Tras la grata sorpresa de
Fantástico Sr. Fox y la
relativa decepción de Moonrise Kingdom,
Wes Anderson se ha tomado su tiempo para organizar mejor su nueva película, un
homenaje explícito a un mundo desaparecido, el de la Mitteleuropa. Un mundo añorado por Stefan Zweig y micro y macro
estudiado por Claudio Magris. Aunque la referencia más directa podría ser El hotel Savoy, de Joseph Roth. Pues bien, este penúltimo diorama viviente
de Wes Anderson despliega una narración postmoderna alrededor de uno de esos
divinos ayudantes de los que hablara Robert Walser, su colonizado compañero y
un argumento ingenioso y encantador donde no faltan muertes, sospechosos,
cárceles, huídas, persecuciones, pasteles
austríacos y, como colofón, nazis disfrazados de Zigs Zags. El film está repleto de esas pequeñas y
milimetradas estampas, abigarradas (a su vez) de pequeños detalles de época,
guiños históricos e inofensivas ironías que constituyen la marca de la casa. La
película mantiene una curiosa especie de constante
risa intelectual, que se vive para dentro más que para fuera, que
consigue una cierta desdramatización pero que, a la postre, ayuda a conseguir
que el espectador sienta simpatía y empatía por lo que les pasa a los
personajes, algo que no siempre consigue el cine de Anderson, obsesionado como
está por la minuciosidad y por la galería de actores (al
contrario que un Michel Gondry, por ejemplo, maestro de la estética y de la
innovación narrativa que, sin embargo, siempre arrastra al espectador a la
felicidad o al sufrimiento de sus historias). Es verdad que hay cierta redundancia
en los encuadres, que el zoom se vuelve rutinario y que el movimiento de cámara
se ha quedado encasquillado en el travelling
pero, para equilibrar, hay que destacar el excelente trabajo con el montaje así
como esa luz irreal y optimista que proyecta en todos los trabajos del director
el fiel Robert Yeoman. Por su parte, Alexandre Desplat
entrega una partitura donde las armonías, las escalas y las melodías, donde los
instrumentos, los timbres y los ritmos hacen justicia al pintoresco argumento
y, sobre todo, a ese intento constante del director por atrapar una época, por
colonizarla con su miniaturismo estético y con su nostálgica moral.





