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sábado, 5 de marzo de 2016

Una lagartija con piel de mujer (Aka A Lizard in a Woman's Skin)

3*

Auténtico milestone dentro de la filmografía de Lucio Fulci, esta obra tiene la suficiente personalidad propia para destacar dentro del giallo, además de tener uno de los títulos más sugerentes y acertados de todo el subgénero. Es verdad que Fulci bebe de las fuentes, digamos, clásicas (Bava, Argento, Bazzoni, Martino) pero las exprime y adapta a su propio estilo cinematográfico. Por ejemplo, allí donde Argento destila los esencias primarias del género para usarlos como ingredientes básicos de un sofisticado perfume, Fulci los estira y retuerce para conseguir sacudir al espectador con un olor chillón y desabrido. Por eso es curioso observar la casi total ausencia de erotismo en los films de Argento, mientras que muchos de los giallo de Fulci se acercan al sexploitation. Es decir, en la obra de Fulci hay desnudos, hay sexualidad, carnalidad, pasión. Ambos comparten un malsano gusto por la violencia y por el trazo grueso en cuanto al diseño de asesinatos explícitos pero es Fulci, una vez más, el que lleva este aspecto un punto más allá, añadiendo lo mórbido y lo putrefacto. Finalmente, conviene añadir que la película tiene casi todos los rasgos típicos del cine de Fulci, lo que Troy Howarth ha llamado sus Splintered Visions: un montaje precipitado, con ciertos errores; una composición de planos que alterna entre el art cinema y lo gamberro; movimientos de cámara enfermizos, febriles; un gusto por el lujo, ciertamente esteticista, que no esconde la atracción por las bajas pasiones y por el gore (como en la escena de los perros de laboratorio, por ejemplo); el juego con lo onírico; la imagineria simbólica y surrealista, etc. En realidad, casi todos los directores que tocaron el giallo han querido ser considerados auteurs pero solo unos pocos lo son en realidad. Para bien o para mal, Lucio Fulci es uno de ellos.

martes, 19 de enero de 2016

Anónimo veneciano (Aka Anonimo veneziano)

3.5*

Ópera prima del gran Enrico María Salerno, como director, que pone en escena una melancólica variación sobre la pasión, el cariño y el desamor humanos, en la línea de Dos en la carretera y de Love Story. En pleno proceso de divorcio, un músico veneciano manda llamar a su todavía esposa para intentar cicatrizar unas cuestiones de pareja. Juntos, durante un día, recorrerán la ciudad de los canales, recordando su pasado común y digiriendo su agonizante presente, distanciados como personas pero unidos como amantes. Thomas Mann ha escrito en La muerte en Venecia que “para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación”. Pues bien, Salerno consigue atrapar el espíritu de la irredenta década de los setenta con esta hermosa y triste elegía sobre el más misterioso tema universal: el amor. Pero también sobre la muerte. La fotografía herrumbrosa de Marcello Gatti, la música pesarosa de Cipriani y el concierto para oboe y orquesta del diletante Alessandro Marcello y, en fin, la sofisticación de los diálogos y de los juegos semánticos del film, transforman el visionado de esta obra en una experiencia auténticamente catártica, de manera especial para todos aquellos espectadores que hayan amado y hayan perdido ese amor. Salerno volvería a buscar el éxito que consiguió con esta película con sus siguientes producciones tras la cámara, El último adiós en Londres y Eutanasia de un amor.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una chica más bien complicada

3*

Uno de esos atípicos giallos (por llamarlo de alguna manera) que salpican la cinematografía italiana, obra del director de Yo soy la revolución, Damiano Damiani, recientemente fallecido. Aunque, en el fondo, lo que se cuenta es un drama pasional, en la línea de otros productos de la época, como en La esclava del placer, del rescatable Brunello Rondi, o en El gancho, del desconocido Enricos Andreou. En la coctelera, varios chispeantes ingredientes: un triángulo amoroso, ciertas perversas atracciones, sexo, conversaciones pseudo intelectuales, lesbianismo, al menos una femme fatale, un misterio que va creciendo según avanza la trama y una estética artistoide y parcialmente psicodélica. Se agita todo con la fuerza y el tiempo necesarios, se añaden unas gotas de Antonioni, se presenta adecuadadamente (la puesta en escena en el género es habitualmente uno de sus puntos fuertes) y se consiguen 100’ de puro thriller psicológico y existencial, con algunos sabores cinéfilos muy apropiados. En el terreno actoral, hay que señalar que las actrices están perfectas (Catherine Spaak y Florinda Bolkan), además de guapísimas, y que el protagonismo masculino está en manos de un franconeriano Jean Sorel. El score, por el contrario, chirría en bastantes ocasiones.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Huellas de pisadas en la luna (Aka Le Orme)

3.5*

Ejemplo señero de lo que podríamos calificar como giallo metafísico, una mezcla de literatura borgeana y Leonardo Sciascia, por ejemplo. Alice Campos (Florinda Bolkan), una traductora que tiene un sueño recuerrente en el que un astronauta es abandonado en la luna, se levanta una mañana y, al llegar al trabajo, descubre que no recuerda lo que le ha pasado los tres días inmediatamente anteriores. En la cocina de su casa encuentra una postal hecha pedazos, con una fotografía de un hotel, el Garma, lo cual le resulta un autentico misterio. Decide ir a descubrir qué ha podido haber pasado y por qué ha olvidado esos 3 días de su vida. Lo que encontrará detrás de su amnesia (mezclada con sus pesadillas) será una mezcla de cordura y esquizofrenia, algo que pondrá a prueba los hilos que todavía la mantienen en contacto con la realidad. Le Orme muestra claros antecedentes con el mundo onírico y desquicidado de David Lynch, con el mundo de Roman Polanski y, en menor medida, con el de Robert Altman (por lo menos con el de la época). Curiosamente, las escenas de ciencia ficción que, en su momento, debieron parecen muy futuristas (aunque estaban rodadas con el estilo sepia-socialista de un Tarkovski, por ejemplo), ahora forman parte del lado más retro del film. Por su parte, la parte normal de la película es, ahora, la más moderna. Convincente interpretación de Florence Bolkan y curiosa aparición de Klaus Kinski, como el profesor Blackman. Excelente desarrollo de la intriga (a base de continuos y sorprendentes detalles, algunos de los cuales, sin embargo, son un tanto previsibles), localizaciones maravillosas, fotografiadas con una compleja variedad cromática y luminosa por parte de un Vittorio Storaro pocos años antes de aterrizar en Hollywood (entre El último tango en París y Novecento) y un trabajo de dirección exquisito que, además, desarrolla su papel semántico a la perfeccion (atención, por ejemplo, a la doble escena en el embarcadero).