los niveles. En 1980, un par de policias
de métodos y orígenes muy diversos tienen que desplazarse a un pueblo marismeño
para investigar unas desapariciones. Poco a poco, irán desembuchando una trama
de engaños, secuestros, torturas y asesinatos en la que cada habitante del lugar casi parece
que tiene un papel asignado y predeterminado. Con una estética muy deudora del thriller surcoreano reciente (Memories of Murder mediante) y un guión
de lo más ramplón, Rodríguez intenta hacer creíbles a dos actores que no
terminan de fusionarse con sus personajes. Especialmente inverosímil está Raúl Arévalo, que ha decidido arrastrar por todo el metraje una cara de persona
seria para así parecer serio. Algo que no consigue. Porque una cosa es ser
serio y otra parecerlo. De hecho, una cosa es ser un policía y otra ser un ser
humano inexpresivo. Los secundarios, sin embargo, están bastante más
convincentes. Lo más sorprendente de la película, por otro lado, es la idea que
se revela al final (y que ya ha estado revoloteando en la mente del espectador
medio pese al aturdimiento que consiguen crear tanto el ritmo de la trama, como
las contínuas elipsis o la BSO del gran Julio de la Rosa), una idea que escupe
al espectador una crítica muy poderosa: que también en el lado de la ley hay
hijosdeputa. Y que los que torturan, asesinan y explotan no tienen por qué ser seres
deformes, monstruos físicos u outsiders
infelices. La ley también necesita del mal. Por cierto, los famosos títulos de crédito parecen inspirados en la fotografía y en los films de Yann Arthus-Bertrand. O en el comienzo de Conflicto de intereses.
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lunes, 14 de julio de 2014
7 días de enero
3*
Docudrama sobre el
asesinato de 5 abogados laboralistas, perpetrado por un pequeño grupo de
ultraderechistas sin cerebro ni personalidad, en el Madrid de plomo de la
transición. En esa transición modélica que se construyó sobre un clima de inusitada
violencia, aunque ahora poca gente se quiera acordar. Juan Antonio
Bardem reconstruye los hechos, basándose en las experiencias de primera mano
del ultraindependiente Gregorio Morán pero, también, en las actas judiciales, elaboradas con los testimonios de
3 supervivientes, de los acusados, sus superiores organizativos y las pocas
pesquisas policiales que se facilitaron. Lo interesante del film es la poderosa labor de montaje que se ha realizado,
superponiendo acontecimientos, personajes, puntos de vista, causas y resultados.
Otro aspecto interesante es que la película muestra muchas de las cobardes e
institucionales conexiones de los asesinos, tanto con las élites
políticas franquistas (que defiendes solo sus propios intereses)
como con las estructuras policiales represivas y falangistas (esas camisas
azules que lo mismo hablan de revolución que de eliminar el sindicalismo
[sic]). La película fue estrenada unos dos años después de los hechos y viene a
sintetizar el esfuerzo de los partidos y sindicatos
de izquierda, no solamente por olvidar la Guerra Civil y la
represión de que fueron objeto hasta bien entrada la democracia, sino también
por reconciliarse con los elementos que les habían sometido. De ahí la
referencia final al símbolo de la reconciliación,
la constitución de 1978.
martes, 30 de abril de 2013
Navajeros
3*
El cine quinqui,
propio de una época y de una coyuntura industrial, permitió a una estirpe de
cineastas valientes radiografiar buena parte de la sociedad española siguiendo
el rastro de varios submundos de delincuencia, droga y prostitución. Las dos
partes de El Pico, Yo, “el vaquilla”, Colegas, Perros Callejeros
y esta, Navajeros, fueron la punta de
iceberg de un fenómeno sociológico que tuvo escaso reconocimiento crítico: el
del cine barriobajero, que se mantiene como un subgénero dentro del cine
político de la época. Por ejemplo, La muerte de Mikel, de Imanol Uribe. En este caso, Eloy de la Iglesia sigue
las correrrías del Jaro y su banda, delincuentes juveniles, en el Madrid de
mediados de los ochenta, con los socialistas en el poder, el postfranquismo y
la corrupción policial así como las aspiraciones de un lumpenproletariat marginalizado que no tienen ninguna cabida en la
sociedad que se está intentando construir. Es decir, de la Iglesia, aprovechando
el alarmismo ciudadano sobre las bandas juveniles y lanzando un anzuelo a la
boca del morbo social, el director vasco ofrece una segunda lectura de una
España a medio construir, llena de descampados, escombros, sordidez y sueños rotos. Una especie de copia en negro de la realidad contemporánea. Como dice el
personaje de José Sacristán, que un chaval de 16 años, en vez de darte las
buenas noches, te ponga la navaja en el cuello significa que algo va mal en la
sociedad. Desde el punto de vista cinematográfico, la película cuenta con
interpretaciones ajustadas (la de José Luís Manzano no es, desde luego, la más
seductora), una BSO calorra, una
narración férrea y un argumento dramatico que tiene un final a lo Keoma.
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viernes, 21 de diciembre de 2012
El desencanto
3.5*
En uno de los geniales poemas de Ángel González, el poeta
asturiano, tan amigo del Single Malt,
afirma que “aquel tiempo/no lo hicimos nosotros;/él fue quien nos deshizo./Miro
hacia atrás./¿Qué queda/de esos días?/Restos,/vida quemada,/nada./Historia: escoria”.
Historia, es decir, escoria. Los restos del incendio. Las sombras del calor. Lo que queda, también, de una familia difícil. Leopoldo
Panero, uno de los poetas laureados
del franquismo (junto con Luís Rosales, por ejemplo), murió en 1962. En 1975,
el director Jaime Chávarri estrenó este documental sobre la viuda y los hijos
del poeta. Chavarrí expone a la cámara las revelaciones que de manera
individual Felicidad Blanc, Juan Luís Panero, Leopoldo María Panero y Michi
Panero hacen (hicieron) a toda una generación de españoles que aún se frotaban
las manos en las ascuas de la fogata franquista. Lo más interesante es, sin
embargo, las conversaciones y discusiones que tuvieron entre ellos, llenas de
reproches, condescendencias y envidias. La película funciona, en un primer
plano, como la radiografía de una familia en crisis, años después de la muerte
del padre y con los traumas individuales que provocó una educación rígida e
hipócrita. Pero, en segundo plano, el desmoronamiento de dicha familia puede
interpretarse como una sinécdoque perfecta de las graves consecuencias psicológicas y familiares del desarrollo de la cultura franquista. Curioso
resulta descubrir la extraña mezcla de intelectualismo, agarrotamiento moral e
indiferencia vital de toda la familia, que no dudan en hacer risa,
retrospectivamente, acerca de la muerte de unos cachorros que fue ordenada por el
pater familias. Está claro: muchos
intelectuales confunden sensibilidad con una educación intelectual. Por cierto, aunque no es una película para todos los públicos, Ricardo Franco rodó una especie de secuela, Después de tantos años, debido al éxito relativo que tuvo en ciertos círculos.
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Ricardo Franco
miércoles, 17 de octubre de 2012
Ana y los lobos
3.5*
![]() | ||
| Dedicada a un seguidor Anónimo. |
Una joven institutriz inglesa llega a una mansión, en
medio del campo, para encargarse de la educación de tres niñas que viven con
sus padres, sus dos tios, su abuela y los criados. Desde el mismo momento de su
llegada, la institutriz comienza a presenciar el extraño comportamiento de
todos los miembros de la familia. Siguiendo a Buñuel y a Fellini, Carlos Saura
da rienda suelta a sus querencias autobiográficas y necesidades sociológicas y
presenta un auto sacramental sobre la esencia de la España franquista, construida
sobre la Iglesia, el ejército y la familia burguesa patriarcal, en un clima de
represión sexual, tabúes y violencia vital, como en La caza. Una lectura literal de la película siembra el desconcierto
porque Ana y los lobos insta al
espectador a realizar una lectura alegórica, donde cada uno de los personajes
representa una idea o una institución y, por tanto, la familia entera podría
representar a una parte importante de la realidad del país. Saura se cita
constantemente a sí mismo y a su cine (tanto retrospectiva como prospectivamente,
como diría Borges), conviertiendo a esta película en una especie de summa fílmica del autor. Pero también
es, paradógicamente, la bisagra para el tipo de cine que llevaría a cabo en los
setenta. Los actores (Geraldine Chaplin, Rafaela Aparicio, Fernando Fernán
Gómez, Juan María Prada, Juan Vivó y Charo Soriano) convierten a sus
personajes-idea en unos seres absolutamente creíbles y tanto la dirección como la puesta en escena acusan una soltura
y una levedad como solo alguien que domina el medio cinematográfico puede
llevar a cabo. El final, por muy fantasioso que se quiera ver, es de una dureza
seca y despiadada. Además, se transforma en un poderoso “símbolo visual” de la Guerra Civil española.
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jueves, 1 de diciembre de 2011
Los santos inocentes
4*
En la España de los años sesenta del siglo XX, una familia de campesinos vive y trabaja en el cortijo de unos caciques aristocratizados, a cambio de un mísero sustento y con la contrapartida de padecer, constantemente, la humillación y el desprecio propios de una sociedad elitista, inmisericorde y egoísta. Mario Camus adaptó la novela homónima del gran escritor vallisoletano, Miguel Delibes, para narrar una grandísima historia de sometimiento físico y moral, en una España reciente con la que muchos espectadores no se quieren sentir identificados. Sin embargo, tanto el contexto histórico como el argumento son dolorosamente verosímiles y, por eso mismo, desgarradores, atrozes. Hay que destacar al plantel de
actores, francamente en estado de gracia -especialmente Alfredo Landa, Francisco Rabal y Juan Diego-, y la música del original compositor Antón García Abril -el creador de la icónica cabezera de El hombre y la tierra-. La película puede ser leída
como una radiografía del franquismo, entendido como un cáncer dominante y
represivo.
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