Marcelo, ese periodista arquetípico
de La dolce vita, es “ahora” un
director de cine que, en plena crisis de inspiración, pone en marcha una nueva
película. El productor, el guionista, los actores, las actrices, los técnicos, todos
los implicados en la misma le acosan para que defina, cuanto antes, su nueva
obra, una obra que tiene lazos fantásticos y de Ciencia Ficción, sobre un
Holocausto termonuclear. Federico Fellini abandona definitivamente su previo
neorrealismo en pos de un nuevo estilo, una mezcla de costumbrismo arrebatado, esperpento
all'italiana, unas
gotitas bien dosificadas de surrealismo simbólico, metaficción y esa especie de
realismo ambiguo, de “realismo mágico”, que será la característica primordial del resto de su filmografía. En
pantalla, y con la ayuda de un blanco y negro pulcro y prodigioso, se suceden
una serie de situaciones y acontecimientos, aparentemente arbitrarios, pero
que, poco a poco, van dibujando una historia que, desvaneciendo los límites
entre la realidad y la ficción, habla de la creación, del pasado, de la
identidad, de la memoria colectiva y del amor. Una historia que impresiona al
espectador mediante una puesta en escena vanguardista que alterna entre la
sobriedad, el plano secuencia (ese que tanto amó Berlanga), pequeños
movimientos de cámara a contrapelo (que tanto gustan a Scorsese), una
profundidad de campo apasionante (que seguro que Kubrick conocía muy bien) y el
abigarramiento estético y moral puramente felliniano.
En definitiva, el canto del cisne del cine de su autor, una película compleja y
rica que logra vertebrar, como ninguna otra de su filmografía, casi todos los
elementos y obsesiones de su autor. 10 años después, y frente a una tesitura
parecida, Federico volvería a asombrar con la más popular Amarcord, igualmente poseedora de una BSO deliciosa del gran Nino
Rota.
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jueves, 29 de septiembre de 2016
Fellini, ocho y medio (8½) (Aka 8½ Otto e mezzo)
4*
Etiquetas:
1963,
Cine dentro del cine,
Comedia,
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Fellini 8½,
Marcello Mastroianni,
Nino Rota,
Película de culto,
Surrealismo
sábado, 16 de mayo de 2015
Mis 5 imprescindibles de Federico Fellini:
-
Los inútiles (1953).
-
La dolce vita (1960).
-
Fellini 8½ (1963).
-
Satiricón (1968).
-
Amarcord (1973).
jueves, 6 de junio de 2013
El jeque blanco
3.5*
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| Dedicada a Teresa Serrano |
Hay cineastas que germinan desde una minúscula semilla y
que, con el tiempo, se alzan férreos e inabarcables como una sequoya. La germinación tiene sus cosas
buenas pero también sus cosas malas. Entre las buenas, la idea de que en sus
primeras películas pueden encontrarse los motivos y las querencias de casi toda
su obra posterior. Entre las malas, la predisposición, por tanto, a repetirse,
a obsesionarse, a saturarse. Federico Fellini ha venido germinando durante
décadas pero, curiosamente, no desde su primera obra sino desde la segunda, El jeque blanco, de 1952, que contiene
ideas, aciertos y temas que se
mantendrán hasta Y la nave vá (la
playa como imagen del naufragio vital), Entrevista (el cine dentro del cine), La dolce vita (el caos de las multitudes) o Las noches de Cabiria (el personaje de
Giulietta Masina). La historia presenta una sátira de los convencionalismos morales
de la Italia de postguerra, aprovechando una situación que se presenta
realmente pintiparada: una pareja de recien casados que se encuentran
disfrutanto de su luna de miel en Roma y que se proponen turistear la ciudad en
compañía de la influyente familia del esposo. Frente a un marido ramplón y
cumplidor hasta el vómito, una primeriza y casi adolescente esposa decide
visitar los estudios donde se rueda su fotonovela favorita. La idea es conocer
en persona al hombre de sus sueños, el jeque blanco, al que pone rostro un caradura
y genial Alberto Sordi (un personaje que, aun siendo su reverso, recuerda al de
Tom Baxter de La rosa púrpura de El Cairo).
Pero las cosas se complican y el marido comienza a sospechar que su mujer le ha
abandonado, con lo que tendrá que esconder el hecho a su familia.
Evidentemente, se trata de una obra primeriza y eso se nota en la
planificación, en una iluminación inestable (aunque la copia consultada también
puede tener que ver) y, sobre todo, en el zigzageante (e injustificado)
montaje. La música de Nino Rota, como siempre, revolotea a la perfección por
todo el metraje.
domingo, 20 de mayo de 2012
La Strada
4*
El Gran Zampanò (Anthony Quin) es un artista ambulante que recorre
Italia ofreciendo su burdo (y actualmente trasnochadísimo) espectáculo circense con la ayuda de la ingenua Gelsomina
(Giuleta Masina), una especie de Chaplin feminizada. Entre ambos personajes se
va creando una extraña relación de dependencia y sumisión que, finalmente, se hundirá como consecuencia de un dramático accidente en el que participa otro
compañero de profesión, Il Matto
(Richard Basehart), algo que sugiere la comparación con la obra maestra de Jean Vigo, L’Atalente (1934). Con una dirección precisa, que
respeta a los personajes y a la historia, y apoyándose en la extraordinaria
interpretación del trío protagonista y en la emotiva partitura de Nino Rota,
Fellini levanta una imperecedera tragedia sobre la soledad, en un blanco y
negro profundo y desolado. Resulta asombrosa la forma en la que Fellini va diseccionando
la miseria y la incomunicación de dos individuos desarraigados que deben
sobrevivir en la strada, sin
sentimentalismo ni patetismo alguno, sólo mostrando los efectos psicológicos de
la falta de cariño y de empatía. La
Strada recibió el primer Oscar de
la historia a la película extranjera, en 1956, aunque el film es de 1954. Producida por Carlo Ponti y Dino de Laurentiis,
supone la película más representativa del neorrealismo felliniano, si bien ya
comienza a vislumbrarse ese surrealismo carnavalesco y esperpéntico,
característico de toda su obra posterior.
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