Auténtico milestone dentro de la filmografía de Lucio Fulci, esta obra tiene
la suficiente personalidad propia para destacar dentro del giallo, además de tener uno de los títulos más sugerentes y
acertados de todo el subgénero. Es verdad que Fulci bebe de las fuentes,
digamos, clásicas (Bava, Argento, Bazzoni, Martino) pero las exprime y adapta a
su propio estilo cinematográfico. Por ejemplo, allí donde Argento destila los esencias
primarias del género para usarlos como ingredientes básicos de un sofisticado
perfume, Fulci los estira y retuerce para conseguir sacudir al espectador con
un olor chillón y desabrido. Por eso es curioso observar la casi total ausencia
de erotismo en los films de Argento,
mientras que muchos de los giallo de
Fulci se acercan al sexploitation. Es
decir, en la obra de Fulci hay desnudos, hay sexualidad, carnalidad, pasión. Ambos
comparten un malsano gusto por la violencia y por el trazo grueso en cuanto al
diseño de asesinatos explícitos pero es Fulci, una vez más, el que lleva este
aspecto un punto más allá, añadiendo lo mórbido y lo putrefacto. Finalmente,
conviene añadir que la película tiene casi todos los rasgos típicos del cine de
Fulci, lo que Troy Howarth ha llamado sus Splintered Visions: un montaje precipitado, con ciertos errores; una composición de
planos que alterna entre el art cinema y lo gamberro; movimientos de
cámara enfermizos, febriles; un gusto por el lujo, ciertamente esteticista, que
no esconde la atracción por las bajas pasiones y por el gore (como en la escena
de los perros de laboratorio, por ejemplo); el juego con lo onírico; la
imagineria simbólica y surrealista, etc. En realidad, casi todos los directores
que tocaron el giallo han querido ser
considerados auteurs pero solo unos
pocos lo son en realidad. Para bien o para mal, Lucio Fulci es uno de ellos.
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sábado, 5 de marzo de 2016
Una lagartija con piel de mujer (Aka A Lizard in a Woman's Skin)
3*
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Una lagartija con piel de mujer
martes, 19 de enero de 2016
Anónimo veneciano (Aka Anonimo veneziano)
3.5*
Ópera prima del gran Enrico María Salerno, como director, que pone en escena una melancólica variación sobre la
pasión, el cariño y el desamor humanos, en la línea de Dos en la carretera y de Love
Story. En pleno proceso de divorcio, un músico veneciano manda llamar a su
todavía esposa para intentar cicatrizar unas cuestiones de pareja. Juntos, durante un día,
recorrerán la ciudad de los canales, recordando su pasado común y digiriendo su
agonizante presente, distanciados como personas pero unidos como amantes.
Thomas Mann ha escrito en La muerte en
Venecia que “para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente
una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y
hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de
su generación”. Pues bien, Salerno consigue atrapar el espíritu de la irredenta
década de los setenta con esta hermosa y triste elegía sobre el más misterioso
tema universal: el amor. Pero también sobre la muerte. La fotografía herrumbrosa
de Marcello Gatti, la música pesarosa de Cipriani y el concierto para oboe y
orquesta del diletante Alessandro Marcello y, en fin, la sofisticación de los
diálogos y de los juegos semánticos del film,
transforman el visionado de esta obra en una experiencia auténticamente
catártica, de manera especial para todos aquellos espectadores que hayan amado
y hayan perdido ese amor. Salerno volvería a buscar el éxito que consiguió con
esta película con sus siguientes producciones tras la cámara, El último adiós en Londres y Eutanasia de un amor.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Una chica más bien complicada
3*
Uno de esos atípicos giallos
(por llamarlo de alguna manera) que salpican la cinematografía italiana, obra
del director de Yo soy la revolución,
Damiano Damiani, recientemente fallecido. Aunque, en el fondo, lo que se cuenta
es un drama pasional, en la línea de otros productos de la época, como en La esclava del placer, del rescatable
Brunello Rondi, o en El gancho, del
desconocido Enricos Andreou. En la coctelera, varios chispeantes ingredientes: un
triángulo amoroso, ciertas perversas atracciones, sexo, conversaciones pseudo
intelectuales, lesbianismo, al menos una femme
fatale, un misterio que va creciendo según avanza la trama y una estética artistoide
y parcialmente psicodélica. Se agita todo con la fuerza y el tiempo necesarios,
se añaden unas gotas de Antonioni, se presenta adecuadadamente (la puesta en escena en el género es habitualmente uno
de sus puntos fuertes) y se consiguen 100’ de puro thriller psicológico y existencial, con algunos sabores cinéfilos
muy apropiados. En el terreno actoral, hay que señalar que las actrices están perfectas (Catherine Spaak y Florinda Bolkan),
además de guapísimas, y que el protagonismo
masculino está en manos de un franconeriano Jean Sorel. El score, por el contrario, chirría en bastantes ocasiones.
viernes, 13 de septiembre de 2013
Huellas de pisadas en la luna (Aka Le Orme)
3.5*
Ejemplo señero de lo que podríamos calificar como giallo metafísico, una mezcla de literatura borgeana y Leonardo Sciascia, por ejemplo.
Alice Campos (Florinda Bolkan), una traductora que tiene un sueño recuerrente
en el que un astronauta es abandonado en la luna, se levanta una mañana y, al
llegar al trabajo, descubre que no recuerda lo que le ha pasado los tres días
inmediatamente anteriores. En la cocina de su casa encuentra una postal hecha
pedazos, con una fotografía de un hotel, el Garma, lo cual le resulta un
autentico misterio. Decide ir a descubrir qué ha podido haber pasado y por qué
ha olvidado esos 3 días de su vida. Lo que encontrará detrás de su amnesia (mezclada con sus pesadillas) será una mezcla de
cordura y esquizofrenia, algo que pondrá a prueba los hilos que
todavía la mantienen en contacto con la realidad. Le Orme muestra claros antecedentes con el mundo onírico
y desquicidado de David Lynch, con el mundo de Roman
Polanski y, en menor medida, con el de Robert Altman (por lo menos con el de la
época). Curiosamente, las escenas de ciencia ficción
que, en su momento, debieron parecen muy futuristas (aunque estaban rodadas con
el estilo sepia-socialista de un Tarkovski, por ejemplo), ahora forman parte del
lado más retro del film. Por su
parte, la parte normal de la película es, ahora, la más moderna. Convincente
interpretación de Florence Bolkan y curiosa aparición de Klaus Kinski, como el profesor
Blackman. Excelente desarrollo de la intriga (a base de continuos y
sorprendentes detalles, algunos de los cuales, sin embargo, son un tanto
previsibles), localizaciones maravillosas, fotografiadas con una compleja
variedad cromática y luminosa por parte de un Vittorio Storaro pocos años antes
de aterrizar en Hollywood (entre El
último tango en París y Novecento)
y un trabajo de dirección exquisito que, además, desarrolla su papel semántico a
la perfeccion (atención, por ejemplo, a la doble escena en el embarcadero).
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